Visiones sobre el bien común: el discurso público de Espacio Laical

Resumen: 

Se valora el discurso de la revista Espacio Laical como parte de la esfera pública cubana. Además, sitúa la publicación en el contexto político y cultural entre los años 2008 y 2013, realiza un acercamiento a sus formas de dirección, la relación con sus colaboradores, el vínculo con la jerarquía católica, así como a los principales temas abordados por la publicación durante el período señalado. 

 

Abstract: 

This article analyses the political discourse of Espacio Laical, a catholic magazine, as a part of Cuban public sphere. It relates the publication to political and cultural context between 2008-2013. Also, it describes the internal dynamics of the magazine and its relation with the catholic hierarchy, the Cuban government and others public sectors. In addition, there is an analysis about the outstanding ideologies that characterize its political discourse.

 

El estudio de una revista como Espacio Laical (EL) presenta para el investigador una peculiaridad de sumo interés. Entre 2006 y 2014, esa voz habitual dentro del espacio público cubano vivió a horcajadas entre el mundo de la fe y el de la política, por lo que no podemos establecer límites precisos entre cuánto debió a las necesidades de la Iglesia, cuánto a la perseverancia de sus editores y cuánto al contexto político en el cual surgió. No obstante, cualquier análisis necesita aventurar separaciones, clasificaciones y también, donde sea inexcusable, la crítica del investigador.

Bajo estos términos cualquier estudio serio necesitaría muchas páginas para dar cuenta de todos los detalles y hechos; este artículo, en cambio, solo pretende contestar tres preguntas fundamentales: ¿Cuáles han sido las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado cubano? ¿Cómo el catolicismo ha utilizado, en tiempos pasados y presentes, los medios de comunicación? ¿Cuál es y en qué contexto surgió el discurso público de EL? Por último, aparece un breve análisis de los temas y las distintas posturas políticas que participaron en los debates auspiciados por la revista.

 

Estado e Iglesia en Cuba

Durante los primeros veinticinco años de poder revolucionario los encontronazos entre el gobierno cubano y la Iglesia católica llevaron a que las relaciones entre ambas instituciones fueran, por lo regular, de enfrentamiento y desprecio mutuo. El apoyo de muchos párrocos y otros representantes del clero a la oposición armada que combatió a las fuerzas revolucionarias durante los años 60, o el internamiento de católicos y otros adversarios de las normas oficiales en campos de trabajo colocan la responsabilidad de la discordia sobre ambas partes. No obstante, poco a poco, el belicismo de los primeros años fue sustituido por métodos de acercamiento y diálogo (Uría, 2011).

Algunos hechos, como la gestión de monseñor Cesare Zacchi como nuncio apostólico en la Isla, podrían aparecer aquí como muestras de acercamiento; sin embargo, no es hasta la celebración del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), en 1986, que dicho clima pudo hacerse notar, gracias a un amplio debate —que ya ocurría desde 1979— dentro de la institución y una nueva estrategia para la inserción de la Iglesia cubana en una sociedad muy poco católica y controlada por burócratas que le eran generalmente hostiles (Uría, 2011).

El ENEC pretendía oxigenar la Iglesia, saldar deudas y establecer un nuevo sistema de vínculos con el Estado y la sociedad cubana. Los participantes en aquella reunión reconocieron algunos errores cometidos en sus relaciones con el gobierno y establecieron un nuevo punto de partida. En el cónclave, la Iglesia se avino a la idea de que el orden institucional en curso era irreversible, aunque destacó las «deficiencias de la dictadura del proletariado, el ateísmo militante y el no respeto a los derechos humanos que se produce en la sociedad cubana» (González Mederos y García Martínez, 2005: 69). Sin embargo, no sería hasta la caída del campo socialista que la semilla del entendimiento al fin daría sus mejores frutos.

Sin la opción «real» del «socialismo real», para muchos quedaba en entredicho el socialismo a secas. Para el gobierno cubano, en una coyuntura tan desfavorable, eran más necesarios los aliados que los enemigos; y la Iglesia era un posible aliado (Alonso, 2002).

La crisis que comenzó a vivirse en los 90, con su triple carácter político, económico e ideológico, marcó el hecho de que el Estado tuviera que comenzar a abandonar espacios relacionados con la función ilusoria-compensativa que había monopolizado a través de sus estructuras ideológicas y de los mecanismos de ascensión y gratificación social. Es en este contexto que la Iglesia Católica comienza a ocupar espacios que le eran vedados apenas una década atrás. (José Luis Acanda citado en González Mederos y García Martínez, 2005: 78)

 

A partir de entonces comienzan a ser toleradas en el país las manifestaciones de religiosidad, vilipendiadas y perseguidas apenas unos años antes, dentro de las cuales quizás el catolicismo no tenía muchos seguidores, pero sí contaba con una ventaja: era una institución con dos milenios de experiencia política (Alonso, 2002).

Para aceptar el ingreso de los católicos a la vida civil y política cubana, fue decisiva la convocatoria —leída  por el entonces ministro de las Fuerzas Armadas, General de Ejército Raúl Castro— al IV Congreso  del Partido Comunista de Cuba (PCC), con el propósito de eliminar «las discriminaciones a los creyentes de los diferentes credos religiosos que comparten nuestra vida y asumen nuestro proyecto social de desarrollo» (Comité Central PCC, 1990). En 1991, durante las sesiones de la magna cita, se abrieron las puertas del Partido a los creyentes. Por último, en 1992, se produjo la reforma constitucional que restituyó el carácter laico del Estado cubano.

Aunque ocurrió un incidente amargo a raíz de la publicación de la pastoral «El amor todo lo espera», que detuvo el acercamiento durante varios años, la visita a Cuba de Juan Pablo II, en enero de 1998, impulsó los vínculos hasta entonces tirantes entre la Iglesia y el gobierno. El catolicismo cubano ganó mayor legitimidad y las autoridades lograron atención internacional para las denuncias del «Pontífice viajero» contra el bloqueo estadounidense y desmintieron las acusaciones sobre la falta de libertad de credos en la Isla (Contreras, 2013).

Los años entre la visita de Wojtyla (1998) y la de Ratzinger (2012) fueron significativos por un hecho en especial: la mediación del cardenal Jaime Ortega en el asunto del llamado «Grupo de los 75»; la que permitió saldar el asunto de la forma más expedita posible con la liberación de los reos. Una habilidosa gestión diplomática y la oportuna intervención de influyentes personalidades de la alta política internacional, como el canciller español Miguel Ángel Moratinos, permitieron a la Iglesia obtener un puesto de singular relevancia dentro del panorama cubano, algo que no se había visto desde 1959. La visita a Cuba del sexto pontífice alemán en la historia del papado, Benedicto XVI, conservó algunas similitudes con la de Juan Pablo II, sin embargo, existieron importantes diferencias. Aunque algunos especialistas consideran que hubo intereses políticos en juego, puede decirse que el viaje de Ratzinger tuvo un carácter pastoral y espiritual más que político (Contreras, 2013).

Gracias a las gestiones realizadas por ambos pontífices, la Iglesia no solo logró legitimar y ampliar sus programas de atención a la población y actividades pastorales de rutina, sino que obtuvo también la posibilidad de aumentar el espectro de sus medios de comunicación.

 

Los medios de la fe

La  Iglesia cubana no siempre dio importancia a la difusión de sus ideas a través de los medios. Antes de 1959, existían las revistas La Quincena, de los padres franciscanos; La Milagrosa, de los padres paúles; Jesuitas, de la Compañía de Jesús; Pax, de las mujeres de Acción Católica; y Esto Vir, de la Agrupación Católica Universitaria; además de otras menos relevantes. Lo común fue la aparición esporádica de algunas figuras importantes del episcopado gracias a publicaciones como Diario de la Marina y los programas de radio y televisión del circuito CMQ. Pero si la seguridad del período republicano no merecía una estrategia pastoral más vigorosa que la de las misas y los ritos habituales, un poder ideológico aparecido sin previo aviso durante los años 60 disolvió la influencia de la Iglesia en el alma del cubano y obligó a cambiar los métodos (Márquez, 2014: 40).

En la década de los 60, el poder revolucionario dio duros golpes a los aparatos ideológicos de la Iglesia. La ley educacional del 6 de junio de 1961 eliminó el sistema de enseñanza  dirigido por la Iglesia. Hasta ese momento existían 330 escuelas religiosas en las que estudiaba, en lo fundamental, la clase media cubana. Todas pasaron a manos del Estado. Es posible que, llevada casi contra las cuerdas por esta avalancha para la cual no estaba preparada, o temiendo el menoscabo de su antigua influencia espiritual, la Iglesia acogiera con beneplácito proyectos editoriales como Vida Cristiana, fundada el 4 de noviembre de 1962. Aunque al principio fue una modesta hoja dominical impresa por los fieles de Sancti Spíritus, la revista pronto ganó la atención de muchos católicos en todo el país, gracias a sus ardientes filípicas contra la élite política (Trujillo, 2012). Sin embargo, luego de que el poder revolucionario saliera victorioso de aquella década vertiginosa y cruenta, Vida Cristiana, así como una gran parte de la Iglesia, aplacaron su verbo vehemente.

Las décadas posteriores no cambiarían, en lo fundamental, este panorama. El silencio en el que se sumieron los fieles, la intolerancia del ateísmo científico, la política de acoso promovida por algunos burócratas, hicieron a la Iglesia volverse hacia el aislamiento, como un animal herido que lame sus llagas. No obstante, con el ENEC salió de su encierro y en los años siguientes el Estado aceptó la aparición de publicaciones católicas.

Hacia el año 2010, el cúmulo de medios católicos era bastante amplio en comparación con fechas precedentes: decenas de hojas parroquiales de circulación local, cuarenta y seis boletines y revistas, doce sitios web y siete boletines electrónicos. La revista Palabra Nueva, por ejemplo, tiene una tirada de 13 000 ejemplares, por lo cual es el órgano con mayores posibilidades de influir sobre el público cubano (Trujillo, 2012). Además, existen experiencias en el campo audiovisual:

los centros de comunicación de los padres salesianos y jesuitas, así como de distintos obispados; las incipientes prácticas en programas radiales a través de la grabación y distribución por casetes y CD, grupos de teatro y musicales, festivales de música y pequeñas editoriales casi artesanales. (Cabarrouy, 2010: 20)

 

Estas publicaciones de la Iglesia, de grande o pequeña cuantía, presentan los más variados temas, como cuestiones políticas, homilías, discursos papales, así como noticias y artículos de corte científico y cultural.

Es usual que los medios católicos se preocupen por asuntos olvidados o silenciados por la prensa oficial. Y aunque no poseen el alcance de los grandes periódicos, radioemisoras y canales de televisión en manos del Estado, constituyen, junto a distintas plataformas web o la gran red informal de acceso a la información que la voz popular nombró como «el paquete», alternativas para el público nacional, frente a la realidad de un periodismo poco agraciado y crítico (Cabarrouy, 2010).

Sin embargo, la aparición de dichos medios no es un hecho fortuito; guarda estrecha relación con la mayor tolerancia hacia formas independientes de comunicación que se ha abierto camino en Cuba durante la última década, acaso relacionada con los cambios promovidos por el presidente Raúl Castro desde que asumió la dirección del Estado y el Partido.

 

Contexto político, orígenes y funciones de Espacio Laical

Casi todas las fuentes entrevistadas[1] coinciden en que el proceso de cambios económicos y sociales que acontecen en Cuba desde mediados de los 2000 influyó decisivamente en el nacimiento de EL. En este contexto, los llamados al diálogo hechos por el presidente Raúl Castro fueron muy bien atendidos por el Arzobispado de La Habana. Y la Iglesia, siempre pendiente del ánimo del gobierno, pudo haberlo interpretado como el momento para dar un paso más atrevido en su política secular de influencia social. Aunque antes debían lograr un pacto tácito de buena convivencia con las autoridades.

Estas causas —un nuevo clima político, un grupo de clérigos y laicos preocupados por influir en los asuntos públicos, y un pacto de buena vecindad  con el gobierno cubano— hicieron ver a grupos de la sociedad civil que EL era un lugar posible de expresión, que contaría con la tolerancia del Estado y también del Episcopado. Personas de distintas ideologías acudieron a las páginas de la revista y con sus debates y presencia recurrente demostraron que a veces es posible el entendimiento racional sin negar las diferencias; e incluso, que hacer explícitos los disensos, a menudo, resulta mejor que opacarlos o postergarlos.

La política editorial de la revista no solo ha sido una prueba de que criterios sustancialmente distintos pueden construir un discurso público donde se hagan visibles los acuerdos tanto como los desacuerdos, sino que también supone una brillante estrategia de los gestores de EL, quienes, al utilizar el principio del pluralismo y la libre expresión, han logrado introducir en el debate político los puntos de vista de una parte de la Iglesia cuyas ideas permanecían en penumbras. Esas propuestas, en la voz de los intelectuales católicos, son escuchadas y no simplemente toleradas, porque viajan de la mano de sus contrapartes en un producto comunicativo plural. Y no son juicios faltos de razón: en ellos se hace ver la inteligencia y la sensatez, el ofrecimiento claro y fundado de un proyecto de sociedad. Es evidente que todo esto ha sido muy bien planeado, fruto de la meditación.

Una intencionalidad política semejante no concuerda con las posibilidades más bien modestas de una simple revista. Esto puede ser explicado, tal vez, porque además de haber sido un medio de comunicación, EL ha cumplido otras dos funciones: primero, fue algo parecido a una institución política, en tanto a falta de mejores ámbitos, asumió el papel de representar a sectores de la sociedad cubana dispuestos a examinar aspectos controvertidos de la actual reforma, que han quedado pospuestos por un debate público amparado por la oficialidad; en segundo lugar, porque la revista guarda semejanza con los llamados think tanks (tanques pensantes). Sería demasiado apresurado declarar que EL pretendió ser una organización de este tipo, sin embargo, es posible encontrar en sus páginas proposiciones muy detalladas sobre los pasos más convenientes, la filosofía y el rumbo deseable de la reforma. Por otra parte, no ha sido necesario profundizar demasiado en el discurso y las entrevistas para advertir un deseo latente en muchos autores por influir, de cierto modo, en la política. No debe extrañar que ocurra de esta manera: desde Platón, por lo menos, algunos pensadores han sentido la necesidad de introducir, en los dominios del Príncipe, las ideas guardadas en sus cabezas, pues es habitual que los intelectuales se sientan inconformes con el estado de las repúblicas. Y a falta de mejores instituciones  en Cuba, la revista vino a suplir —hasta cierto punto— las funciones de una institución política  en sentido recto.

 

Discurso

Luego del estudio de los treinta y dos números publicados entre 2008 y 2013, se entiende que la ideología más abarcadora dentro de EL es el nacionalismo. Gracias a dicha ideología la revista descubrió un campo discursivo donde poder encontrarse con el Estado cubano y con muchas personas, dentro y fuera de la Isla, que desean prosperidad material, soberanía y una mayor democracia para el país. De acuerdo con el discurso público de EL, ese nacionalismo incluye una serie de líneas matrices:

a)  El respeto por la soberanía, que no reside en el Estado, sino en los ciudadanos, de los cuales aquel debe ser protector, y ante ellos debe rendir cuentas.

b)  La reconciliación nacional, con el propósito de lograr un acuerdo entre todos los cubanos —más allá de posiciones ideológicas, políticas y religiosas—, que justifique la idea de una nación para todos.

c)  La institucionalidad republicana y democrática que asegure la existencia de un Estado de Derecho; el ejercicio de la libertad individual en paralelo a la libertad colectiva; el disfrute de los derechos políticos, sociales, culturales y ambientales; la protección de los menos favorecidos; el reparto equitativo de la riqueza; el imperio de la justicia, etcétera.

d)  La prosperidad económica, de manera que todos los cubanos puedan lograr cierto bienestar y autonomía material que les permita vivir decorosamente, en una economía donde no se privilegie ningún tipo de propiedad.

e)  La dignidad humana basada en el primero de todos los valores: la libertad individual, pero que debe incluir también el respeto al derecho de los otros. Ambas, libertad individual y libertad colectiva, son el fundamento de la comunidad política, el criterio de legitimidad del Estado y las condiciones mínimas necesarias para que el individuo logre su deseo más profundo: la felicidad.

 

Cada una de las cinco líneas matrices del nacionalismo constituye a su vez un campo de debate:

a) Dentro del primer campo —la soberanía— no aparecen posiciones de sujeto[2] por una razón clara: ya que el nacionalismo es la ideología predominante, impone el respeto de la soberanía nacional como requisito sine qua non para enunciar desde dicha ideología. No obstante, los principios fundamentalmente esgrimidos por los autores de EL reconocen que la soberanía recae en el pueblo, por lo que este debe ser su agente y principal beneficiario, de acuerdo con los preceptos reconocidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no el Estado, como ha asegurado gran parte del pensamiento conservador desde Jean Bodin hasta la fecha.

 b) El campo de debate que denominamos «reconciliación nacional» deriva de las particulares circunstancias históricas de la nación cubana, que ha visto separados a sus miembros debido a desacuerdos políticos y crisis económicas durante cinco décadas. Aparecen dentro de dicho campo tres posiciones de sujeto.

La primera la nombramos «reconciliación parapolítica». Se centra en pensar el reencuentro de las familias separadas por los distintos cataclismos de tipo ideológico, político o militar que han afectado a la sociedad cubana. Al mismo tiempo, existe en ella un rechazo, o cierto prejuicio, a pensar el tema de la reconciliación como un asunto político. Esto se debe en gran parte a que los identificados dentro de esta tendencia comparten la idea nacionalista de que lo cubano es un hecho que está por encima de las diferencias.

Los representantes de este campo promueven la interconexión entre Cuba y su diáspora, desde lazos familiares hasta el constante tráfico de personas entre las dos orillas del canal de la Florida y los nexos académicos y culturales entre la comunidad intelectual cubana residente en La Habana, Miami, Madrid y otras urbes de Occidente. Esta posición de sujeto coloca al pueblo cubano como agente de la reconciliación.

En cambio, la segunda postura, que denominamos «reconciliación elitista», elige al capital cubanoamericano como agente de la reconciliación. Defiende, ante todo, los posibles beneficios económicos y políticos que podría traer para los empresarios cubanos, estadounidenses y cubanoamericanos la normalización de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos y a su vez, entre las élites de La Habana y Miami.  Los agrupados bajo este rótulo consideran que la reforma económica y la promoción del pequeño propietario en Cuba son asuntos prioritarios, ya que la incipiente sociedad civil-mercantil —siempre que pudiese organizarse de manera efectiva— podría convertirse en una fuerza capaz de presionar en pos de mayores reformas. Quizás su anhelo sea convertir a estos grupos de poder económico en gestación en fuerzas capaces de hacer presión sobre las instituciones políticas.

Por último, existe un tipo de «reconciliación espiritual», cuyos representantes privilegian el análisis de los hechos de conciencia que pudieran ayudar al rencuentro de la nación consigo misma. Ante todo, consideran que la construcción de un nuevo clima moral es indispensable para lograr verdadero entendimiento y dicha durable. De ahí que uno de los temas favoritos de esta posición sea el asunto del perdón. Las interpretaciones del perdón pueden variar, pero asumen una idea fundamental: es necesario aceptar la historia de Cuba como ha sido, sin omisiones engañosas, sin ocultar las verdades, para luego trascender el pasado.

c) El tercer campo  es quizás el más polémico de EL, por ser el feudo sobre el cual se enseñorea la política en su sentido más amplio y riguroso. En él, los autores debaten sobre el orden institucional y normativo más adecuado para la nación cubana. Lo controvertido no se debe tanto a la cantidad de posiciones de sujeto como a la profusión de textos y la recurrencia de debates de alto rigor intelectual.

Primero, existe una postura de tipo «liberal» que defiende que el Estado debe ser una entidad completamente laica, donde no se privilegien ideologías ni religiones y pone como centro la edificación de una institucionalidad que pueda encauzar la voluntad ciudadana hacia las más altas instancias de gobierno, a través de un sistema electoral reformado, el reconocimiento a diversos partidos y otras organizaciones políticas, y la formación de una opinión pública construida por medios de comunicación independientes del Estado. Aconseja la creación de una esfera pública capaz de poner al Estado en situación de visibilidad crítica, con el propósito de neutralizarlo como instancia de poder y convertirlo en mero administrador de los asuntos comunes. Como marco para lograr este orden, sugiere la reforma o el cambio de la actual Constitución y la instauración de un órgano que vigile por su cumplimiento, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como por el buen desempeño de los cargos públicos. Agrega el establecimiento de leyes de acceso universal a la información para aumentar el control de los ciudadanos sobre las instituciones políticas. Retoma la clásica preocupación liberal sobre los límites y la naturaleza del poder político, así como la libertad individual y, dentro del Estado, la tripartición de poderes.  Puede decirse que esta posición reclama la edificación de una república democrática sobre la base de procedimientos democráticos mínimos.

Luego aparece una tendencia de tipo «republicana» que sospecha, al igual que la postura anterior, de un orden político sometido al imperio del Estado, por lo que prefiere instituir una política democrática en un ámbito de la vida en común que rebasa sus límites. Para lograrlo, considera necesario universalizar la existencia social autónoma de cada individuo, agrupación social y comunidad, ya que el problema de la democracia no es, para esta posición de sujeto, una contraposición entre libertad individual y poder, sino que se trata de la reciprocidad entre la libertad y la justicia.

Al ampliar el problema de lo político más allá de lo estatal, los agrupados en esta tendencia se adentran en una serie de problemas que habían sido arrinconados por la posición de sujeto descrita con anterioridad, a saber: ¿cómo construir un ethos ciudadano que sea a la vez ajeno al poder estatal y al poder mercantil, compartido por todas las personas, pero respetuoso de la libertad individual? Para lograrlo, además de la República, consideran necesaria la democracia deliberativa. En efecto, la deliberación sería la forma mediante la cual podría construirse la voluntad general ciudadana, junto con las ideas republicanas y representativas. El cimiento bajo esa publicidad deliberativa lo componen asociaciones basadas en la solidaridad y la mutua cooperación, con recelo de aquellas formas de sociabilidad con fines de lucro o amparadas por el Estado. Al tomar la democracia deliberativa como principio, los autores rehúsan imaginar la sociedad civil como una colección infinita de grupos que se regularían entre sí por el mero hecho de existir: la deliberación permitiría construir la fortaleza en la pluralidad.

La tercera posición de sujeto dentro del campo de las instituciones políticas sería la «reformista». Parte de la hipótesis de que el actual sistema político cubano se funda en un acuerdo entre el liderazgo histórico de la Revolución y la ciudadanía. Asegura que si bien el socialismo cubano ha cumplido con las líneas directrices que fundaron ese consenso, una serie de cambios en la actualidad imponen, cuanto menos, repensar el pacto y refundarlo. Para lograrlo, considera que el primer paso es una reforma económica que debe estar pautada por los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución (PCC, 2011). No obstante, considera que el asunto más complicado compete al sistema de gobierno. El actual orden político no cumple con los propósitos originales incluidos en el pacto social, pues existe una serie de problemas: ausencia de mecanismos de control efectivos de los mandantes sobre los mandatarios; falsa unanimidad en los debates; poca visibilidad en el proceso de toma de decisiones; actitudes patriarcales y autoritarias en el aparato administrativo; excesiva centralización y limitación de los poderes locales; separación poco clara entre el papel del Partido y del Estado, etc.

Para solucionar estos problemas, proponen aumentar el poder de la Asamblea Nacional del Poder Popular sobre el Ejecutivo y una reforma del sistema electoral. Sin negar el papel rector del Estado y el Partido, los agrupados en esta tendencia opinan que uno y otro deben reducir sus funciones y operar bajo un sistema de riguroso control ciudadano o de separación de poderes: la diferencia reside en si las posturas son más democráticas o más liberales. La disminución de los poderes del Estado está relacionada con un hecho en particular: la progresiva y, al parecer, indetenible diversificación en las formas de propiedad. Debido a tales razones, esta posición de sujeto asume la necesidad de autonomizar incluso más la actuación de la sociedad civil. Aquí la distinción no resulta clara: si se tiende a privilegiar la importancia de los cambios económicos promercado, los autores dejan inferir un liberalismo dieciochesco, donde la sociedad civil se reduce al tráfico mercantil, y la ciudadanía, a la posibilidad de ser propietarios; cuando importa más la diversidad social y política, entonces la idea se amplía hacia la necesidad de derechos civiles, políticos y sociales. Ante este punto, los autores enfrentan la necesidad de pronunciarse sobre un tema escabroso: nuevas formas de asociación política. López-Levy utiliza un término oscuro: «oposición leal» (Varios, 2010: 50); Alzugaray, algo un tanto más claro: «democracia deliberativa» (Varios, 2011: 11). Sin embargo, todos los autores coinciden en que el Partido debe ser quien decida el camino  de las transformaciones sociales, así como su naturaleza y su límite. No obstante, todos consideran que Estado y sociedad civil deben estar sujetos a la reformulación del pacto social como garantía de la legitimidad del sistema. La democracia deliberativa y la republicana serían los instrumentos para (re)construir el consenso.

d) El quinto campo de debate engloba los problemas y las posibles soluciones en torno a la economía nacional. Dentro de este, existe una posición de sujeto minoritaria que promueve la autogestión dentro de los colectivos laborales como forma más acabada de una economía socialista; sin embargo, la mayor parte de las discusiones sobre la problemática económica podría reunirse dentro de una segunda postura centrada en la promoción de una «economía de mercado bajo supervisión pública», que permita una acumulación de capitales lo suficientemente grande como para salir de la actual crisis económica.

Esta posición de sujeto propone mejorar los marcos legales e institucionales para la protección de las actividades económicas no estatales con el objetivo de evitar ilegalidades y la fuga de los escasos capitales, y establecer claramente los compromisos del propietario con el Estado y las atribuciones de este sobre los propietarios. Añade la construcción de un sistema eficiente de administración pública. Además, considera necesario moderar las cargas impositivas sobre la microempresa; aumentar el tamaño de las pequeñas empresas y cooperativas; ampliar el sistema de créditos bancarios con ayuda y financiación internacional; realizar una reforma integral de precios para que estos reflejen la oferta y la demanda y desempeñen un papel clave en la asignación adecuada de recursos; ampliar el sistema de protección social a desempleados y grupos vulnerables; facilitar la inversión extranjera directa y de cubanos residentes en la Isla en todos los sectores de la economía; permitir a las empresas extranjeras contratar, ascender, despedir y pagar a sus empleados; otorgar autonomía a los sindicatos para que estos participen en la negociación colectiva y se concentren en la defensa de sus miembros; y negociar la entrada de Cuba a los organismos financieros internacionales, entre otras recomendaciones.

e) Dentro del último campo de debate —«dignidad humana»—, la primera posición de sujeto es de tipo «socialcristiana» y tiene su asiento en la Doctrina Social de la Iglesia. Propone una defensa de la persona basada en la idea de que la experiencia humana del alma y el cuerpo es un hecho que participa de la experiencia divina; de ahí que el hombre sea un ser de inviolable dignidad, pues si ocurriese lo contrario, se atentaría contra la más grande obra de Dios. Defiende que la persona, aun siendo parte de lo Uno, posee libre albedrío, por lo que garantizar esa libertad debe ser el imperativo ético de toda construcción política, social y económica. Encuentra muy apropiado reflexionar sobre los medios de comunicación, la familia y la escuela como centros de formación espiritual, cívica y política, así como la necesidad de que tales instituciones promuevan la educación de hombres completos y ciudadanos virtuosos. Promueve también la idea del diálogo entre todas las personas, basado en una política de amplio ecumenismo con otras expresiones religiosas y de encuentro entre posiciones ideológicas distintas.

La segunda y última posición de sujeto —«subjetivista»— no tiene un criterio tan riguroso en cuanto a aceptar la existencia de una naturaleza humana, que es, al fin y al cabo, la noción filosófica sobre la cual se sustenta la ética cristiana. No obstante, y aunque esto pueda parecer contradictorio, asume que los hombres nacen y deben ser libres. Con este leve cambio, si bien la libertad deja de ser una noción filosófica, continúa siendo el concepto axiológico fundamental. En materia de derechos y leyes, acepta el criterio iusnaturalista de que los hombres son iguales ante la ley, por lo que los poderes públicos han de velar para que los individuos perjudicados por la opresión oligárquica o tiránica puedan ejercer, de hecho y de derecho, su porción de libertad. Acepta un entendimiento integral de los derechos humanos, que incluya los sociales, políticos, culturales, civiles y ambientales.

 

Conclusiones

Alrededor del nacionalismo de EL se teje una red de ideologías más o menos comprometidas con la idea de la nación. La relación que establecen con el nacionalismo viene a ser de medios y fines, o sea, concuerdan en el deseo de una nación próspera, soberana y democrática, pero discrepan en los métodos para construirla. Existen posiciones socialistas, anarquistas, socialcristianas, socialdemócratas y las que, a nuestro parecer, ocupan el puesto de honor: liberales. Es un liberalismo marcado por las ideas de John Rawls, Norberto Bobbio, Jürgen Habermas, Hans Kelsen y otros autores capitales de la teoría política contemporánea. En resumen, propone la inviolabilidad del individuo como ser dotado de libertad propia, y sobre esta base, aspira a una república democrática que garantice el ejercicio real de la libertad individual. Sin embargo, asume que la libertad individual, para encontrar plena realización, necesita respetar la libertad de los otros. De ahí que el ejercicio de la política implique construir, al unísono, el bien de todos y el de cada quien. Así, el liberalismo de EL asume de forma coherente la tradición ateniense y romana: identifica como enemigos de esa república ideal a la autocracia y la oligarquía.

No obstante, es probable que hasta cierto punto liberalismo y nacionalismo se excluyan. El liberalismo es una ideología cuyos principios epistemológicos provienen de filosofías indeterministas que tienden a privilegiar el libre albedrío como fundamento del hombre. El nacionalismo, en cambio, postula la existencia de una entidad supraindividual: la nación, vasto orden espiritual que sobrepasa y determina a los individuos.

El pensamiento liberal democrático se fundó sobre una idea revolucionaria: la igualdad de todos los hombres. Como ser dotado de un cuerpo y una psyche individuales, el ser humano era libre de por sí. Aun Hobbes y Maquiavelo estaban de acuerdo en que los seres humanos nacían libres por naturaleza, si bien opinaban que esa libertad debía ser atemperada por la acción «bienhechora» del Príncipe. En cambio, el liberalismo democrático vio en esa supuesta libertad natural un bien en vez de un mal, porque era la expresión de la más genuina naturaleza humana: la racionalidad. Al parecer, un grupo importante de autores en EL han querido mezclar la idea de la naturaleza humana con la idea de la libertad. Dichos autores asumen la libertad innata del hombre: asumen que cuando el ser humano es verdaderamente libre, expresa su auténtica naturaleza; pero lo que revela el individuo cuando vive en libertad no es lo humano universal, sino algo más estrecho: la identidad nacional. O sea, que la actividad política de las personas viene a ser la expresión del espíritu nacional. Y aquí reside el problema: por un lado, la naturaleza sesgada de la idea de la nación, y por el otro, el gusto amplio y cosmopolita que informa toda la teoría democrática, desde Solón hasta Habermas.

Puede que este tipo de estrechez en el nacionalismo sea la que, en un debate sostenido recientemente por Roberto Veiga, Lenier González Mederos, Armando Chaguaceda, Rafael Rojas y Haroldo Dilla, se ha denominado «nacionalismo revolucionario» (Chaguaceda, 2014: 143-4; Dilla, 2014: 141-3; González Mederos, 2014: 88-90; Rojas, 2014: 144-5; Veiga, 2014). Fuera de disquisiciones demasiado abstractas y que probablemente interesen más a académicos que a ciudadanos comunes, la principal discrepancia antepuesta a este nacionalismo —explícita en dicho debate— radica en cierta reticencia a aceptar que los cubanos comparten realmente una identidad nacional, pues sería muy difícil definir cuál es su naturaleza. Se añade a esto la sospecha de que la idea de la nación sea demasiado estrecha, una salivación más o menos crítica de la razón de Estado. No obstante, los detractores conceden que el nacionalismo tiene alguna utilidad política, en tanto puede crear un vínculo gregario entre los ciudadanos.

Sin embargo, conviene hacer una salvedad. El nacionalismo de Espacio Laical no parece antidemocrático y resulta bastante independiente del nacionalismo rústico usado entre los políticos cubanos de hoy, tanto a la izquierda como a la derecha del espectro ideológico. Es probable que muchos no lo consideren como la mejor de las estrategias discursivas; pero al menos es útil para lograr un principio de entendimiento entre los hombres amantes de la libertad, pues intenta saciar un ansia vieja de los cubanos por la justicia social, la democracia y el bienestar económico.

 

[1]. Esta investigación se ha nutrido de entrevistas a Carlos Alzugaray, Aurelio Alonso, Carmelo Mesa-Lago, Rafael Hernández, Julio César Guanche, Roberto Veiga, Lenier González, Armando Chaguaceda, Julio A. Fernández y Arturo López-Levy, realizadas entre febrero y marzo de 2014.

[2]. Creemos acertado utilizar el término posición de sujeto porque es imposible, con un mero análisis del discurso, definir cuál es la naturaleza de un sujeto concreto, cuáles son sus propósitos, cuál es su verdadera forma de pensar. En tanto una persona no es solo un conjunto de ideas, sino también un cuerpo, impulsos emocionales y una serie de mediaciones materiales, comprender su conciencia o sus posiciones ideológicas no nos permite saber del todo quién es. De ahí que la categoría posiciones de sujeto sea el reconocimiento tácito de un límite para el análisis del discurso. Existe una relación de exclusión dialéctica entre el sujeto y la posición que asume, ya que puede pensar tal cual se deja ver en un texto y un discurso determinados; pero puede ocurrir que su pensamiento esté en contradicción con lo que dice. La íntima decisión de la persona para obrar de tal manera escapa al análisis del discurso.

 

Referencias

Alonso, A., (2002) «La institucionalidad civil y el debate sobre la legitimidad» en Temas. N. 29. Abril-junio, pp. 36-45, disponible en:   http://bit.ly/2gTd0DX [consultado el 19 de diciembre de 2016]. 

Cabarrouy, S., (2010) «Tender puentes. La Iglesia y la comunicación social en Cuba» en Espacio Laical. N. 3, pp. 43-59.

Chaguaceda, A., (2014) «Cuba: los candados de la lealtad» en Havana Times. 21 de febrero, disponible en: http://www.havanatimes.org/sp/?p=93949 [consultado el 26 de diciembre de 2016].

Comité Central del Partido Comunista de Cuba (CC-PCC), (1990) «¡Al IV Congreso del Partido! ¡El futuro de nuestra patria será un eterno Baraguá!», disponible en: http://bit.ly/2fm8y06 [consultado el 10 de noviembre de 2016].

Contreras, D., (2013) «Iglesia católica y Estado en la República de Cuba: pasado y presente de sus relaciones» en América Latina Hoy. N. 63, pp. 177-95.

Dilla, H., (2014) «¿Una oposición leal en Cuba?» en Havana Times. 19 de febrero, disponible en: http://www.havanatimes.org/sp/?p=93915 [consultado el 26 de diciembre de 2016].

González Mederos, L., (2014) «Los dilemas de la “lealtad”» en Espacio Laical. Enero, pp. 80-2, disponible en: http://espaciolaical.org/contens/37/8082.pdf [consultado el 26 de diciembre de 2016].

González Mederos, L. y L. A. García Martínez, (2005) ¿Cara o cruz? Una aproximación a la imagen pública de la Iglesia católica. Tesis de Licenciatura en Comunicación social, La Habana, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Márquez, O., (2014) «Palabra Nueva y política» en Palabra Nueva. N. 237, pp. 40-4.

Muñoz, R., (2003) La tierra prometida… de cómo algunos jóvenes habaneros imaginan Cuba: el deseo o certeza de país. Tesis de licenciatura en Comunicación Social, La Habana, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Partido Comunista de Cuba (PCC), (2011) Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. La Habana, disponible en: http://bit.ly/1X2YXzg.

Rojas, R., (2014) «¿Cómo se construye una oposición leal en Cuba?» en Libros del Crepúsculo. 23 de febrero, disponible en: http://bit.ly/2i83YHM [consultado el 26 de diciembre de 2016].

Trujillo, M., (2012) «La Iglesia católica en Cuba, caídas y recuperaciones durante los últimos 110 años» en Catalejo, el blog de Temas. 23 de marzo.

Uría, I., (2011) Iglesia y revolución en Cuba. Enrique Pérez Serantes (1883-1968), el obispo que salvó a Fidel Castro. Madrid, Ediciones Encuentro.

Varios, (2010) «Senderos de esperanza. (Acerca de la mediación de la Iglesia católica en Cuba)» en Espacio Laical. Abril, pp. 18-33, disponible en: http://www.espaciolaical.org/contens/esp/sd_116.pdf [consultado el 26 de diciembre de 2016].

Varios, (2011) «Cuba: ¿Hacia un nuevo pacto social?» en Espacio Laical. N. 125. Abril, disponible en: http://espaciolaical.org/contens/esp/sd_125.pdf [consultado el 19 de diciembre de 2016].

Veiga González, R., (2014) «Oposición leal: construyendo caminos de estabilidad y progreso» en Espacio Laical. N. 245. Febrero, disponible en http://espaciolaical.org/contens/esp/sd_245.pdf [consultado el 19 de diciembre de 2016].