Jóvenes y prácticas políticas emergentes. Apuntes para el debate

Resumen: 

Se analiza la transformación de las prácticas políticas contemporáneas de los movimientos sociales, en especial de aquellas en las cuales existe un protagonismo juvenil. Se postula la idea de que el activismo político juvenil construye nuevos discursos, formas de organización y expresión de demandas sociales, que requieren ser comprendidas en su especificidad, con el fin de, por una parte, evitar caer en reduccionismos de carácter adultocéntrico que invalidan dichas prácticas y, por la otra, situarlas en el marco de luchas contra el capitalismo global. 

 

Abstract: 

The article analyzes the transformation of the contemporary political practices of social movements, especially those in which there is a youthful protagonism. It posits the idea that youth political activism builds new discourses, forms of organization and expression of social demands, which need to be understood in their specificity, in order, on the one hand, to avoid falling into adult-centered reductions that invalidate such practices And, on the other hand, to place them within the framework of struggles against global capitalism.

 

No somos soñadores, somos el despertar de un sueño que se está convirtiendo en pesadilla.

                                                       Slavoj Žižek

 

El escritor austrohúngaro Franz Kafka, en su novela El proceso, además de narrar la historia del protagonista K. en su tortuoso camino hasta ser declarado culpable de un crimen que desconoce, presenta, de manera conjunta y semánticamente paralela, otra singular historia: un campesino que desea atravesar las «puertas de la Ley», pero no puede debido a la presencia de un guardia que, una y otra vez, le niega la entrada; finalmente el campesino envejece y muere sin poder conocer la Ley.

No es objetivo del presente artículo analizar, a nivel literario, esta narración, sino señalar que permite pensar fenómenos políticos contemporáneos.

En el relato, uno de los giros irónicos ocurre cuando el guardia, justo antes de la muerte del campesino, revela que la puerta siempre estuvo abierta y a nadie le había sido posible atravesarla. ¿Por qué entonces el campesino que luchó y esperó toda su vida para cruzar la puerta de la Ley se vio imposibilitado de hacerlo? ¿Cómo entender esta extraña paradoja que hace de unos sujetos poseedores de derechos y, a la vez, incapaces de ejercerlos? ¿No encontramos en la sociedad contemporánea nuevas escenas, semejantes a esa narración, en las cuales miles de hombres y mujeres reclaman atravesar las «puertas de la Ley» y, sin embargo, el Estado o los grupos económicos dominantes les impiden ejercer plenamente su ciudadanía?

En todo caso, lo que Kafka pudiera estar denunciando a través de su relato es la presencia de ciertos sujetos que ocupan posiciones subalternas en la sociedad, por lo que se «naturaliza» en ellos la violencia, la desigualdad y la imposibilidad de una participación efectiva en los diversos ámbitos de la política.

El epígrafe con el que comienza el presente ensayo remite, ciertamente, a una de las escenas de la política contemporánea que se enlaza con el relato kafkiano. Esta fue una de las frases que el filósofo esloveno Slavoj Žižek pronunció, el 9 de octubre de 2011, ante cientos de manifestantes que ocuparon Wall Street, en Nueva York, como protesta contra los abusos del capital financiero. «No es un tiempo para soñar —decía este autor—, porque el sueño gira sobre sí mismo; sino que es un tiempo para salir de esta pesadilla que el propio sistema ha creado y, por ello, es tiempo de empezar a construir alternativas» (Žižek, 2012). En caso contrario, cientos de vidas pudieran desaparecer, no ya ante una figura retórica como la de «las puertas de la Ley»; sino ante una maquinaria cínica y compleja como el sistema financiero global.

Estas ocupaciones no fueron actos aislados, sino, como desarrollaremos en este artículo, parte de un movimiento social emergente que, durante los últimos años, se ha estado enfrentando a las nuevas contradicciones de la economía capitalista. Algo importante que considerar es que, dentro de esta práctica política contemporánea, encontramos jóvenes que están liderando procesos, creando nuevos espacios de debate y reconfigurando el espacio público.

El objetivo de este ensayo es acercarse a esas prácticas políticas juveniles agenciadas desde estos movimientos sociales emergentes. Nuestro análisis busca, además, criticar el discurso adultocéntrico que califica estos nuevos agenciamientos como carentes de contenido y, por tanto, efímeros, debido a que no se adscriben a las prácticas políticas institucionales.

 

Política, reconocimiento y reificación

Una de las notas distintivas de la modernidad realmente existente es la producción de sujetos que están fuera de lo considerado como «racional» y, por ello, de los límites de una subjetividad legítima. En este sentido, los relega a un plano de no existencia y, por tanto, son desprovistos de la capacidad de comunicación y de organización política. Esto es lo que el teórico Boaventura de Sousa Santos denomina el carácter «abismal» de la modernidad:

Este consiste en un sistema de distinciones visibles e invisibles, las invisibles constituyen el fundamento de las visibles. Las distinciones invisibles son establecidas a través de líneas radicales que dividen la realidad social en dos universos, el universo de «este lado de la línea» y el universo del «otro lado de la línea». La división es tal que «el otro lado de la línea» desaparece como realidad, se convierte en no existente, y de hecho es producido como no existente. (De Sousa Santos, 2010: 11-2)

 

El pensamiento abismal actúa sobre la base de inclusiones y exclusiones. Construye espacios simbólicos en los cuales fomenta y legitima la participación de determinados sujetos y, a su vez, crea zonas residuales donde se excluye y se cosifica a otros. Se trata de una división marcada por cuestiones de clase, pero además, por otros aspectos importantes como la identificación étnica, la cuestión generacional, el género, entre otros.

La ciudad, símbolo por excelencia de la modernidad capitalista (Echeverría, 1995), es un ejemplo de esto, ya que corre el riesgo de dejar de ser el sitio de encuentro y deliberación colectiva, para pasar a convertirse en espacio del temor instituido al «otro» y además, de proliferación de microespacios privatizados para el refugio de algunos ante estos «otros». En tal sentido, para Martín-Barbero (2004) los sujetos contemporáneos experimentan la angustia de una ciudad que les pertenece cada vez menos, tanto por los continuos y acelerados procesos de amurallamiento, como por los constantes ataques contra la memoria y la producción intencionada de olvido.

Lo abismal no es una cuestión exclusiva del pensamiento, en cuanto categoría teórica, sino un dispositivo de construcción del espacio público, una forma de administrar a los sujetos y de gobernar a las poblaciones. Sin embargo, lo que encontramos en la sociedad contemporánea es el movimiento continuo de personas que quieren atravesar estos espacios abismales, salir del anonimato social y hacer visible sus modos de vida y sus demandas, ante el Estado y el resto de la sociedad.

Se trata, en último término, de acciones políticas orientadas hacia el «reconocimiento», lo que se entiende como la forma original de relación con el mundo:

[E]n nuestro accionar nos relacionamos con el mundo previamente no en la postura del conocimiento, neutralizada en el plano afectivo, sino en la actitud de la aflicción, del apoyo, teñida existencialmente: a los datos del mundo que nos rodea les asignamos primero un valor propio, que nos lleva a estar preocupados por nuestra relación con ellos. (Honneth, 2007: 55)

 

La lucha por el reconocimiento que despliegan los movimientos sociales emergentes implica unas prácticas de lograr visibilidad ante el orden social, político y jurídico que los ha invisibilizado. Pero lo más importante es que no se trata de una aspiración limitada a que el orden institucional tolere sus expresiones culturales o sus modos de vida, sino que pretende una transformación de las condiciones materiales y simbólicas de existencia.

En tal sentido, la estrategia política propia del capitalismo global es utilizar el discurso de la tolerancia y del relativismo cultural, para no mirar los dispositivos ideológicos de dominación que atraviesan las formas culturales. Desde esta perspectiva, se considera que toda forma de conocimiento y de modos de vida valen; por tanto, todos los proyectos de transformación social son válidos o, en su defecto, ninguno lo es.

Para ejemplificar esto se puede usar lo que se ha denominado el «multiculturalismo a lo Benetton». La empresa de ropa Benetton, para realizar la publicidad de sus productos, ha optado, desde hace varios años, por utilizar imágenes de carácter multicultural. Sus anuncios buscan presentar la utopía de una sociedad armónica, donde los conflictos étnicos, ideológicos o religiosos son puestos entre paréntesis.

Este modo de suspender el conflicto es la estrategia ideológica que más aprovecha el capitalismo global. No se trata de desconocer las tensiones sociales; sino enunciarlas y, como en el caso de Benetton, utilizarlas para una estrategia de mercadeo. La estrategia ideológica actual no está en ocultar la parte conflictiva de la realidad, sino en reprimir el antagonismo fundamental de las relaciones sociales, es decir, aquello que, de ser visibilizado, desestabilizaría el orden simbólico. Así, por ejemplo, en las campañas de Benetton se representa la diversidad, pero no se hace mención a las condiciones de exclusión social en que se encuentran algunos grupos en concreto, de modo que el capitalismo cultural puede tolerar todo, menos que se cuestione su legitimidad como orden hegemónico.

En el cine podemos encontrar otros ejemplos de la apropiación capitalista del discurso multicultural. Como ha señalado Žižek, las películas de Hollywood nos han enseñado a construir fantasías de todo tipo. Decenas de veces hemos visto la Tierra en peligro de extinción, o viajes a otros universos o a través del tiempo. La industria hollywoodense nos ha enseñado a fantasear con todo, menos con un futuro poscapitalista. ¿Qué pasaría si Hollywood destinara parte de su presupuesto a producir películas que cuestionaran al capitalismo a través de otros escenarios posibles? ¿Por qué en lugar de construir personajes lineales, predecibles o a veces sumamente extraordinarios, no se arriesga a crear otros que desnuden la subjetividad sin hacer de ella un espectáculo?

Para el investigador Edgardo Grüner se trata, en todo caso, de un

fetichismo inverso, o sea, la otra cara de lo Mismo, que, de una manera ultrarrelativista, produce la bondad intrínseca del fragmento, sin referencia alguna a su lugar (no siempre «contingente») en la totalidad-modo de producción. (2002: 130).

 

Cuando se consideran todas las expresiones culturales con igual valor, se hace imposible el ejercicio de análisis de la relación cultura-poder y las formas en que los dispositivos de dominación se reproducen en lo cultural. Además, la fragmentación de lo social por lo particular impide la formulación de alianzas estratégicas entre grupos que luchan contra las situaciones de injusticia y empobrecimiento causadas por la estructura capitalista.

El sujeto que emerge en los movimientos sociales busca el reconocimiento desde el lugar de exclusión en el que se encuentra, el que, paradójicamente, las relaciones de poder han constituido. Por ello, se puede afirmar que asistimos a un escenario político que se orienta por las transformaciones en las relaciones de poder y, más específicamente, las de subalternidad.

Lo subalterno no hace referencia a un grupo especial que ocupa un lugar fijo en la sociedad, sino a determinadas relaciones de poder que hacen que unos sujetos estén inmersos en relaciones sociales asimétricas (Modonesi, 2010). El poder no está ligado exclusivamente a una institución o grupo social en particular, sino que se halla difuminado en lo social (Foucault, 1996). Este poder, al estar presente en las relaciones sociales, hace que aquellos ocupen puestos cambiantes entre subalternizadores y subalternizados, es decir, así como un sujeto es capaz de intervenir sobre otro, es también intervenido por otros cuando cambian sus lugares de enunciación.

La emergencia de sujetos subalternos revela todas aquellas fracturas que existen dentro del orden social. La visibilización de las relaciones de subalternidad es síntoma de que en la sociedad algo no funciona, no por una causa externa, sino por su propia organización.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que todo poder genera una contrapartida, un territorio al que no llega su dominación y un sujeto es capaz de enunciar su verdad. No obstante, al ser la resistencia un producto de la acción del poder sobre él, se podría pensar que esta se produce dentro de las coordenadas del poder y así no se transformarían las relaciones de subalternidad, solamente cambiarían de forma. Pero Žižek considera que la resistencia puede socavar seriamente al sistema:

El punto clave es que, como efecto del crecimiento, de la producción de un excedente de resistencia, el propio antagonismo intrínseco de un sistema puede muy bien poner en marcha un proceso que lleve a su derrumbe final. (2006: 273)

 

El poder produce un excedente, algo que no puede ser integrado y cuya presencia es capaz de subvertir el orden. Y es aquí donde ubicamos el escenario en el que el sujeto puede desplegarse y reconstruir su espacio de libertad. Estas nuevas subjetividades plantean, además, cuestionamientos de orden epistemológico, puesto que generan un conocimiento desde el sujeto excluido y desde las resistencias. Y así, en lugar de generar conceptos o discursos explicativos de la realidad, se busca producir discursos que la subviertan. La epistemología se entiende así como un ejercicio de intervención social, es decir, recuperación de conceptos anulados por el pensamiento abismal moderno, la visibilización de modelos poscapitalistas y el despliegue de subjetividades en resistencia y subjetividades generadoras de alternativas.

Desde esta perspectiva, De Sousa Santos entiende la epistemología como

una demanda de subjetividades desestabilizadoras, subjetividades que se rebelen contra prácticas sociales conformistas, rutinarias y repetitivas, y se dejen estimular por experiencias limiares, o sea, por formas de sociabilidad excéntricas y marginales. (2009: 90).

 

El campo social pasa a ser un territorio de experimentación social atravesado por diferentes luchas de emancipación.

Por otro lado, la ausencia de reconocimiento, a la que se ha hecho referencia, no debe confundirse con un desconocimiento de los sujetos; no se trata de una cuestión de ignorancia, por parte del poder hegemónico, de que existen sujetos con determinadas formas de vida y demandas políticas; sino de un proceso de reificación, entendiendo por esto un olvido del reconocimiento:

[C]on ello nos referimos al proceso por el cual en nuestro saber acerca de otras personas y en el conocimiento de las mismas se pierde la conciencia de en qué medida ambos se deben a la implicación y el reconocimiento previos. (Honneth, 2007: 91)

 

Por tanto, se trata de cosificar las relaciones sociales e instrumentalizar los sujetos para el mantenimiento de la estructura social.

La producción de no existentes, si bien hace referencia a la imposibilidad de involucrarse existencialmente con el «otro» —olvido del reconocimiento—, posee un elemento más: la hegemonía conoce la situación de exclusión por la que atraviesan los sujetos que son invisibilizados, pero continúa manteniéndola porque el pensamiento moderno, además de abismal, es también cínico (Sloterdijk, 2007).

Para el filósofo alemán Peter Sloterdijk (2007), el cinismo se caracteriza por ser una falsa conciencia ilustrada, es decir, aún después de conocer las diversas formas de dominación que soporta el sujeto moderno, este continúa actuando de la misma forma. En palabras de Žižek: «Ellos saben muy bien lo que hacen, pero aun así, lo hacen» (2003: 57).

La razón cínica es la forma que tiene el poder para sostener la hegemonía y las diversas estrategias de dominación. ¿No hay acaso algo, o quizá mucho, de esta razón cínica en la forma en que el poder representa los movimientos sociales que han surgido desde la última crisis del capitalismo? ¿No hay cinismo cuando miles de manifestantes ocupan las plazas y calles de las ciudades para reclamar cambios estructurales y el Estado responde con violencia o simplemente con el silencio?

Desde lo más bajo, es decir, desde la inteligencia urbana y desclasada, y desde lo más alto, es decir, desde las cumbres de la conciencia política, llegan señales al pensamiento formal, señales que dan testimonio de una radical ironización de la ética y de las conveniencias sociales; algo así como si las leyes generales solo existieran para los tontos, mientras que en los labios de los sapientes se esboza esa sonrisa fatalmente inteligente. (Sloterdijk, 2007: 38-9)

 

Mientras por una parte el Estado se fortalece en sus funciones punitivas y de control de la población, por otra se flexibiliza para la libre circulación de capitales, y resta posibilidades para un ejercicio efectivo de los derechos por parte de los ciudadanos. Sobre este asunto podrían compararse dos escenas del mundo contemporáneo que, aunque disímiles, muestran el lado cínico de la modernidad capitalista; a saber: el caso de los Panama Papers y la crisis de refugiados.

En ambos se trata de un movimiento migratorio, con la considerable diferencia de que en el primero los capitales circulan libremente por el mundo y hallan buen reguardo en paraísos fiscales donde, como su nombre indica, reposan tranquilamente al margen de cualquier regulación o incluso, sin tener que ocuparse de generar procesos de inversión social. El capital, en estos paraísos, tiene un poder de metástasis que lo hace reproducirse por sí solo. En contraposición a esto, asistimos a la mayor crisis migratoria del mundo, en la cual miles de personas son obligadas a abandonar sus países y buscar en Europa un refugio ante conflictos armados en el Medio Oriente. Pero, a diferencia del capital financiero, los refugiados encuentran cientos de trabas y restricciones para hallar un lugar donde sean reconocidos como seres humanos y no como una amenaza. Para ellos no hay ningún tipo de «paraíso» que los cobije; al contrario, al no portar los signos del capitalismo aumenta su exclusión.

En todo caso, la irrupción de nuevos actores y movimientos sociales de alcance global crea intersticios en la institucionalidad dominante y resistencias al capitalismo global, mediante una práctica política diferente, construida con otros discursos y formas de organización.

 

¿Cómo se puede hablar de prácticas políticas emergentes?

Resulta de utilidad comprender a los movimientos sociales emergentes como insignias de prácticas colectivas contrahegemónicas. En tal sentido, De Sousa Santos afirma:

Los movimientos nacionalistas, en lucha por la liberación del colonialismo y los nuevos movimientos sociales —del [...] feminista al [...] ecológico, del [...] indígena al [...] de los afrodescendientes, del [...] campesino al [...] de la teología de la liberación, del [...] urbano al [...] LGBT— además de ampliar el ámbito de las luchas sociales, trajeron consigo nuevas concepciones de vida y de dignidad humana, nuevos universos simbólicos, nuevas cosmogonías, gnoseologías y hasta ontologías. Trajeron también nuevas emociones y afectividades, nuevos sentimientos y pasiones. (2010: 60)

 

Los movimientos sociales son así un elemento emergente dentro de la sociedad que aporta signos de resistencia y renovación a los lenguajes políticos. Los jóvenes tienen una participación protagónica y están consiguiendo resignificar aspectos de la práctica política. Así, actualmente es posible encontrarlos organizados en colectivos de diverso tipo, en los que lo cultural y lo estético se unen a lo político.

Sin embargo, estas formas de organización están atravesadas por un poder de carácter adultocéntrico que busca quitarles legitimidad y no reconocerlas como voz política. En tal sentido, se puede afirmar que hay agenciamientos juveniles que, más allá de la práctica política que desarrollan, son capaces de subvertir la mirada adultocéntrica.

A partir de investigaciones sobre participación política de jóvenes (Feixa et al., 2002; Cerbino y Rodríguez, 2005; Alvarado et al., 2012; Reguillo, 2012) podemos señalar algunas características de movimientos que los tienen como protagonistas y que nos pueden ayudar a leer las prácticas colectivas de acción social que la juventud construye, su modo de posicionarse en los espacios públicos y renegociar los términos con los que opera el poder hegemónico. Más que una descripción absoluta de esos movimientos, pretendemos enunciar algunas claves conceptuales que nos ayuden a comprender dichas prácticas juveniles.

 

Agenciamiento maquínico

El concepto de agenciamiento maquínico, desde una perspectiva deleuzeana, se entiende como líneas de fuga heterogéneas y múltiples que se enfrentan a las máquinas sociales que pretenden integrar y normalizar. «[E]stá orientado hacia los estratos, que sin duda lo convierten en una especie de organismo […] pero también está orientado hacia un cuerpo sin órganos que no cesa de deshacer el organismo» (Deleuze y Guattari, 2004: 10). Remite a la acción colectiva, al despliegue de un deseo que, sin poseer una trayectoria fija y predeterminada, busca construir nuevos discursos y nuevos lugares desde los cuales el sujeto pueda hablar y representar el mundo. No busca adscribirse a una estructura o institucionalidad; pretende generar alianzas y conectar colectividades. Lo maquínico se diferencia de la máquina porque no está sujeto a procesos, jerarquías, estratificaciones; está en movimiento, se reconfigura en la acción.

El agenciamiento conecta elementos diversos y se resiste a la fragmentación o a la totalización del sujeto; de ahí que, continuando con la terminología deleuzeana, sea una especie de rizoma que se mueve en lo subterráneo y participa de múltiples conexiones. El tipo maquínico no pretende la toma del poder en el sentido clásico del término, es decir, llevar la acción política hacia el terreno de la institucionalidad, más bien busca politizar la vida cotidiana y, desde la acción colectiva, transformar las relaciones de poder. No es un despliegue vacío del deseo y del movimiento, tiene una orientación y se dirige contra las formas de exclusión que tiene el poder.

Podemos tomar como ejemplo el caso del movimiento #YoSoy132, que nació en México a mediados de 2012, durante la campaña por las elecciones presidenciales. Surgió como un reclamo de jóvenes universitarios contra el tratamiento que los medios de comunicación dominantes dieron a la protesta estudiantil llevada a cabo en la Universidad Iberoamericana, de la ciudad de México, luego de una presentación allí del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los grandes conglomerados de medios de comunicación calificaron ese acto como vandálico, gestionado por la oposición a dicha candidatura, y protagonizado por una minoría intolerante que no pertenecía a la Universidad. Días después, un grupo de 131 estudiantes subió un video a Youtube en el que daban a conocer sus nombres y carreras, con el objetivo de proclamar el carácter estudiantil de la protesta y pedir una mayor democratización de los medios de comunicación. Este video se difundió rápidamente (en las primeras seis horas había sido reproducido más de 21 000 veces) y desde las redes sociales se expresaron muestras de apoyo bajo el lema «Yo soy 132».

Este movimiento ha ido agenciando conexiones con grupos de jóvenes estudiantes de otras partes de México y del mundo, recibiendo adherencias de múltiples sectores y conformando células de acción. La dinámica de asambleas generales, nacionales, metropolitanas, y mesas de debate, eventos culturales, comisiones, entre otras formas de organización, le han otorgado cierta organicidad, pero sin perder el carácter heterogéneo de sus participantes y demandas.

No posee una estructura jerárquica ni un centro que gestione su dirección. #YoSoy132 se constituye a partir de células conectadas entre sí, las cuales confluyen en la Asamblea General Interuniversitaria. Estas actúan a modo de mesetas, es decir, una «multiplicidad conectable con otras por tallos subterráneos superficiales, a fin de formar y extender un rizoma» (Deleuze y Guattari, 2004: 26). Desde estas mesetas, el movimiento va construyendo su operatividad. Lo que comenzó como reivindicación del carácter político de la protesta estudiantil y como denuncia a la falta de neutralidad de los medios de comunicación dominantes en la época de campaña electoral, se fue extendiendo, reorganizándose y encontrando nuevas dimensiones desde las cuales gestionar la acción política.

En la toma pacífica de Televisa Chapultepec, el 27 de julio de 2012, con posterioridad a las elecciones presidenciales, el movimiento realizó un pronunciamiento de seis puntos para el cambio social: democratización y transformación de los medios de comunicación, información y difusión; cambio en el modelo educativo, científico y tecnológico; cambio en el modelo económico neoliberal; cambio en el modelo de seguridad nacional; transformación política y vinculación con movimientos sociales; y pleno cumplimiento del derecho a la salud (ENAH 132, 2012).

Como se puede observar, la dinámica maquínica de este tipo de movimientos hace que confluyan varias demandas sociales y no solo las relacionadas con la toma del poder institucional. Lo que se busca es una politización creciente de la vida cotidiana, para que los sujetos tengan la posibilidad de reconocer las formas de dominación que operan en ella y puedan, por tanto, transformar su cotidianidad y otros aspectos de orden estructural.

Estos agenciamientos revelan el carácter abierto, múltiple y discontinuo de la realidad social: no más un mundo al cual inscribirse o incluirse, sino uno en constante devenir. Como señala el filósofo Maurizio Lazzarato:

Un universo donde la composición debe seguir la cartografía de las singularidades, de los pequeños mundos, de los diferentes grados de unidad que lo animan. Un mundo aditivo donde el total jamás está hecho y que «crece aquí y allá», no gracias a la acción de un sujeto universal, sino a la contribución de singularidades esparcidas. (2006: 28)

 

Desaparece así el sujeto moderno del cogito cartesiano, aquel que gira sobre sí mismo para encontrar los fundamentos del mundo y se abre(n) paso, un(os) sujeto(s) que se construye(n) desde lo múltiple y que se agencia (n) con otros cuerpos y con otros colectivos para el devenir de nuevas sensibilidades y nuevos modos de vida.

 

La biopolítica como conjunción de políticas globales y políticas de vida

La crisis global del capitalismo, que desde 2007 ha estallado principalmente en los Estados Unidos y Europa, ha sido una de las razones para la emergencia de movimientos juveniles con demandas de cambios globales a nivel político, social y económico. Ejemplo de ellos son el denominado Spanish Revolution (España), conocido también como Los indignados; Occupy Wall Street (Estados Unidos), o Los pingüinos (Chile). Todos son expresiones de reclamos estructurales y están dirigidos al poder estatal y transnacional.

No hay una filiación partidaria desde donde se enuncian los reclamos, pero sí una recuperación del territorio desde el cual acontece el agenciamiento político. Las demandas de carácter global son leídas desde el espacio simbólico de la vida cotidiana, de ahí que las acciones políticas tengan un componente cultural que pretende transformar las estructuras de significado de la existencia, reestructurar el poder dominante y, de esa manera, agenciar políticas de vida. Así entendida, la política no solo está referida a los cambios institucionales y estructurales, sino también a las formas de vida de los sujetos.

El lugar, en cuanto territorio con significado, es reapropiado para agenciar cambios globales. Ocupar las plazas, realizar acampadas en lugares con alto contenido simbólico, manifestaciones culturales, convocatorias por medio de redes sociales, entre otras, son formas donde las narrativas locales se conectan con lo global. El espacio de la vida cotidiana es apropiado, resignificado, convertido en territorio político. Los significados que acompañan lo local no tienen un único referente estatal o nacional; están conectados con lo global y además,

estas luchas son, a un mismo tiempo, económicas, políticas y culturales —y, por lo tanto, son luchas biopolíticas, luchas sobre la forma de vida. Son luchas constituyentes, creando nuevos espacios públicos y nuevas formas de comunidad. (Hardt y Negri, 2005: 16).

 

Lo sistémico no es ajeno a los mundos juveniles, las biorresistencias o políticas de vida se conectan con lo global. Las acciones de los jóvenes forman parte de una nueva sensibilidad que anuncia agenciamientos emergentes. Tal como sostiene la investigadora Rossana Reguillo, «asistimos a una generación que producirá profundos cambios en el mundo; pero seguramente otros, los que vendrán, serán los responsables de dar nombre y forma a la utopía» (2012: 152). Lo que se busca poner en evidencia es que toda transformación comienza y termina en el cuerpo, es decir, en los modos de vida de los sujetos y en las estrategias de subjetivación.

Ocupar una plaza, por ejemplo, no se refiere únicamente a reapropiarse del espacio público para interpelar al Estado o a la sociedad, es también una práctica de subjetivación donde el propio cuerpo es reapropiado e interpelado para asumir otros modos de vida, los cuales se anclan en lo local, pero tienen un alto componente global. No es accidental que movimientos como «La marcha de las putas», que nació en Canadá en 2011, en protesta por comentarios machistas de la policía de ese país, cada año se replique en varias ciudades del mundo, no como copy-paste, sino por medio de una reapropiación del territorio y de las demandas existentes en cada localidad.

 

Política transfronteriza

Para la juventud nada de lo que acontece en el mundo es ajeno. Despliega redes de contacto y mecanismos de acceso e intercambio de información que resignifican los límites de lo propio, generalmente circunscritos al territorio del Estado-nación; y elabora representaciones simbólicas con múltiples intersecciones que dan forma a un tipo de conciencia planetaria y globalizada. Lo local se resignifica con lo global; lo nacional se amplía y a su vez incide en lo transnacional.

Sin embargo, la acción política no debe confundirse con el solo proceso de hibridación cultural o la celebración de un mundo sin fronteras, puesto que la desigualdad y el poder actúan y condicionan los términos en que opera la conectividad. El carácter transnacional de los movimientos juveniles se encuentra en el hecho de que son capaces de conectar aquellas cosas que el poder hegemónico pretende poner entre paréntesis o integrarlas. Así por ejemplo, la movilización mundial del 15 de octubre de 2011, conocida como 15-O, como muestra de apoyo y continuación de Los indignados, convocó a cerca de noventa países y más de mil ciudades en el mundo. ¿Qué puede conectar a un joven manifestante español ante la Puerta del Sol en Madrid, con otro en Plaza de Mayo de Buenos Aires? ¿A quién se dirige la protesta de un manifestante europeo y otro latinoamericano? El carácter transnacional de ciertas formas políticas expresa un tipo de conciencia planetaria presente en la juventud y la formación de una clase política que, siguiendo los planteamientos teóricos de Hardt y Negri (2005), Martínez y Barragán (2008) denominan «multitud».

La «multitud» son las potencias revolucionarias formadas en el Imperio, que emergen para idear formas alternativas y creativas de construir democracia, y así subvertir la producción biopolítica del capitalismo global. «La juventud, entonces, en sus movimientos de resistencia es Multitud, porque ella es la fuerza ontológica, la potencia ontológica que se presenta como una red de singularidades de lo disperso que se une por el deseo» (Martínez y Barragán, 2008: 367) de enfrentar el poder biopolítico del Imperio.

Los modelos institucionales como el electoral o el jurídico son insuficientes frente a la emergencia de actores políticos que ubican el horizonte de su acción a escala global y ocupan las ciudades y sus espacios cotidianos como trincheras desde las cuales agenciar sus demandas.

Las acciones políticas globales no son una impostura o, para decirlo en pocas palabras, una moda que se replica. Su carácter transnacional revela que múltiples actores están conectados, tanto dentro del espacio local (barrios, ciudades) como internacional, que generan comunidades transfonterizas de solidaridad, apoyo, asesoría y comunicación. Para la socióloga Saskia Sassen (2003) la ciudad aparece como lugar estratégico para el despliegue de estas acciones y para la formación de las «contrageografías de la globalización», es decir, desde fuera de la hegemonía de los capitales financieros, y articulada con los movimientos sociales. Las ciudades, especialmente las metrópolis, se convierten en terreno para la agencia de actores políticos no formales:

El espacio de la ciudad, sin embargo, permite un amplio rango de actividades políticas –ocupación de casas, manifestaciones contra la brutalidad policial, luchas por los derechos de los inmigrantes y de los sin hogar, políticas culturales y de la identidad, políticas a favor de gays y lesbianas. Muchas de estas políticas se hacen continuamente visibles en las calles. Gran parte de la política ciudadana está concretamente ejecutada por la gente, más que por los medios institucionales masivos. (Sassen, 2003: 39)

 

No se trata de la reivindicación de la Gran Ciudad, es decir, la ciudad moderna como modelo de racionalidad y progreso; al contrario, esta se concibe como territorio de conflicto, contradicción y como plataforma de conexión con otras latitudes. Además, las formas de socialización en ella, así como las de comunicación (por los grandes medios) son puestas en cuestión, y se teje otra rama de significados y estrategias de socialización.

 

Presencia de los grupos subalternos

Los grupos subalternos son todos aquellos que comparten la experiencia de la desigualdad, fruto de las estrategias de representación con las que opera el poder hegemónico. El subalterno es representado desde los términos que la hegemonía instituye (Spivak, 2003), y su dominación es más efectiva cuando la resistencia política es ejercida desde ellos (Grimson, 2011: 179).

El Estado, a través de sus instituciones, busca interpelar a los jóvenes desde esos términos hegemónicos y que actúen en función de la maquina social integradora y normalizadora. Lo mismo puede decirse del mercado en cuanto a los jóvenes como sujetos de consumo.

[L]os jóvenes adquieren una «autoridad» para expresarse cuando son llamados a hacerlo sobre la base de una agenda temática preestablecida y exclusiva elaborada por el discurso dominante (las issues —sexualidad, drogas, empleo, marginalidad, etc., sobre las que los jóvenes ¡siempre tienen problemas!). (Cerbino y Rodríguez, 2005: 114)

 

Los agenciamientos políticos de los jóvenes emergen desde los sujetos y demandas inscritas en relaciones de subalternidad, es decir, el modo como experimentan su condición juvenil, la cual está mediada por aspectos históricos, culturales, de clase, género o etnia.

Las experiencias de organización colectiva juvenil indican la presencia de nuevos actores sociales, la que, desde la perspectiva de Sassen (2003), es la posibilidad de que los grupos subalternos se conviertan en actores políticos pese a las condiciones desfavorables, de tal modo que las prácticas juveniles indican presencia de unos sujetos que pretenden hablar y construir una nueva hegemonía y que, en esta lucha, se enfrentan a un poder que aún continúa respondiendo, por vía de la violencia física y simbólica, a estas iniciativas políticas.

 

Ciberactivismo

La presencia política de los jóvenes en las calles es reforzada por los usos de las nuevas tecnologías de información y comunicación, las cuales posibilitan otras formas de construcción colectiva de la palabra y acción. Ello se conoce como ciberactivismo y, según Ugarte (2007), se desarrolla en tres direcciones: el discurso, las herramientas y la visibilidad.

El discurso es la recuperación y fortalecimiento del yo-autor, de aquel que narra su vida y encuentra maneras propias de nombrar la realidad y así subvertir los discursos hegemónicamente establecidos y sus canales de difusión. Aunque en el ciberespacio es posible encontrar reproducciones de estereotipos u otras formas de violencia, su carácter abierto permite los procesos de crítica. Los sujetos quieren tomar la palabra y difundirla, consideran que aquello que tienen que decir es importante y a su vez quieren escuchar a otros. Para Reguillo (2012: 149), políticamente esto tiene dos consecuencias: por un lado los jóvenes eligen la causa a la que quieren defender, difundir, pertenecer; y por otro, pueden sentirse parte vital de una causa, inscribir su nombre y asumirse como actores sociales.

Las nuevas tecnologías permiten también una producción e intercambio de herramientas de distinto tipo, ya sea de carácter digital, como las propuestas de software libre, o de insumos que pueden ser utilizados en la militancia política, como manuales, documentos instructivos o plantillas para hacer panfletos, camisetas, carteles, artículos de comunicación popular, imágenes con contenido político, música, videos, entre otras. La premisa es desarrollar alguna herramienta, hacerla circular por la red y que los sujetos se apropien de ella y la resignifiquen localmente. No hay neutralidad en su producción; tienen una orientación política desde el momento que son elaboradas hasta que son utilizadas.

Las acciones políticas buscan ser visibilizadas y cuanto mayor sea el ciberactivismo, mayor crecerá la identificación de un colectivo con determinada causa que lo diferenciará del resto y de sus grupos antagónicos. Lograr visibilidad on line constituye una parte de la acción política que no suplanta o supera lo que acontece off line, al contrario, ayuda a su sostenimiento, tal como ha venido aconteciendo en la llamada Primavera árabe, donde Twitter ha desempeñado un importante papel como canal de comunicación de los manifestantes. La limitación de caracteres de que Twitter dispone (140) y la capacidad de una amplia difusión sin restricciones, lo han convertido en una herramienta incisiva en el momento de conectar a los sujetos, y al tomar las plazas y calles.

 

Conclusiones

Estamos asistiendo a un escenario de lucha social diferente, en el cual las cuestiones vinculadas al reconocimiento cumplen una función importante. Las subjetividades juveniles emergentes y sus formas de agenciamiento político poseen una potencialidad capaz de abrir otros caminos desde los cuales ejercer la ciudadanía y reclamar la garantía de los derechos civiles, políticos, sociales y culturales.

La juventud, vista así, demanda mucho más que la integración a la estructura social; es la manifestación de una crítica contra una máquina social agotada que no ofrece las condiciones suficientes para alcanzar mejores niveles de vida.

Para estos jóvenes, la ciudadanía no es una cuestión de reconocimiento jurídico por parte del Estado es la posibilidad de reinventar el espacio público y construir nuevas estrategias de socialización. Ciudadanía es hacer de la presencia una práctica política que busca visibilizar las sensibilidades juveniles y los agenciamientos locales/globales que ellos tejen, para así constituirse en una multitud en resistencia contra la dominación del capitalismo global.

Ahora bien, lo peligroso al momento de analizar los movimientos sociales emergentes es realizar una lectura mesiánica de estos actores; es decir, cargarlos —particularmente a la juventud— con toda la responsabilidad de cambiar las estructuras sociales, o incluso pensar que estos movimientos no poseen contradicciones internas, pues se corre el riesgo de omitir un análisis histórico del fenómeno. La comprensión de estos movimientos implica asumir su carácter de devenir, así como captar la puesta en crisis de los liderazgos políticos tradicionales o del papel de los medios de comunicación masivos. Sin embargo, en este proceso evolutivo de alternativas se reproducen nuevas contradicciones o nuevas formas para cooptar estas demandas dentro de las vías tradicionales de la política. Por ello, es importante evitar caer en maniqueísmos que solo consiguen simplificar la acción política de los movimientos sociales emergentes.

En todo caso, se puede afirmar que estos son un paso, entre otras tantas acciones, para la construcción de una sociedad poscapitalista.

 

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