La nostalgia del imperio: viajes en el tiempo a Cuba

¡Qué tremendamente inverosímil! ¿Cómo es posible que automóviles estadounidenses de los años 40 y 50 hayan sido resucitados del cubo de la basura de la obsolescencia planificada para servir como representación iconográfica de Cuba? Si usted piensa en Cuba, piensa en autos viejos, dijo un comentarista. El consenso es impresionante: Cuba se ha convertido en sinónimo de sus autos clásicos; cuando la gente alrededor del mundo piensa en Cuba, ellos románticamente se imaginan un auto de los 50. Realmente inverosímil. Viejos autos estadounidenses como razón para viajar a Cuba: Cuba como el destino, los viejos autos como la atracción.

Nicole Bonaccorso, quien escribe sobre viajes, tuvo mucha razón al señalar que “una de las atracciones turísticas más populares de Cuba son los automóviles clásicos que llenan las calles”. La idea de Cuba y la imagen del automóvil antiguo parecen haberse vuelto intercambiables e inseparables —el viejo automóvil “personifica la cultura de un país. Los autos se han convertido en parte de la identidad de Cuba. Los autos clásicos son parte de la geografía psíquica de Cuba”.  Michael Wald afirmó: “Los automóviles antiguos aportan al encanto de lo que aparte de eso es una isla-nación empobrecida y económicamente deprimida”. Cuba sin los autos antiguos “luciría como cualquier otro lugar”, afirmó CNN ello equivaldría a una “catástrofe total para el turismo”predijo Nigel Hunt.   

Estos automóviles ocupan un lugar fijo en el imaginario de viajes estadounidenses. Fotografías de automóviles antiguos dominan las portadas de las guías de turismo de Cuba, llenan las páginas de los folletos de viajes a Cuba. Los libros y artículos sobre estos autos  han alcanzado plenamente el estatus de un verdadero género literario. Innumerables almanaques de pared con autos de Cuba son publicados anualmente, y la producción de carteles con automóviles antiguos se ha convertido en una especie de industria artesanal. Los autos antiguos han servido de telón de fondo obligado para celebridades estadounidenses que han visitado Cuba: Beyoncé y Jay Z, Madonna, Conan O’Brien, Paris Hilton, Katy Perry, y los Kardashians les han atraído y se han fotografiados en ellos. La canción de Jackson Browne Going Down to Cuba [Viajando a Cuba] se anima con esos carros. Los autos de Cuba han llegado a la televisión estadounidense a través del reality: American Chrome del canal Discovery, producida en Cuba y dedicada a la exploración de la fascinante madeja del tiempo que caracteriza a la cultura cubana de automóviles. En abril de 2017 YouTube ofreció un documental especial titulado The Cars of Cuba; en un mes el programa de 30 minutos tuvo casi un millón de visitas.

La Classic Car Tour Agency ofrece una variedad de formas creativas de celebrar bodas, cumpleaños y aniversarios con los autos antiguos: “Creamos la oferta de acuerdo con sus necesidades. Para hacer esto tenemos a nuestra disposición una variada flotilla de autos clásicos, mayormente de los 50”. La agencia Dream Tour Cuba ofrece un paquete especial de un día de excursión en autos clásicos de Cuba.

 “Conducir un auto clásico de los 50 es la máxima experiencia cubana”, que es ofrecida como un asunto de transporte. Pero es mucho más complicado que ir a la playa...: implica menos un vehículo especial que una experiencia temporal, ya que inscrita en la promesa de los autos antiguos está la premisa del viaje en el tiempo. “Más de 50 años de aislamiento del mundo han obligado a la ciudad a parecer congelada en el tiempo”, explica Classic American Car Tour.  

Después de sesenta años, los estadounidenses han regresado a Cuba. La reanudación de relaciones diplomáticas entre los EE. UU. y Cuba anunciada en diciembre de 2014 fue seguida de una oleada de ellos, no vista desde los años 50 —unos 300 000 en 2016, reportó el Ministerio de Turismo cubano en 2017. Para muchos, la experiencia de Cuba ha producido paroxismos de nostalgia. En verdad un desarrollo raro: una afinidad sentimental por un lugar nunca antes visitado.¿Usted conoce esa sensación prolongada déjà vu que hace a uno sentirse como si de alguna manera hubiera interactuado con algo o hubiera ido a un lugar, y sin embargo usted sabe que no existe la posibilidad de que uno haya estado antes allí?”, se extasiaba un viajero embelesado al llegar a La Habana. “Eso es algo que hace a un lugar como Cuba especial para el viajero en busca de nostalgia”.

La experiencia de Cuba como una sensación de déjà vu presenta una proposición que llama la atención: explicar la sensación de familiaridad melancólica con un lugar no relacionado con el recuerdo mismo. Cuba penetró en la imaginación estadounidense con posterioridad a diciembre de 2014 como un país congelado en el tiempo, contenido dentro de sí mismo: dentro del pasado y suspendido fuera del mundo, sobrepasado por el tiempo y dejado atrás  por el progreso. Cuba fue descrita de diversas maneras: una “cápsula de tiempo bien conservada; atrapada en el tiempo; una cultura donde el tiempo se paralizó. Entonces por qué no hacerle una visita a la bella isla-nación, un país que ha estado virtualmente en animación suspendida durante los últimos 50 años”.

  Los viajes en el tiempo se han desarrollado como el principal motivo de representación de la experiencia de Cuba: ser elevado y transportado al pasado, no exactamente en la máquina del tiempo de H.G. Welles, pero casi: Cuba un país de viajes en el tiempo, donde los visitantes se imaginan a sí mismos como “viajeros en el tiempo o del tiempo. Sentí que era transportado, no a otra parte del mundo, sino a otra era”, contó un viajero.

Viajar en el tiempo no es una excursión ocasional al pasado; sin embargo, retroceder en el tiempo  se asocia a un destino temporal específico: a la década del 50, que muchos estadounidenses recuerdan con un cariño confuso, recuerdos que se amplían fácilmente hasta convertirse en un éxtasis de nostalgia a gran escala. Visitar Cuba es abordar “una máquina del tiempo con la esfera fija en la década del 50”, anunciaba Cuba Explore Tour. Viajar a la Isla ha asumido la forma de turismo de nostalgia. Los estadounidenses atrapados por una ola de nostalgia por La Habana de esa época. 

El fenómeno de la melancolía nostálgica estadounidense por Cuba se comprende mejor como una condición asociada con la explicación original de nostalgia del siglo XVIII: como una patología, una experiencia afectivo-cognitiva en forma de un anhelo inconsolable por un pasado distante y un lugar desaparecido. En realidad, no es Cuba la que está atrapada en el tiempo, sino más bien el conocimiento de Cuba por parte de los estadounidenses el que está congelado en una era desaparecida: un recuerdo cultural condicionado históricamente, provocado por tropos del imperio de mediados del siglo XX. Es la nostalgia estadounidense la que está fuera de tiempo. Desde luego, la lógica discursiva de imperio posee una historia propia, que evolucionó como una ideología orgánica, como garantía para la presencia privilegiada de estos ciudadanos en Cuba, adaptándose a lo largo del tiempo, según fue necesario, a las circunstancias históricas cambiantes hasta que fue rebasada por las contradicciones de su propia factura y no pudo seguir adaptándose en 1959, a raíz de lo cual se congeló.

Los estadounidenses regresan a Cuba con una suposición de familiaridad, principalmente en forma de viejos conocimientos con antecedentes profundos en las etnografías coloniales del siglo XIX. Cuba de nuevo pasa bajo la mirada colonial como “la Otra” tropical: descrita de formas diversas: “un paraíso tropical misterioso, Isla sensual salvaje. La Habana que sueñan los turistas estadounidenses”.

El conocimiento de Cuba vive en las huellas remanentes del recuerdo neocolonial —un país, según describió, tan temprano como 1928, el escritor de viajes Basil Woon “tan completamente exótico que [los estadounidenses] pueden ser tan superiores como quieran.[1] La memoria colectiva la recuerda como existió durante los días felices del imperio, no como una cuestión teórica sino como una realidad corporeizada, experiencias y encuentros de los cuales los estadounidenses reúnen su conocimiento de Cuba. La nostalgia de viajar en el tiempo no carece de un punto de vista, o mejor dicho, de una política, y nunca tanto como cuando el privilegio es asumido distraídamente como normal: Cuba como un cabaret y casino, buen puerto libre, lugar para escapar y para escapadas, ello entendido por los estadounidenses como licencia para la complacencia y el derecho, una oportunidad para el exceso y el abandono, de glamour y ostentación, disfrutados tanto como la prerrogativa de un imperio, una época en que ellos habían mandado en el lugar, antes de que Fidel Castro llegara y estropeara todo –y la vida pareció haberse detenido.

La plausibilidad de viajar en el tiempo implica susceptibilidad al autoengaño y la autocomplacencia, representados, desde luego, como realización de un mito autoservidor, para empujar hacia atrás el tiempo histórico hasta cuando los estadounidenses disfrutaron una presencia indisputada, de regreso al punto en que la ignorancia asumió la forma de inocencia, y a partir de ahí se transformó en el recuerdo espurio por el cual se recuerda a Cuba. El conocimiento estadounidense sobre Cuba se basa en su totalidad en la experiencia turística de los 50: un turismo ordinario y vulgar dedicado principalmente al vicio comercializado, supervisado por sindicatos del crimen organizado, una época a la que Andrei Codrescu se refirió como “el apogeo del buen vivir estadounidense en Cuba, cuando el país completo era una amante barata y generosa”.[2] El recuerdo recibido es glaseado por una velada nebulosidad, que sirve para filtrar algunas de las facetas más notorias de la presencia estadounidense en Cuba durante esa década, ignorando también que fue precisamente esta presencia la que contribuyó a las condiciones que produjeron la Revolución cubana.

Regresan a Cuba 60 años después trayendo recuerdos nostálgicos con el deseo de experimentar ese pasado recordado —visitar los “famosos centros nocturnos y hoteles de la época divertida [de La Habana], justamente previa a la Revolución y visitar Cuba impregnados del encanto de los 50”. Los estadounidenses se imaginan que “aún es posible viajar atrás en el tiempo y sentirse como una diva de Hollywood de los años 50 en el enorme asiento trasero de un Cadillac, un Buick o un Studebaker”.

Un momento James Dean, se regocijó un bloguero al describir su paseo por el Malecón en un viejo convertible, empapándome del momento, como era 50 años atrás –EXACTAMENTE lo que esperé que sería Cuba” (énfasis mío). [3] 

Esto es el imperio como folklore, para  mirar atrás a una época/un lugar en que gángsters y artistas de cine fueron atracciones turísticas en Cuba. Sus fantasmas lo continúan siendo, al igual que los viejos automóviles: los estadounidenses visitándose a sí mismos en Cuba. Es más que una mirada: es mirar boquiabiertos al pasado como si había-una-vez-en-que-Cuba-era-tan-estupenda. La nostalgia ofrece una forma de confrontar la historia como experiencia propia, de reclamar la historia que está siendo contada. La reapertura del renovado Hotel Capri construido en 1957 fue celebrada como una importante adición al ambiente de mediados del siglo XX, para recrear los días en que el actor George Raft era el anfitrión del casino de juego operado por el gánster Santo Traficante. Los huéspedes que se alojaron en el Hotel Nacional estaban casi mareados  por su experiencia, y comentaron en un blog del Hotel: “Es fácil ver cómo las estrellas y gánster de los 50 se divertían aquí; al igual que el país, es como retroceder 50 años, casi era posible imaginar a Frank Sinatra y Ava Gardner caminando por el lobby; ¡me encantaron los años 50!” A lo cual Antonio Martínez Rodríguez, director general del Hotel Nacional, respondió: “Gracias por compartir su opinión sobre el Hotel Nacional de Cuba… Le invitamos a regresar a los años 50”.

Para muchos estadounidenses de la generación nacida en los 60, cuando el boom de la natalidad, que ahora envejece, la experiencia de Cuba pone al descubierto encuentros existenciales con la década del 50, el temor a la nostalgia por un pasado lejano recordado con cariño y asociado con la inocencia de la adolescencia, una época feliz no perturbada por la historia. Esta es la nostalgia de la última generación que vivió dentro de la pax americana como orden natural de las cosas, escasamente percibido en aquella época, excepto como una confirmación de que todo estaba bien en el mundo: solo formaba parte de cómo eran las cosas. Cuba congelada en el tiempo sirve como especie de reemplazo subrogado del pasado estadounidense perdido: “Cuba le recordará un tiempo más simple que es un recuerdo distante de la cultura estadounidense”. Emma Lelliott reflexionó que “los vacacionistas sienten que han penetrado  a través de una madeja de tiempo hacia esa época quizás más inocente en que los estadounidenses […] conducían automóviles relucientes, con ruedas centelleantes, de colores brillantes con aletas y defensas niqueladas”.

En los estadounidenses (los demasiado jóvenes para sentir una nostalgia personal de esa época) Cuba evoca una falsa nostalgia apoyada en productos culturales populares, principalmente películas de Hollywood acerca de esos años. Cuba se insinúa fácilmente en la imaginación cinematográfica estadounidense: Cuando paseamos por estas calles [de La Habana], comentaban asombrados los miembros de International Expeditions, es como estar en un set cinematográfico. Un caso en el que la vida imita al arte: “viajando a través de Cuba hoy en día, usted podría creer fácilmente que está viviendo en una película de los años 50”.

En este sentido los automóviles antiguos despiertan emociones poderosas y sirven como forma cautivadora de comercialización para una AMERICAN DEMOGRAPHIC. Estos resuenan como fuente de recuerdos melancólicos de los niños nacidos cuando el boom de la natalidad de los años 60 (baby boomer), asociados con alcanzar la mayoría de edad: recuerdos de cines en parqueos al aire libre (drive-in), de acariciarse en el asiento trasero, de la alegría de poseer su primer automóvil. “Cada día era un show de automóviles clásicos, blogueó Rich Manzini, y cada noche como un ‘crucero nocturno’ a un drive in de la era de los 50”. Esta es Cuba como catarsis, los automóviles antiguos como un encuentro emocional.                                                                                                 

El paradigma de los viajes en el tiempo sirve para exaltar circunstancias de inmutabilidad como una condición deseable, de un pueblo no corrompido por el azote de las cadenas de tiendas, restaurantes de comida rápida y centros comerciales, no contaminado por las fuerzas del mercado global para ser preservada, para satisfacer los anhelos nostálgicos estadounidenses de un pasado idealizado. Espero que Cuba nunca cambie…, se  preocupaba la actriz Tracie Lee Hawkins. La arrogancia de la nostalgia llama la atención… “Imagine una nación que aún esté prístina e inocente – donde no existan grandes centros comerciales, vallas publicitarias, anuncios lumínicos, McDonald y Starbuck”, elogia un turoperador. (Visitar Cuba antes de la llegada de los McDonald y Starbuck es vivir la época prístina de los Woolworth’s, Nedicks y Howard Johnson.) El encanto de Cuba se inscribe en una condición de inmutabilidad.

Pero la narrativa principal de viajes posterior a diciembre de 2014 implica un mensaje mucho más dañino, ya que la proposición de Cuba como tan única en función de los años 50 sin cambios sirve para fijar la esencia de Cuba como una condición de un orden mundial de mediados del siglo XX. El futuro tan deseado por los cubanos es percibido como una amenaza al pasado tan celebrado por los estadounidenses, quienes con el pretexto de un interés desinteresado se quejan de que el cambio y la transición amenazan la existencia de la Cuba real: El fotógrafo Kevin Slack viajó a la Isla para fotografiarla antes de que Cuba pierda  su inocencia. El cambio destruirá a Cuba. La moraleja está clara: Vea a Cuba mientras aún es Cuba.                                                                               

Desde luego, existe una oscura anomalía en las representaciones por las cuales Cuba complace la nostalgia estadounidense, ya que las condiciones en las que los estadounidenses se vuelven nostálgicos son en realidad manifestaciones de una economía en desorden. Décadas de aplastantes sanciones económicas por los EE.UU. se han combinado con años de mal manejo económico para reducir la economía a una condición de total postración. Esta es Cuba, atascada en circunstancias de implacables dificultades, ofrecida como fuente de disfrute nostálgico y objetos fotogénicos para la mirada del turista; un pueblo viviendo en condiciones materiales empobrecidas cuya grave situación como condición histórica es comercializada como atracción turística. El turismo de nostalgia sirve para convertir la pobreza en fetiche para representar la adversidad económica de muchos para disfrute de unos pocos.

Las modificaciones a las regulaciones de viaje de los EE.UU., anunciadas en junio de 2017, cambian poco la narrativa de los viajes. Por el contrario, el hecho de que solo los grupos organizados de pueblo-a-pueblo sigan siendo la única modalidad autorizada para viajes desde ese destino implica una renovada competencia entre los proveedores de viajes y las agencias turísticas para comercializar a Cuba como una plaza de viajes dentro de la narrativa de los viajes en el tiempo y el sub-texto de visite a Cuba antes de que cambie.

La nostalgia se ha desarrollado como la forma principal a través de la cual los estadounidenses establecen su encuentro con la realidad cubana. Ella les permite ver a través del primer plano de las dificultades crónicas del presente cubano para fijar la vista en el antecedente de los buenos días de antaño. Los 50 —como esos días— es un recuerdo de Cuba exclusivamente estadounidense; la memoria cubana recuerda esos años como una época de dificultades. Uno no puede evitar ponderar el significado de la siguiente descripción de Cuba: “La vida en la Isla se asemeja a una cápsula de tiempo del pasado. Es como un anacronismo de los años 40 y 50, que contribuye a construir un ambiente dulce, nostálgico y cinemático”. Es realmente difícil imaginar qué tenía en mente la revista Wanderlust Travel Magazine cuando afirmó que el presente es un “gran momento para ver a Cuba en toda su gloria.  Hay algo mágico y nostálgico sobre la situación actual de Cuba”. Seguramente pocos cubanos describirían la “situación actual de Cuba como algo mágico y nostálgico”.

También debe mencionarse que el Estado es un colaborador sumiso y cómplice en la empresa de un paradigma turístico de un pueblo congelado en los 50. Un gobierno cubano carente de efectivo y hambriento de créditos presta sus recursos para la restauración de los adornos del pasado pre-revolucionario como fuente fácil de divisas. Resulta en verdad irónico que la decoración del mismo pasado repudiado por la Revolución haya sido restaurada en nombre de ella.

Desde luego, la nostalgia es un fenómeno de la imaginación, pero a menudo con consecuencias reales. La nostalgia añora la coherencia y la continuidad entre el pasado y el presente, ya que las añoranzas asociadas con mirar hacia atrás conducen con bastante facilidad a las que influyen el mirar hacia delante. En algún punto del futuro no demasiado distante, el llamado a un viaje al pasado movido por la nostalgia dejará de operar como instrumento de marketing, después de lo cual la necesidad de satisfacer las expectativas creadas por la nostalgia de una época oscura en la historia cubana bien pudiera tener consecuencias imprevistas e indeseadas.

 

 

[1]   Basil Woon (1928) When It’s Cocktail Time in Cuba. Nueva York, 3-4

[2]   Andrei Codrescu (1998) «Picking the Flowers of the Revolution», New York Times Magazine, 1ero de febrero, 35.

[3] Consulte cubaunbound.com donde se publicita  la Cuba de los 50.

 

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