Universidad y política. Disputas pasadas y presentes (II)

No es posible conocer a cabalidad el devenir de la nación cubana desde el siglo XVIII, su ciencia, su cultura y su política, sin mirar a la universidad. Tampoco es posible abordar las disputas de sentido actuales y sus alcances sin mirar hacia y desde ella.

La relación entre universidad y política tiene dimensiones obvias y también otras que son necesario hacer más visibles. Por entender que el debate sobre la educación universitaria en particular debe partir de comprensiones integradoras, hemos invitado a varias personas vinculadas a ella por una larga trayectoria profesional (Luis Carlos Silva Aycaguer, Raúl Garcés Corra, Julia María Fernández Trujillo, Narciso Alberto Cobo Roura, Julio Antonio Fernández, Esteban Morales, José Ramón Vidal y René Fidel Gónzalez García) para que contribuyan a conformar un mapa ampliado del lugar político, científico y cultural de la universidad cubana, de los matices y particularidades de su historia y los datos que hoy tensan la disputa de sentidos que vive Cuba en general, y la universidad como espacio privilegiado de esta en particular.

La conexión específica entre universidad y democracia hace parte de las indagaciones motivadoras de este dossier. Luego, el sentido que anima estas intervenciones es explícitamente político: busca insertar la problemática universitaria en el horizonte mayor de las apuestas de la Cuba de hoy por el socialismo democrático, frente a las resistencias que este encuentra fuera y dentro de la nación, en el horizonte de lograr una educación que, siendo más libre intelectualmente, haga a la vez más libre política y culturalmente a la sociedad cubana, a la que se debe por entero.

Nota: Para su publicación en Catalejo, hemos dividido este material en tres partes. Puede leer aquí la primera y la tercera partes.

 

Narciso Cobo Roura

En la historia nacional, ¿qué relación ha existido entre la vida universitaria, la vida cultural, el pensamiento social crítico y la política cubanas?

No creo que haya habido episodio alguno en el espacio sociopolítico o cultural, en la historia de nuestro país, que no haya encontrado “raíz y ala”, en el medio universitario. Es una constante, hasta hoy. Cuando deje de serlo —condonando momentos en que lo ha sido con menor intensidad— habrá que preocuparse. Y habría que preocuparse más si solo fuera —como a veces preocupa que sea— mimética o adaptativa más que real. Confío en que no sea el caso.

Otra cosa es, sin embargo, qué tanto este pensamiento social crítico que de manera natural se gesta en el medio universitario, comprendidos sus centros de investigación, encuentra espacio en la formación de las políticas que se adoptan. En esto, si juzgamos por los criterios y valoraciones que circulan en los medios sociales —alternativos a la prensa oficial— parece estarse en deuda. No se hace visible el debate, que es una forma de anular las bondades que le atribuimos y decimos defender. Y ello afecta valores y virtudes en la universidad cubana y pone un signo de restar, cuando más participativos e inclusivos estamos llamados a ser. Y habría que preguntarse si esa falta de permeabilidad a la crítica es efecto o resultado de la falta de capacidad propositiva o de comunicación del medio académico, o, por el contrario, como parece, causa de las formas a las que muchas veces se ve limitada hoy la “circulación” de ese pensamiento.

 

Ahora, mirando al escenario cubano actual y los desafíos de futuro (científicos, culturales y políticos) que plantea para el espacio universitario, ¿cuáles son las virtudes y problemas de la universidad cubana de hoy?, ¿cuáles son sus propias esperanzas en la universidad cubana para el futuro inmediato?

Quizás lo primero sea identificar cuáles pudieran ser esos problemas, esos desafíos. No creo que sea algo sobre lo cual nadie pueda ofrecer una visión única; quizás tengamos que ir sumando y viendo en cuáles coinciden los más y qué tanta razón puedan llevar aquellos en que coinciden los menos. No creo tampoco que la verdad tenga que alcanzarse por mayoría. Y no hay duda que estamos en un escenario con muchas áreas de tensión.

No creo que sea difícil representarse la complejidad del escenario cubano en la actualidad, pautado por los riesgos de discontinuidad sobre los que de manera anticipada diera la alerta el propio Fidel en su intervención en el Aula Magna universitaria, su cese al frente de la conducción del país y su relevo por Raúl, la anunciada y cercana conclusión de este en su actual mandato al frente del Estado cubano, con el colofón, no por esperado menos doloroso, de la muerte del líder histórico de la Revolución cubana.

La legitimidad y credibilidad que acompañaron su liderazgo, y que explican la confianza depositada en ellos por el pueblo cubano, no parecen, sin embargo, encontrar continuidad en ninguna otra figura del Partido o del Gobierno. Y este es un problema mayor. No son estas cualidades a las que se pueda exhortar; se forman solo de manera iterativa y sostenida; no se asumen o prefiguran, resultan. Y la disciplina, en mi opinión, sería un pobre sucedáneo de estas.

Esto debe llevarnos, como sociedad política, a repensarnos en términos de futuro inmediato, como quizás no lo hemos tenido que hacer antes, acostumbrados como pueblo a mirar —y confiar— en los logros alcanzables a largo plazo. No parece haber muchos más plazos. Es ahora en realidad que tenemos que producir los cambios y diseñar el Estado que va a dar continuidad a la obra revolucionaria y a realizar el proyecto de justicia social que nos ha traído hasta aquí. Y esto, si bien es labor de todos, con verdadera vocación inclusiva, lo es de manera especial de quienes, desde la universidad, por su propia misión formadora, están llamados a examinar y analizar, críticamente, el funcionamiento de nuestra sociedad, de la que forman parte.

Y ello requiere, ante todo, pienso, una capacidad prospectiva y de proyección y diseño de las políticas y programas que están llamados a promover y ordenar las transformaciones que se hagan necesarias para dotar al país del marco institucional conforme al cual, la nueva dirección, quienes quiera que integren esta, pueda realizar su labor con la necesaria y obligada transparencia y sujeción a la voluntad popular. Esto, con el actual diseño del Estado cubano, no creo que se alcance. Quizás configuramos un Estado a la imagen de un hombre extraordinario que ya no existe sino en nuestro imaginario, que en el mejor de los casos – y ojalá así fuera – podrá pautar nuestra conducta personal y aspiraciones, pero no tomar las decisiones que conduzcan la nación por nosotros.

Es en este empeño que atribuyo un especial protagonismo al medio universitario cubano, necesariamente diverso como lo es nuestra sociedad, por su capacidad para identificar y visibilizar los problemas, en todos los planos, y de afirmar valores y movilizar el pensamiento crítico y la reflexión, tanto en alumnos —como un inmenso laboratorio en permanente experimentación, dotado de un extraordinario poder inquisitivo— como en profesores e investigadores. No cabe dar respuestas únicas o reduccionistas a problemas que, por su complejidad, no las admiten. Nada que frene o limite el pensamiento cuestionador, por contestatario que pueda resultar, o pretenda descalificarlo, limitando su participación en el debate o impidiendo el diálogo, hace bien al país; nos priva de su riqueza mayor, nuestro capital humano. Anular la mediocridad, supone no solo voz, también capacidad de emplazamiento.

Un pensamiento reprimido corre el riesgo de hacerse oportunista o complaciente. Una conducta condicionada por intereses o temor a disentir anula la autenticidad de la virtud. La sinceridad, la valentía, la independencia, se cultivan, como la honestidad, prefiriendo el riesgo del disenso al ocultamiento en la masividad o la indiferencia. La participación —y esta parece ser una palabra clave en la solución de nuestros problemas— presupone estas virtudes. Si es real. Junto al convencimiento. Y a la universidad toca la capacidad de mostrarlas. Querer enseñar valores es como pretender explicar una canción de Silvio. Los valores se reconocen, se comparten, o se advierte su falta. No es nada que no sepa o no pueda hacer la universidad cubana. Creo que eso es lo que los tiempos reclaman.


 

Luis Carlos Silva Aycaguer

En la historia nacional, ¿qué relación ha existido entre la vida universitaria, la vida cultural, el pensamiento social crítico y la política cubanas?

La naturaleza medular del vínculo entre la vida universitaria y los avatares culturales y sociopolíticos de la nación está fuera de toda duda. Sospecho, ciertamente, que difícilmente se hallará un país donde la simbiosis entre Universidad y Sociedad —no exenta de contradicciones, debates y confluencias propias de cada sitio— no se haya desplegado de manera fecunda. Sin embargo, el caso de Cuba, desde mi particular vivencia, tiene una singularidad, acaso no presente en muchas otras latitudes: a partir de los años 60 del siglo pasado, la universidad albergó y formó alumnos de todos los estratos sociales. No dispongo de un análisis estadístico serio que examine la composición del alumnado (y más tarde del profesorado) según extracción social, etnia, credos, género y rasgos culturales, pero puedo testimoniar que tanto en las carreras humanísticas como en las científicas, estuvo presente el rico crisol que caracteriza a la cubanía. En la medida en que los egresados se fueron volcando en la práctica social y política del país, la nación se vio crecientemente enriquecida por esa savia plural, consiguiendo así lo que la propia palabra “universidad” entraña: la asimilación de lo universal en su sentido más abarcador.

Ahora, mirando al escenario cubano actual y los desafíos de futuro (científicos, culturales y políticos) que plantea para el espacio universitario, ¿cuáles son las virtudes y problemas de la universidad cubana de hoy?, ¿cuáles son sus propias esperanzas en la universidad cubana para el futuro inmediato?

Las acechanzas que se ciernen sobre el proyecto humanista y de justicia de nuestra sociedad han cambiado su centro de gravedad. Han pasado de ser un conflicto frontal con los Estados Unidos y sus aliados europeos empeñados en el asedio a la Revolución, a una confrontación ideológica y política con dichas fuerzas. Es cierto que ni el acorralamiento económico ha cesado al día de hoy, ni la confrontación ideológica es nueva, pero el peso relativo de esos polos se ha visto modificado, en parte debido a la globalización y la interconectividad en que inexorablemente nos movemos, y en parte a la comprensión por parte de aquellas fuerzas de que el acoso es estéril a los efectos de sus propósitos estratégicos. Sus designios no han dejado de ser la reconducción del destino de la nación según sus intereses, aunque ahora se reinventan con la esperanza de socavar cualquier vestigio de lo que ya se ha avanzado. Es por ello imperativo que la universidad opere inteligentemente en este complejo escenario erizado de novedosos desafíos. Si bien la sociedad toda debe accionar de manera tal que cualquier ciudadano se involucre en el aprovechamiento de sus potencialidades para mejorar el destino de todos, a la universidad corresponde gravitar, hoy más que nunca, de acuerdo con el perfil histórico que mencioné con motivo de la primera pregunta.

Los intentos de aborregar a profesores y estudiantes universitarios han discurrido con intensidad variable y éxito cambiante en una u otra época de la centenaria existencia de la institución que los cobija. Ante problemas acuciantes que esperan por soluciones creativas, es hora de respetar, defender y promover todas las voces que anhelen expresar sus propias visiones acerca de cómo preservar nuestra herencia martiana y consolidar nuestro futuro socialista. Si el propio Fidel admitió su error de haber pensado que alguien sabía cómo construir el socialismo, ¿con qué derecho podemos acallar las voces que quieren realizar aportes para conseguirlo?

La precariedad digital que atraviesa a toda la sociedad, el funcionamiento ritual de muchas sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, la confusión de que unidad equivale a unanimidad, la patética y estéril convicción de que cortar los hilos telefónicos es útil para no enterarnos de los problemas que nos aquejan, y la galopante descapitalización de nuestros talentos, son algunos de los problemas que la universidad ha de tomar por las astas sin demora.

Hemos sido educados en la reflexión científica y racional; suplirlo por un pensamiento rígido y encasillado es lo que menos necesitamos. Personalmente, deposito grandes esperanzas en que cualquier esfuerzo de ese tipo sea extirpado de la vida universitaria; no solo porque los disensos, las nuevas ideas, las sensibilidades diferentes —como la ley de gravedad— perviven más allá de nuestra voluntad y es, por tanto, necio negar que existen, sino también y sobre todo porque nuestra Cuba soberana y socialista no merece padecer obstáculos adicionales a los que sus enemigos establecen. Sinceramente, creo estar interpretando la convocatoria del general Raúl Castro varias veces expresada en años recientes. Nada hay más peligroso que dar un cheque en blanco a presuntos dueños de la verdad y olvidar que “dar libertad solo a los que piensan igual que uno, no es dar libertad genuina a nadie” (Rosa Luxemburgo, RL, dixit). Sería un error demasiado costoso como para permitírnoslo. Cada vez que una izquierda anquilosada se ocupa de aniquilar a la verdadera, la reacción se frota las manos, en la época de RL y en cualquier otra.

La pluralidad de opiniones ha dejado de ser solo algo deseable para conseguir metas —tanto económicas como sociales, científicas y culturales— aún pendientes, sino, simplemente, una realidad que nos circunda, que adopta las más diversas formas y que urge asumir y poner en función del proyecto que nos envuelve y compromete. No podemos ser ingenuos, claro está; pero tampoco vivir en estado de paranoia perpetua, que para algunos es un modus vivendi pero para muchos otros, es mi caso, sería garantía del lento suicidio de nuestros sueños. No deberíamos permitir que a nadie le ocurra lo que a Ignacio Ramonet cuando recientemente comentaba el sistemático silenciamiento mediático de que fue objeto cuando osó elogiar aquello que molestaba al poder. No podemos estar conformes con la inercia que nos divorcia del mundo real; por ello termino citando a Pepe Mujica cuando decía a los profesores universitarios: “Les pedía antes que contagien la mirada curiosa del mundo, que está en el ADN del trabajo intelectual. Y ahora agrando el pedido y les ruego que contagien inconformismo. Estoy convencido que este país necesita una nueva epidemia de inconformismo como la que los intelectuales generaron décadas atrás. Y eso también es cultural, eso también se irradia desde el centro intelectual de la sociedad a su periferia".


 

José Ramón Vidal

En la historia nacional, ¿qué relación ha existido entre la vida universitaria, la vida cultural, el pensamiento social crítico y la política cubanas?

 Desde los albores mismos de nuestra nacionalidad los espacios académicos fueron fuentes nutricias de nuestra cultura y nuestra política, desde la peculiar manera que tiene la producción científica de hacerlo, es decir, identificando problemas, partiendo del análisis de la realidad y desde allí, imaginar y fundamentar nuevos mundos posibles (en el conocimiento de la naturaleza y en lo social). En el siglo XIX, el seminario de San Carlos y San Ambrosio desempeñó un papel muy importante en el surgimiento de un discurso que sustentaba las ideas independentistas y las bases éticas de la república que emergería de esa independencia.

Ya en la república, la Universidad de La Habana fue no solo un centro de producción de ideas, de conocimientos y de profesionales que enriquecerían a la nación, sino también un espacio de luchas por las transformaciones sociales. Momentos cumbres de ese papel de la universidad fueron los años 20 y los 30, En ese periodo se constituyó la FEU, la Universidad Popular José Martí y se aportó un caudal impetuoso que sumado a otros desencadenó la Revolución del 30. Otro momento culminante lo constituyó la lucha contra la dictadura de Batista, que tuvo en el asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957, el acto más audaz y heroico, que costó la vida de muchos universitarios.

El triunfo del Primero de Enero renovó las formas y vías de la participación de los universitarios a la vida nacional y fortaleció a la institución con la Reforma universitaria de 1960. En las décadas posteriores, centros de nivel superior se multiplicaron y diseminaron por todo el país. Un enorme contingente de profesionales, formados en las aulas universitarias, constituye hoy uno de los recursos esenciales de la nación en su necesario desarrollo económico, social y cívico. Recurso que debemos proteger mucho más eficazmente porque la emigración de jóvenes talentos lo está erosionando.

Este legado de las universidades cubanas no se logró desde la reproducción de ideas, sino desde la creación y la audacia, basadas en un pensamiento crítico y en una voluntad continua de cambio y mejoramiento social indispensable para no hipotecar el futuro y plantearnos siempre, como nación, nuevas metas de bienestar y justicia social.

Ahora, mirando al escenario cubano actual y los desafíos de futuro (científicos, culturales y políticos) que plantea para el espacio universitario, ¿cuáles son las virtudes y problemas de la universidad cubana de hoy?, ¿cuáles son sus propias esperanzas en la universidad cubana para el futuro inmediato?

La universidad cubana tiene hoy un acumulado de tradiciones y recursos humanos altamente calificados que, desde mi punto de vista, son sus fortalezas principales. Desde estas, tiene mucho que aportar ante los desafíos y retos que, en todos los órdenes, tendrá nuestra nación en las décadas próximas.

Por supuesto, también hay problemas. Desde los atrasos tecnológicos, que comparte con todos los sectores del país, hasta la renovación en las maneras de afrontar la creación científica y tecnológica para que esta sea un factor directo en el desarrollo sostenible en lo económico, en lo ecológico y en lo ético y político, que Cuba aspira, merece y necesita.

Las aspiraciones de tener un país libre, soberano, justo y democrático, que son inherentes a nuestra historia y que se han trasladado de generación en generación, están intactas, aunque desde luego siempre a partir de lo alcanzado por las generaciones precedentes. Las actuales generaciones de cubanos y cubanas tienen ante sí desafíos y retos que no son menores que los de sus antecesores. Ellos son parte de un mundo más complejo, lleno de incertidumbres y peligros pero también de oportunidades.

Las universidades tienen mucho que aportar, pero solo podrán hacerlo si asumen los retos científicos y tecnológicos, económicos o comunicacionales y, ante todo, los que desafían a la condición humana. Al respecto he expresado en otro momento:

“Los cambios producidos a escala mundial tienen un gran componente de ciencia y tecnología, pero no se agotan en estas esferas. Se trata de generar una cultura de aprendizaje y de empleo de lo aprendido. Ese aprendizaje no puede ser mimético, sino crítico, e implica conocer en toda su diversidad y complejidad los cambios en curso y lo que significan en cuanto a la valorización de cada uno de nosotros como seres humanos. No debemos entender la época que nos ha tocado vivir como la preeminencia de lo tecnológico sino como el crecimiento de lo humano. El gran reto es qué tipo de ser humano brotará de los cambios en curso. Este crecimiento de lo humano implica una profunda transformación de los procesos de socialización. Los sistemas educativos están retados a transitar definitivamente de la reproducción a la creación de capacidades para aprender críticamente y para aplicar lo aprendido de forma innovadora y contextualizada”.[1]

Entonces lo que espero es que nuestras universidades afronten los desafíos con esta perspectiva humanista, de pensamiento crítico, despojada de cualquier dogmatismo que ahogue la creación y el pensamiento innovador. Una universidad con espacios de reflexión profunda y comprometida con el proyecto de nación que debe irse reconstituyendo permanentemente según avancemos y según se vayan transformando los propios desafíos que hemos de vencer.

 

[1]Intervención en el XIII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación. México, octubre de 2016.

 


Julio Antonio Fernández Estrada 

En la historia nacional, ¿qué relación ha existido entre la vida universitaria, la vida cultural, el pensamiento social crítico y la política cubanas?

Las universidades siempre han sido fuente de nuevas ideas. Han afincado valores, principios y poderes, pero también han movilizado el cambio y las revoluciones. De las universidades han salido las marchas y los conceptos que han sustentado grandes cambios sociales desde el medioevo hasta la actualidad.

Las universidades cubanas no han sido la excepción. En La Habana, desde 1728, y después en el siglo XX con la mayoría de las otras casas de estudios que hoy tenemos, se ha preparado a jóvenes —hoy más mujeres que hombres— para levantar, soportar y dirigir un país.

Si usamos el ejemplo de la Universidad de La Habana, que comenzó Pontificia, fue Autónoma y todavía es la más importante Alma Mater de Cuba, con casi tres siglos de vida, podemos decir que en ella la cultura nacional tiene una de sus expresiones más altas.

La Universidad en su enclave de La Habana intramuros formó patriotas, emuló en calidad con los seminarios de San Carlos y San Ambrosio y San Basilio el Magno y sobre todo fue el horno donde se coció parte de la Revolución del 30 y la de los 50 en Cuba.

Grandes pensadoras y pensadores cubanos han sido, antes que nada, profesores de la Universidad. Algunos de los jóvenes más limpios de Cuba murieron mientras luchaban desde y con la Universidad y sus estudiantes.

No podemos olvidar que la Universidad de La Habana tiene una organización política más vieja que el propio Estado actual, que es la FEU. Tiene la UH una revista estudiantil antiquísima, una de las más viejas publicaciones académicas de América Latina.

La UH tiene además la protección de Varela, de Poey, de Mella, de Trejo, de José Antonio, y el recuerdo de cuando Fidel gobernaba, junto a docentes y estudiantes, desde la Plaza Cadenas.

Ahora, mirando al escenario cubano actual y los desafíos de futuro (científicos, culturales y políticos) que plantea para el espacio universitario, ¿cuáles son las virtudes y problemas de la universidad cubana de hoy?, ¿cuáles son sus propias esperanzas en la universidad cubana para el futuro inmediato?

Las virtudes mayores que se encuentran en cualquier universidad del mundo están en sus estudiantes, que son su fuerza renovadora, si se lo proponen. En Cuba, los estudiantes tienen una referencia muy fuerte en la historia universitaria, que es, en gran medida, la historia de la Revolución.

Los jóvenes, hombres y mujeres de las universidades cubanas, están guiados por una tradición que es difícil abandonar, pero que necesita ser alimentada con valentía y decencia. Ellos deben mirar con atención y afán transformador los problemas actuales de la sociedad cubana y no solo observarlos desde los muros privilegiados de los altos estudios.

Una gran virtud que tiene la universidad cubana es el derecho a acceder a ella sin pagar un centavo, es la libertad que tienen los jóvenes cubanos de ser universitarios sin ser ricos, ni de una clase social determinada, además del derecho a usar libros que se tienen por generaciones anteriores de alumnos, lo que es una lección de cómo formar valores de solidaridad y respeto por la naturaleza y el resto de los seres humanos, sin tener que hacer uso de consignas estridentes.

Uno de los desafíos mayores que tiene la universidad del presente es preservar el derecho a estudiar en ella a personas de diferente estrato social y no solo a hijos de intelectuales, la gran mayoría de ellos de piel blanca, como sucede hoy, aun cuando el Estado no se lo ha propuesto.

Otro gran desafío de las universidades de hoy en Cuba es superar la mediocridad, el oportunismo, el burocratismo, y el miedo a la política. Solo la política que propicie el diálogo, la discusión y la confrontación de ideas podrá salvar el ideario socialista en Cuba. La universidad será uno de los escenarios más importantes de la lucha a favor y en contra del socialismo democrático en los próximos años.

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