El capitalismo de plataformas y las nuevas desigualdades

El capitalismo de plataformas y las nuevas desigualdades

26 - Enero 2017

Cuando escuché el título del reciente panel convocado por Temas pensé de inmediato que el asunto no se encontraba entre las problemáticas cubanas más urgentes y que, además, sería una tarde aburrida. En ambos casos me equivoqué de medio a medio. La revista había acogido una propuesta del académico galo Antonio Casilli, profesor del Instituto de Tecnología de París (Telecom ParisTech),  investigador asociado a la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, miembro del Instituto Intradisciplinario de la Innovación y autor de una amplia bibliografía sobre el trabajo, las redes y comunidades en el medio digital; la solicitud procedía igualmente de la embajada de Francia en Cuba, interesada en que “La noche de las ideas,” espacio de discusión que ocurre de manera simultánea a fines de enero en varias partes del mundo, incluidos países de América Latina”, fuera ocupado por Último Jueves.

Allí estaba, entonces, en verdad poco motivada, escuchando a Raúl Garcés, también subdirector de la revista, presentar al resto de los panelistas: Pedro Urra, profesor de la Universidad de La Habana, quien durante un largo período dirigió la red Infomed, concebida para el ámbito de la Salud Pública; y Beatriz Pérez Alonso, profesora de la Facultad de Comunicación de la UH. Frente a ellos, una concurrencia numerosa esperaba aprender, y opinar, sobre El capitalismo de plataformas y las nuevas desigualdades. Como resulta habitual en tales encuentros, la interrogante inicial buscaba definir los conceptos inherentes al objeto del debate y “cuáles transformaciones supone para la estructura de la sociedad contemporánea”.

Pocos minutos después mi percepción había cambiado. Si el aspecto desenfadado de Casilli, incompatible con la imagen ortodoxa de un catedrático, podía levantar a priori suspicacias en alguno de los presentes, ellas desaparecieron desde las primeras frases de una disertación bien documentada, coherente y dinámica: “A pesar de que no es visible, cada día se trabaja más a través de plataformas digitales”; la noción de estas “se encuentra relacionada con la oferta de un servicio a partir de las bases de datos”; así Google, Facebook, Amazon –por citar unas pocas entre las plataformas más difundidas- brindan a los usuarios motores de búsqueda, contenido multimedia, aplicaciones útiles para el ejercicio de la profesión, gestiones de la vida cotidiana y diversión o enriquecimiento espiritual durante el tiempo libre. Pero a la vez los desarrolladores del servicio adquieren disímiles informaciones (por ejemplo, la fecha en la cual fue descargada una foto, la marca de la cámara empleada) que configuran un panorama de nuestras acciones, preferencias y tendencias. Esos pormenores “son vendidos a compañías publicitarias, a Estados y a veces a los denominados gestores o comerciantes de datos”. Por lo tanto, “detrás de cada uno de nuestros clips hay un trabajo y se está generando valor agregado”.

El ponente reforzó la anterior afirmación con una referencia a los ecosistemas de trabajo digital, entre cuyos exponentes figuran plataformas supuestamente colaborativas –en realidad deberían ser llamadas “de demanda”- como Airbnb, utilizada por quienes desean rentar casas particulares; y Uber, dedicada al alquiler de taxis, cuyos choferes, como promedio, dedican 60% de su tiempo a colocar y renovar su foto en la red, a enviar mensajes y comentarios a clientes y colegas. Otras prácticas ya comunes en buena parte del orbe “sacan a relucir las desigualdades planetarias”. Análisis efectuados por la Universidad de Oxford revelan que sobre todo de Pakistán, Bangladesh, Malasia, e incluso Rusia, proceden los microtrabajadores encargados de identificar y etiquetar datos generados durante el tráfico en las plataformas digitales; cada acción les reporta unos pocos centavos de dólar. La mayor parte de los contratistas radica en los Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Australia. Este microtrabajo muestra un constante ascenso y repercute en territorios donde existen tasas elevadas de desempleo. Según el analista francés, hasta ahora ese emergente mercado laboral no incide de modo relevante en el centro y el sur de América Latina; tampoco en Cuba, por supuesto, donde “solo 32% de los hogares tiene acceso a Internet”, empero, las “plataformas proponen modalidades que en el futuro podrían ser preocupantes”.

¿En qué medida el capitalismo de plataformas implica brechas, zonas desprotegidas e indeterminación en las esferas jurídica, ética y política? ¿Lo que debatimos hoy se halla fuera de nuestro entorno?, preguntó Raúl Garcés a los especialistas cubanos.

De acuerdo con Pedro Urra, el tema “es muy relevante para Cuba”. Aunque la Isla ha asumido de manera contradictoria, tardía, e inestable, las posibilidades brindadas por Internet, está ocurriendo “un cambio paradigmático, mediado tecnológicamente y que no es neutral”. En consecuencia, necesitamos “mucha investigación científica y alineamiento del sentido común con lo que aprendamos de esa realidad compleja, para guiar políticas públicas capaces de garantizar una utilización crítica de las nuevas tecnologías”. El experto recomendó dos libros: Platform Scale (de Sangeet Paul Choudary, orientado a cómo hacer eficientes las plataformas) y Platform Revolution (en él Geoffrey G. Parker expone la forma en que los mercados en red están transformando la economía). Insistió en que “la economía de plataformas nos plantea un desafío teórico-práctico, y exige una mirada crítica, constructiva y propositiva”.  A la par, es necesario afrontar las indeterminaciones, un concepto manejado por él desde hace años. Ellas permiten que a escala planetaria ese ámbito laboral en expansión esté siendo manipulado por algunos exclusivamente a su favor, sin compartir los beneficios. En Cuba vemos “un nivel de intermediación enorme, porque personas con acceso a Internet revenden” a quienes no lo poseen los servicios de Airbnb y otras plataformas digitales. Problemática es también la costumbre, generalizada, de no tomar en cuenta lo regulado por dichas entidades para permitir el uso de sus aplicaciones. Mecánicamente aceptamos que dispongan de nuestros datos como les parezca, y las represalias que deseen tomar si no cumplimos determinados parámetros. Parte de las restricciones echan por tierra el mito de que son plataformas apolíticas, neutrales.

¿Cómo lidiar con prácticas que, amén de fomentar desigualdades, modernizan los servicios y resuelven disímiles necesidades a la gente?, inquirió el conductor del debate. ¿Habrá un proyecto inclusivo, desde donde podamos construir alternativas al capitalismo de plataformas?

“Académicos y profesores cubanos han estudiado las relaciones de poder en Internet. Una profesora nuestra asevera que este ‘no es un metamundo, sino una extensión del universo real y en él se expresan los vínculos y desigualdades del mundo físico’. Tal criterio representa un punto de partida para entender lo relacionado con el capitalismo de plataformas”. Asociada al nuevo modelo subsiste una idea  –la de que las naciones pobres deben “tomar como referente los modelos de las desarrolladas para mejorar sus niveles y calidad de vida”-  promovida con el propósito de defender intereses comerciales. En consonancia, a Google, por mencionar un caso, le interesaría instalar en Cuba la infraestructura necesaria para brindar sus servicios, pero no contribuir a la producción de “softwares y plataformas que propicien la generación y distribución de contenidos propios del país”, reflexionó Beatriz Pérez Alonso. Para ella, las estadísticas oficiales no reflejan con exactitud el grado de conexión a Internet o a la Intranet existente en la Isla (declaran que solo 27% de los ciudadanos tienen acceso), pues los lugares donde hay una computadora con esa posibilidad “funcionan como centros donde otras personas van a conectarse”, sobre todo a Google, seguido de Facebook; además, prosperan vías alternativas para recibir la información, como el paquete. Aquí también han surgido “desarrolladores de aplicaciones, de forma independiente, que se han convertido en fuente de trabajo para otros cubanos; estoy pensando en Conoce Cuba, en Porlalivre”. Y al igual que ocurre en el plano internacional, faltan políticas públicas específicas que garanticen los derechos laborales de quienes trabajan en dichas plataformas.

Comentarios e incógnitas

Desde el auditorio, el primero en intervenir fue un joven convencido de que “no estamos tan alejados de las complejidades planteadas por el capitalismo de plataformas”, debido al surgimiento de emprendimientos dedicados a distribuir contenido audiovisual y porque, a pesar de su apellido, “sigue siendo el mismo de siempre”, en el fondo sus problemas giran en torno a la reproducción ampliada del capital y la acumulación; si queremos entenderlo, necesitamos retomar el pensamiento marxista y “aquellas reflexiones tan intensas que hubo antes de los años 70 del pasado siglo”. Instó a crear o fortalecer investigaciones “dirigidas a la economía política de la comunicación en Internet” y a convocar encuentros informales donde los cubanos interesados en el tema intercambien ideas, busquen líneas de acción.

Un “nativo no digital”, aunque sí muy versado en el uso de las modernas tecnologías, alabó a Urra por plantear el concepto de economía de plataformas, pues, sin dudas, esta modalidad ayuda a resolver dificultades cotidianas, elimina cuantiosas pérdidas de tiempo que atentan contra el desarrollo de las fuerzas productivas, y podría ser “perfectamente viable en la sociedad a la cual aspiramos: próspera, equitativa y sustentable”.

Otro joven, extranjero, indagó: ¿Si las formas de trabajo cambian, no deberían hacerlo el sindicalismo y los métodos de lucha? Y un habitual asistente a UJ, periodista y profesor de historia de las religiones, quiso saber cómo la revolución de las plataformas incide en el sistema de comunicación de las diversas iglesias. Dos participantes objetaron la veracidad de ciertos presupuestos ampliamente publicitados por quienes exaltan el capitalismo de plataformas como más democrático y colaborativo: en ese contexto, reiteran los adeptos, el pequeño emprendedor puede llegar a ser exitoso; ¿pero acaso todavía es posible, cuando observamos que pocas manos controlan los principales servicios y páginas de Internet? Segunda objeción: ¿dónde quedan el pretendido carácter colaborativo y la autonomía, si la entrada a buena parte de los sitios web es bloqueada en el mismo instante en que el usuario potencial rechaza los términos impuestos por los gestores?

Teniendo en cuenta que aún “la Internet sigue siendo una quimera para gran parte de los cubanos” y muchos ni siquiera saben manipular las computadoras, un obrero de la construcción pidió, ante todo, una campaña de alfabetización.

 

Sopesando alternativas

Respecto a la relación entre los pequeños emprendedores y las grandes cadenas, Antonio Casilli ofreció varios comentarios y matices esclarecedores. “En el capitalismo de plataformas los emprendimientos funcionan a dos velocidades distintas”: la más rápida, por supuesto, corresponde a las empresas grandes y ricas. Sin embargo, “la carnada es convencer a los demás de que ellos también son emprendedores capaces de obtener éxito”. En cuanto a la lucha sindical, recibimos mejores noticias. Al decir del conferencista, en Europa, los Estados Unidos y otros países, los sindicatos han empezado a adoptar nuevas estrategias. Un ejemplo concreto: el poderoso sindicato alemán IG Metall ha creado una plataforma para proteger a los trabajadores, valga la redundancia, de plataformas, y “tratan de combatir con las herramientas que ellas poseen, es decir con sus propias armas y en su propio terreno”. Otra vía de enfrentamiento a la expropiación de valores generados mientras una persona se conecta a sitios web o simplemente utiliza su teléfono celular, es instruir a los ciudadanos en la defensa de sus derechos. Para ello la “alfabetización de Internet me parece crucial” –prosiguió Casilli-, e implica enseñar a reflexionar, a reconocer las restricciones que nos imponen y a aprovechar las herramientas disponibles. Asimismo, los usuarios pueden pedir normas estatales de regulación de Internet, entablar litigios personales en los tribunales, o acudir a ellos para emprender las llamadas class action (acciones judiciales colectivas). Google tuvo que hacer frente a una demanda interpuesta por empleados de varios usuarios estadounidenses, quienes reclamaron ser reconocidos como personal suyo; y en Europa “una enorme class action contra Facebook, de más de veinticinco mil personas,” exige quinientos euros para cada uno de sus miembros, por la información que la plataforma de Mark Zuckerberg tomó de ellos y dio a otras empresas.

Sobre la desventaja de los emprendedores incipientes volvió Beatriz Pérez Alonso: actualmente miles de casas en Cuba se anuncian en Airbnb, pero antes de que ese sitio entrara a la Isla, ya había en Internet páginas vinculadas con la renta de habitaciones, ideadas por cubanos a los cuales Airbnb se ha acercado para comprar su base de datos.  “Esto refuerza la regla de que a menudo los monopolios se tragan a las empresas pequeñas”. La docente aprecia “las posibilidades que brindan las plataformas en cuanto al uso de la inteligencia colectiva o la colaboración entre usuarios”; sin embargo, cuestiona: “¿Quién se beneficia económicamente con la relación, por qué los usuarios no pueden hacerlo también?” De igual modo reconoce la permanencia de la brecha digital –apenas la mitad de la población mundial cuenta con la Internet-, agravada por un empleo de sus opciones no siempre adecuado y con calidad, en lo cual inciden la insuficiente alfabetización tecnológica y la educación en sentido general.

 “Es importante recordar –apuntó Pedro Urra- que acceder a Internet no supone el fin de la exclusión”. Las plataformas bajan “los costos de fricción para que se encuentren los factores productivos con vistas a determinados objetivos, los cuales, en dependencia de los contextos económicos, tendrán diferentes formas de expresarse”. La economía propugnada por Facebook y Google replica relaciones de poder, mercantiles, políticas; “el emprendedor capaz de crear una plataforma, no solamente de utilizarla, se quedará con la mayor parte de las ganancias”, pues ella significa un medio de producción y el dueño define en gran medida cómo se distribuye la riqueza. Otro aspecto negativo “es la cliquería y la banalización; muchas personas son capaces de dar un clic sin darse cuenta de que contribuyen a lanzar una bomba en Siria, ese es un gran desafío ético de la sociedad contemporánea”. A pesar del actual panorama, recalcó el orador, “sí resulta viable crear una economía de plataformas que sea crítica con el capitalismo”. Una alternativa son las denominadas “de bien público”, ya existen algunas y han demostrado sus potencialidades; a la par no debemos renunciar a Facebook y similares, sino luchar en ellas sabiendo cuáles son sus características y limitaciones. Un reto específico para Cuba es que “nuestra participación como creadores dentro de los espacios de Internet y las plataformas no está suficientemente visibilizada”.

Varios cuestionamientos del moderador dieron paso a la última ronda de exposiciones. ¿Hasta dónde es sano regular en estos temas? Usualmente pensamos en el Estado como regulador y creador de políticas públicas, ¿no debería implicarse la ciudadanía? ¿El cooperativismo de plataformas representa una alternativa real o un eufemismo en términos de marketing?

“La regulación es en Francia objeto de numerosos debates, pues allí hay una larga tradición de acompañamiento por parte del Estado de las transformaciones tecnológicas y económicas. Asimismo, en Inglaterra ocurren discusiones importantes sobre la creación de un fisco con capacidad regulatoria. La idea no es imponerles normas a los clientes o a los choferes de Uber, por ejemplo, sino a las plataformas como mecanismo que capta valores. De aprobarse, Facebook, Uber, eBay, etcétera, al final del año tendrían que pagar un impuesto sobre la cantidad de datos tomados de los usuarios. A esta propuesta se oponen las políticas de optimización fiscal, social, e incluso ecológica, de las empresas. Optimización significa que si no les convienen las regulaciones, se van a un paraíso fiscal o ‘social’, donde puedan explotar a los trabajadores y a los usuarios, sin interferencia de nadie”, manifestó Antonio Casilli. Una mejor alternativa parece ser el cooperativismo de plataformas; es decir, “crear un Uber o un Facebook popular que le pertenezcan al pueblo y permitan distribuir entre todos los beneficios de las ganancias y los datos obtenidos”. Quienes defienden este camino, en primera instancia el profesor universitario estadounidense Trebor Scholz, están conscientes de que intentaría prosperar en un contexto político caracterizado por el giro político radical de muchos países hacia la derecha, en algunos casos hacia la extrema derecha. Además –especificó el disertante-, el capitalismo constituye una máquina gigantesca de captación y subsiste el riesgo de que la plataforma más equitativa del mundo sea comprada por una de las grandes empresas y todo el esfuerzo haya sido en vano. “El mayor desafío es crear una plataforma global que no sea apropiable por el capital”.

Beatriz Pérez Alonso subrayó la falta de regulaciones a nivel internacional, pese a la insistente polémica en torno al asunto, que controlen el desenvolvimiento de las plataformas. Al respecto, en la Isla queda en un espacio ambiguo lo relacionado con las pensiones, la seguridad social, el pago de impuestos de quienes se dedican a esos servicios no estatales; quién se responsabiliza con que exhiban la calidad requerida, a quién demandar, cómo funciona la protección al consumidor. Por otro lado, en América Latina se habla “con frecuencia acerca de la necesidad de crear plataformas propias -nuestros Facebook y buscadores-, con una ideología de izquierda; y no ha sido viable. Los cubanos hemos hecho algunas cosas: plataformas de blogs, variantes de redes sociales, pero no han superado a las foráneas”. Porque no basta con el entusiasmo; si bien la fuerza de trabajo y la inteligencia colectiva se hallan aseguradas, se precisa infraestructura, un modelo económico y un concepto de sustentabilidad que permitan sostener las plataformas, pagar la mano de obra, hacer marketing y publicidad.

Por el rescate y la expansión de los bienes públicos apuesta Pedro Urra, como “la forma de descapitalizar” los activos de plataformas empeñadas en medrar con información que no les pertenece.

Sin duda alguna, “nuestro país debe discutir sobre el capitalismo de las plataformas y proyectos alternativos. No generar políticas en torno a ellos sería suicida para el futuro cubano”, fueron las sucintas conclusiones de Raúl Garcés.