Puerto Rico y su cordero

“Cuba ñáñigo y bachata;
Haití vodú y calabaza;
Puerto Rico, burundanga”
                  Luis Palés Matos
                  "Canción festiva para ser llorada"

 

Dicen que en septiembre del 2015 Puerto Rico se desplomó irreparablemente con dos huracanes, aunque también señalan que el desastre fue un llover sobre mojado.  Que cayó encima de la serruchada de piso del 2006 por EEUU con la remoción unilateral de su exención tributaria a inversionistas en la isla; que cayó sobre la crisis financiera universal de 2008 que barrió con el mercado de valores en general y en  particular con los debilitados bonos boricuas; y que culminó en 2014 con la humillación paternalista por Washington cuando le arrebató las riendas financieras al gobierno criollo tras de declararlo incompetente. Que lo que queda de Puerto Rico es un retazo.  Que difícilmente se levanta.  Que anda en cuclillas—eñangotao dice su gente—dando patadas de ahogado económico y político mientras pretende simular normalidad con deportes y farándula. 

Ofrezco otra interpretación de los hechos y sus secuelas.  Primero, que el desastre empezó a fraguarse mucho antes y que—como muerte  anunciada—se veía venir aún durante los años de vacas gordas y de la “vitrina de la democracia” .  Segundo, que prefiero ver esto como una oportunidad de destrucción creativa a la Schumpeter[1], es decir de hacer “borrón y cuenta nueva”. Porque el culpable de fondo de todo esto no es el barullo externo que Puerto Rico no controla;  es la tolerancia boricua por su propia incomodidad, es el ay bendito que lo justifica todo, es la impotencia aprendida, es el cordero acostado del escudo nacional que nos dejaron los españoles. 

Porque esta vaina empezó mal desde el arranque y lo mejor es esperar que se deshaga y comenzar de nuevo, que toque fondo y ver qué hacer con los pedazos. Ya está huyendo quien puede en un colapso en espiral demográfica y económica que se autoalimenta semejante a Irlanda post 1850.  Los costos serán altos, y quedará todo en manos de una generación nueva que no fue ni culpable ni beneficiaria de la nefasta fiesta de los millones y que habrá decidido quedarse. Veamos.

El piso económico de Puerto Rico, nunca muy firme, empezó a resquebrajarse en 1902 cuando el gobierno militar americano tras la invasión de 1898 entregó el poder a los cangrimanes[2] azucareros.  De una modesta economía provincial española básicamente campesina, de golpe se globalizó en una de monocultivo y monoempleo y se convirtió en Porto Rico americano, segundo suplidor de azúcar al mundo. Todo bajo cuotas que protegían la producción de firmas norteamericanas en Cuba y Puerto Rico de la competencia, garantizándoles mercado y ganancias astronómicas.

Se abrió además la isla a la importación de manufacturas y alimentos de primera necesidad que acabaron con la embrionaria producción criolla. El incipiente empresariado local quebró al perder así sus mercados locales y de exportación y se convirtió en empleado o agente de los nuevos propietarios. Mientras el campesinado montuno, desprovisto de tierras y mercados, migró a las costas convertido en jornalero, pagado con vales de la tienda de la firma azucarera. En fin, que tanto ricos como pobres se hicieron más dependientes y perdieron la poca capacidad de autogestión que tuvieran. 

En Borinquen, que no se autogobernaba desde tiempos taínos, EEUU eliminó de un plumazo el poco progreso autogestionario ganado tras cuatro siglos con España. El golpe de gracia lo asestó la derogación de la Carta Autonómica de 1897, la que autonomistas en Puerto Rico habían aceptado de España mientras sus patriotas se batían en Cuba por la independencia antillana.  Sin poder de gestión pública y sin espacio emprendedor, ni comercial ni campesino, Puerto Rico se convirtió en finca privada del coloso azucarero quedando, según describió el economista Perloff en los años 30s, como el “asilo de pobres del Caribe”.

Maniatados en lo económico, la autogestión cívica fue además sofocada por ley de mordaza y prohibición de símbolos patrios (aún la azucarada versión del himno nacional que habla del “jardín florido de mágico primor” fue amordazada).  En fin que quienes hablaban, decidían, producían el pastel y se servían primero eran los de afuera. Los boricuas no habían aprendido a gobernarse con los españoles y menos aprenderían ahora.  Con agridulce ironía el antiguo escudo español con sus oropeles y borlas se retuvo para representar oficialmente al nuevo engendro colonial.  El cordero seguiría plácidamente echado sobre un libro de reglas traídas por otros. “Te llamas Juan”, decía no más en latín, implicando, “tú, tranquilo”.

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Para los 1940s, tras un par de huracanes y la Gran Depresión mundial, el azúcar industrial perdía terreno en los mercados mundiales y Puerto Rico lo pagó con masivo desempleo y emigración del campo.  Las guerras mundiales y la de Corea ofrecieron el servicio militar como alternativa laboral y se enraizó más el hábito de saludar otra bandera y seguir órdenes.  Hasta Daniel Santos cantaba: “te metistes a soldao y ahora tienes que aprender...”.

En medio de todo vale recalcar la acción política nacionalista, que a pesar de la miseria económica y la inercia cívica de la primera mitad del siglo XX fue la afirmación autogestora más dinámica.  Huelga decir que fue sofocada sin compasión, machacando—con honrosas excepciones—la  renuencia boricua histórica a abrir la boca con ideas propias.  Cooptados, los independentistas más blandos se volvieron colaboradores y Albizu Campos se pudrió en la cárcel.

Y regresemos a la ovejuna pasividad cívica y a Schumpeter. El colapso de Puerto Rico ocurrió porque su infraestructura ciudadana y económica estaba construida sin raíces ni cimientos e inflada con una ilusión de prosperidad prestada que, cual como globo de feria, requería bombeo constante para mantenerlo inflado.  Desde hace más de medio siglo se le sabía insostenible y una ciudadanía activa pudiera haber constatado que el progreso material era un castillo en el aire y que la cuenta del festín se la pasarían eventualmente.  Pero el cordero, saciado en la continuidad de que un pastor con conexiones lo protegía, seguía acostado.

El éxodo del país, que en los años 1950s llevó a la mitad de su gente a buscar fortuna en otras partes, aminoraba por ciclos según surgían nuevas crisis y se atraía nueva inversión extranjera paliativa con nuevos incentivos.  Así el nivel material de vida siguió en aumento. Como flor ofreciéndose a ser polinada, endulzaba el atractivo con una tarjeta de crédito aparentemente ilimitada. 

Hasta que dejó de serlo.  En 2006 el estirado de la sábana no dio más, se salieron los pies por debajo y nos pasaron la factura. El fisco norteamericano cayó en cuenta que por años había estado subsidiando inversionistas permitiéndoles repatriar de Puerto Rico ganancias exoneradas de impuestos ...y cerraron el grifo.  Detuvieron el bombeo del globo y aceleraron el caos. El cordero nada hizo; confiado de un rescate protector, siguió acostado.

En 2008 colapsó el sobrextendido sistema financiero internacional, llevándose de por medio instituciones creidas confiables y provocando crisis bancaria e hipotecaria en Puerto Rico.  El éxodo emigrante se agudizó para 2014 con funestas implicaciones de sobreoferta en el inflado mercado de bienes raíces.  El gobierno criollo se declaró incapaz de pagar sus deudas a inversionistas.  Alertado, el Congreso en Washington retomó las riendas y asumió poder sobre su pupilo disoluto creando una Junta de Control Fiscal.  Le quitó la tarjeta de crédito y las llaves del carro.  Cunde el pánico entre acreedores y circulan buitres financieros comprando deuda a descuento para reventa.

Y entre el torbellino en 2017 pasan como aplanadora dos huracanes que se estima provocaron unas 5000 muertes y destruyeron la infraestrucura social y física.  El presidente Trump, de la metrópolis encargada de proteger  Puerto Rico, lo visitó y afirmó que está todo bajo control porque esta no fue una “emergencia seria”.  Subrayó su empatía arrojando rollos de papel toalla a un grupo de acólitos preseleccionados de uno de los barrios más acomodados de San Juan.   Su mensaje subliminal: ustedes no son problema mío. Ahora quedó claro: esta vez nadie nos salva. En Puerto Rico aprieta el estrés y el aeropuerto se llena de gente saliendo.  Se presentan planes salvadores en los que nadie cree.

Este pueblo dependiente no sabe de quién depender.  Como liebre encandilada por una linterna, lo paraliza la incertidumbre de la inacción. Para el que no sabe actuar, la única opción es huir.  Y se van; los más son gente joven con posibilidades de empleo en el exterior. El éxodo de destrezas implica también el éxodo de familias y de escolares.  La contracción económica y demográfica acompañará la del sistema educativo; se cerrarán y consolidarán escuelas y universidades, reforzando el espiral en picada. Esto seguirá, hasta que toque fondo.

Pero irán quedando algunos y regresando otros; poco a poco irán recogiendo escombros e inventando nuevas cosas.  Por su cuenta y sin ayuda.  Sin importarles el cordero, que ya no siendo emblema requerirá otro uso.  Asado sabe a lechón.

 

 

[1] Ver: J.Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy,  1942.

[2] Criollismo probablemente derivado de “Congressman” y referido a funcionario extranjero importante.

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