La llave de las Indias. Una historia de La Habana

En homenaje a los 500 de la ciudad, Catalejo publica un avance de Historia de La Habana, de Rafael Hernández y Dick Cluster, de próxima aparición. Esta obra, versión corregida y aumentada de The History of Havana abarca una historia social, política, económica y cultural de la ciudad, desde la llegada de los europeos hasta noviembre de 2016. 


 

Capítulo 1. La Llave de las Indias

Cuando Cristóbal Colón exploró la costa norte de Cuba en su primer viaje al Nuevo Mundo, pensó que ese territorio era una península extendida desde la tierra firme de China y habitada por los súbditos del Gran Kan. Luego de que sus habitantes lo convencieran –por un tiempo— de que no era así, volvió sobre sus pasos, hacia el oriente, en dirección a la patria. Por lo tanto, perdió su oportunidad de posar la vista sobre el dramático quiebre de la línea costera de Cuba que se convertiría en La Habana; el escarpado acantilado, el estrecho canal, la bahía protegida y la majestuosa costa donde la ciudad más tarde se levantaría. Sin embargo, esa porción de la isla no escapó totalmente a su atención. En una carta a los soberanos españoles que patrocinaron su viaje, les informaba: «Me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente con cola».

¿Con colas? La misiva y los diarios del Almirante están plagados de medias verdades, mentiras, engaños, espejismos y misterios. En su segundo viaje, un jefe indígena le dijo (según el Almirante pudo entenderlo) que Cuba “era una isla sin fin.” Siglos después, sus huesos finalmente arribaron a la fabulosa Avan, para ser sepultados en la nueva catedral de la ciudad, o al menos eso fue lo que todos creyeron, porque ahora parece que pudieron haber sido –por equivocación— los restos de su hermano. Debemos, pues, indicar que, incluso antes de que la ciudad fuese poblada, las sensibilidades foráneas hallaron en ella la materia prima con la que se elaboran las fantasías: lo desconocido, lo exagerado, así como un cierto tufillo diabólico.

Unos veinticinco años después del viaje de Colón, cuando los soldados-colonos finalmente llegaron a la parte occidental de la isla y la conquistaron, todavía la estaban llamando “La Avana” o “La Abana,” nombre que tomaron de una palabra a menudo repetida por los habitantes, y registrada por los españoles como Havaguanex o Habaguanex, que –creyeron ellos— era el nombre de un jefe local. En 1515 ó 1516 fundaron un poblado en la costa sur, en un punto mal escogido, pantanoso, plagado de mosquitos y dotado de una mala bahía. A ese pueblo lo nombraron en honor de San Cristóbal (y quizás también del Almirante), como San Cristóbal de La Habana. La combinación de Habaguanex y San Cristóbal estableció otro precedente. En La Habana, culturas y credos distintos iban siempre a cruzarse y mezclarse.

No obstante, desde el punto de vista geográfico, ya existía un sitio mejor que había atraído la atención: la excelente bahía en la costa norte que Colón no había visto, pero Sebastián de Ocampo sí. Ocampo era un veterano del segundo viaje de Colón, más tarde enviado por la Corona Española para determinar la verdadera configuración de Cuba de una vez por todas. Al circunnavegar esa larga y estrecha extensión de tierra, concluyó que se trataba, en efecto, de una isla. En el transcurso de su circunnavegación, atracó sus dos buques en una bahía que llamó Carenas, donde se detuvo para realizar el proceso llamado “carenar,” o sea, raspar los cascos y recubrirlos de alquitrán o brea naturales, que –según descubriera— brotaba allí abundantemente de las rocas.

Algún tiempo después, el sitio fue visitado por el Padre Bartolomé de las Casas, quien ya había tomado parte en las conquistas de La Hispaniola y el oriente de Cuba como oficial militar, capellán, colono, propietario de tierras y amo de siervos o esclavos indígenas. Los horrores que observara –la población nativa diezmada por masacres, enfermedades y trabajos forzados, cirniendo el lodo de los arroyos locales, en busca de escasas cantidades de oro— quedarían más tarde registrados en su justamente célebre Breve historia de la destrucción de las Indias, así como en las instancias elevadas al Rey con vista a poner fin a la esclavitud de los indios. Sobre la Bahía de Carenas, escribió proféticamente que hay “…pocos [puertos] en España y quizá ni en otras partes del mundo que se le igualen.” De ese modo, predijo el futuro de La Habana. A lo largo de cinco siglos, iba a ser una posición estratégica y un puerto internacional.

Sin embargo, hacerlo posible requería otro ingrediente más. Aventurándose hacia el Nuevo Mundo en busca de una ruta corta en dirección a China y la India, los españoles se toparon, en cambio, con un nuevo continente, con civilizaciones poseedoras de mayor cantidad de plata y oro de lo que jamás hubieran visto. Esas civilizaciones, tal como observara Colón, “…no tienen hierro, ni acero, ni armas,” de modo que un pequeño número de tropas españolas bastaría   El primero que conquistó semejantes riquezas fue Hernán Cortés, un español que abandonó sus estudios de Derecho para convertirse en aventurero militar y, por breve tiempo, vicegobernador de la isla, y más tarde se escabulliría de Santiago de Cuba, en 1519, desafiando las órdenes del gobernador, con once buques a su mando personal. Captó a algunos reclutas adicionales entre los disgustados colonos del San Cristóbal de La Habana original y pronto tocó tierra en Veracruz, para dar comienzo a la conquista de México. Cuando envió al rey un navío lleno de oro azteca, sus emisarios navegaron a lo largo de la costa norte de Cuba y se detuvieron en la Bahía de Carenas o algún sitio cercano para aprovisionarse. Pronto se evidenció que la bahía brindaba un sitio ideal para reunir y aprovisionar las flotas cargadas de tesoros que iban de vuelta a España, y desde donde podían aprovechar la Corriente del Golfo y el Canal de las Bahamas para una veloz travesía a Sevilla.

Mientras tanto, algunos refugiados provenientes del San Cristóbal de La Habana original se establecieron allí. Al principio no eligieron la orilla de la bahía, sino la desembocadura de un río a cuatro kilómetros al occidente, que los habitantes nativos llamaban Casiguaguas y los españoles  La Chorrera. Hoy día, ese punto se encuentra ya dentro de La Habana metropolitana, en la desembocadura del río bautizado por ellos como Almendares. Con posterioridad, sería escenario del bombardeo y desembarco de los invasores británicos en el siglo XVIII, y punto de destino de una línea férrea que conducía a los sitios de baños apartados y vacacionales de El Vedado en el siglo XIX. En el siglo XX, un ministro de Obras Públicas emplearía los frutos de la corrupción para construir allí su enorme mansión, que contaba incluso con leones de bronce y otros de carne y hueso, una propiedad que más adelante iba a ser saqueada por una multitud en vías de celebrar una revolución cubana que estuvo a punto de triunfar cuando Fidel Castro apenas tenía siete años de edad. Ahora esa propiedad es un restaurant y club nocturno, frecuentados por habaneros y turistas, junto al tramo final del malecón de la ciudad, donde se reúnen grupos de jóvenes y parejas de todas las edades. Pero en 1518, el poblado fue apenas algunos bohíos, esas chozas de techo de guano construidos con ramas, pencas de palmas y fango, que los colonos copiaron de los indios taínos nativos, un asentamiento que la mayoría de los españoles pronto abandonaron, una vez más, por nuevas viviendas en la bahía.

No existe registro histórico referido a cuándo se mudaron, o cómo marcaron la tercera fundación de la ciudad, si es que lo hicieron. Pero La Habana moderna considera —como artículo de fe— que fue el día de San Cristóbal del año 1519 cuando esos españoles celebraron aquella tercera y definitiva mudada con una reunión del ayuntamiento seguida de una misa, escenificadas ambas al aire libre bajo la copa de una gigantesca ceiba próxima a la orilla de la bahía. Las raíces de esta leyenda estaban tan profundamente arraigadas, que ya en 1754, cuando murió el árbol pretendidamente histórico, el gobernador Francisco Cagigal de la Vega ordenó que se tallara una columna conmemorativa para colocarla a sus pies. "Detén el paso, caminante,” ordenaba la proclamación que grabó allí en latín, lengua que muy pocos de los residentes de la ciudad podían leer. Conminaba a los futuros peregrinos a imaginarse “…un árbol, una ceiba frondosa, más bien diré signo memorable de la prudencia y antigua religión de la joven ciudad.” Mandó que se plantara un nuevo árbol a partir de un esqueje del antiguo.

La columna sigue estando allí, al borde de la Plaza de Armas de La Habana Vieja, alzándose delante de un pequeño templo neoclásico conmemorativo construido en 1828. Pero es el árbol, y no la columna ni el templo, lo que constituye una hebra de la red de la cultura popular en La Habana. Las ceibas son árboles poderosos en las tradiciones cubanas, que se nutren tanto del legado de África como del de España. Dice el mito que, cuando la Virgen llegó a la palma, ese árbol no quiso apartarse, así que se le condenó a absorber en pleno los rayos del sol. La ceiba, que no cometió el mismo error, fue bendecida con el follaje en expansión que corona su alto tronco, bulboso y similar a la pata de un elefante. Para los africanos traídos a Cuba como esclavos, la ceiba tomó el sitio de una especie de baobab, para convertirse así en la deidad llamada Iroko, el que une el Cielo con la tierra, y morada de muchas deidades más. Cuando se agregaron las tradiciones chinas a la mezcla yoruba-católica, la ceiba también se convirtió en el cuerpo de Sanfán Kon, que ahora se identifica con el oricha Changó y su alter ego, Santa Bárbara. Cada 16 de noviembre, cientos de habaneros vienen a darle vueltas a la ceiba, tres veces, en silencio. En cada vuelta, piden un deseo.

No sabemos lo que deseaban los fundadores, ese pequeño grupo de españoles, todos o casi todos ellos hombres, buscadores de fortuna en las Indias, lejos del hogar. Algo sí sabemos de lo que hicieron. De nuevo construyeron bohíos, que trazaron a lo largo de unos pocos senderos retorcidos. Algunos de ellos aguardaban la oportunidad de unirse a otras expediciones hacia la tierra firme americana. Cuando el gobernador Hernando de Soto salió navegando de La Habana hacia la Florida en 1538 con una flotilla de buques y una tropa de mil hombres para perseguir sus quimeras de la Fuente de la Juventud y de las Siete Ciudades de Cíbola, construidas de oro macizo, se llevó consigo a la mayoría de los ciudadanos de la urbe. Dejó a su esposa, Doña Isabel de Bobadilla, al mando, al menos nominalmente. Cuatro años después, unos pocos sobrevivientes de la expedición trajeron noticias de su muerte en las márgenes del Mississippi, el gran río que él había encontrado. Mientras tanto, en La Habana, los que se quedaron se habían dedicado a ganarse la vida aprovisionando a buques y flotas en tránsito.

Los navíos requerían agua fresca, que se traía en pequeños botes desde La Chorrera. Necesitaban carne seca y cueros, asegurados ambos productos por el ganado que se criaba en las concesiones de tierra de los colonos en las afueras de la ciudad; y para las reparaciones precisaban maderas duras, que podían ser taladas en los bosques de caoba, cedro y ébano que rodeaban la ciudad en todos sus límites terrestres. Pero más que todo, tenían necesidad de pan. Aunque Cuba no era un sitio apropiado para el cultivo de trigo, resolver sin harina de trigo era otra cosa que los españoles habían aprendido de los habitantes nativos antes de que casi desaparecieran. La raíz de una planta que los taínos llamaban yucay podía molerse hasta lograr un tipo de harina, que a su vez podía ser horneada en la forma de un pan redondo y seco llamado casaba, con la textura de una galleta delgada que podía venderse a las tripulaciones de paso. Los indígenas sobrevivientes fueron puestos a trabajar en el cultivo de ese alimento en las concesiones de tierra de los colonos. Esa labor pronto pasó a manos de grupos pequeños de esclavos africanos recién importados.

Ahora resulta raro hallar casabe en La Habana, aunque sí en la zona oriental de la isla; pero la yuca, hervida y luego bañada en mojo de ajo, sigue siendo un manjar que ocupa un puesto privilegiado en la mesa cubana. Mientras tanto, la palabra nativa para designar al sustituto del pan fue introduciéndose en el castellano y luego en el francés, de modo que cuando los colonizadores europeos trasladaron la yuca al África, la llamaron cassava. Pero el problema que tenía ante sí el puñado de ciudadanos propietarios de tierras de La Habana era cómo sacarle provecho. Aunque los precios del casabe y de la carne seca se duplicaban o incluso triplicaban cuando se concentraba un número significativo de barcos en puerto, La Habana era, en el mejor de los casos, un sitio pobre. A la altura del decenio de 1550-1559, cuando las importaciones de oro y plata de las Américas alcanzaron el nivel sin precedentes de dos millones de ducados por año (el equivalente a poco más de 7 000 kg de oro), La Habana podía exhibir apenas cincuenta propietarios de tierras, cuatro calles con solares dispersos y casas de tablas y guano, una iglesia de adobe con un pequeño campanario a medio construir y un fuerte de tierra apisonada, en ruinas, que De Soto había dejado atrás. La población total de la ciudad y el área colindante era probablemente menos de mil personas, quizás la mitad de ellos españoles y el resto indios, africanos, mestizos, algunos de ellos esclavos y otros libres. La casa más grandiosa –perteneciente al granjero, corredor de bienes raíces, propietario de carnicería y funcionario público, Juan de Rojas— era la única edificación de dos pisos y una de las pocas que se vanagloriaba de mampostería en lugar de las planchas de cedro desnudas y del guano de hojas de palma.

La amenaza de la piratería –más que la venta del casabe— fue lo que brindó el primer impulso verdadero al crecimiento del poblado. Como puerto seguro a la ida o a la vuelta del imperio de España en el Nuevo Mundo, La Habana desarrolló una posición estratégica única. Para finales del siglo XVI, la villa adquiriría el título honorífico de “Llave de las Indias,” especialmente porque los imperios rivales estaban determinados a violentar el candado español. Los piratas y corsarios franceses fueron los primeros en comenzar a amenazar la navegación española, no sólo en aguas europeas, sino también en los mares de las colonias americanas, llamadas Tierra firme española. Escogían buques aislados en alta mar y se lanzaban al ataque de los puertos malamente defendidos.

En 1537, un pirata francés extorsionó 700 ducados en oro como precio por no prenderle fuego a la villa. Los habitantes pagaron, pero cuando tres barcos llegaron oportunamente de México luego de la partida del francés, las autoridades locales les ordenaron a los navíos depositar su oro y su plata en tierra, y lanzarse a perseguirlo. Sin embargo, los piratas capturaron a sus perseguidores españoles, retornaron a La Habana y confiscaron las arcas del tesoro recién abastecidas. En 1555 otro francés, el corsario Jacques de Sores, se aproximó al frente de una flotilla de cuatro buques. De Sores ya había saqueado a Santiago de Cuba, donde había secuestrado al arzobispo y a los más prominentes ciudadanos, a quienes liberó por un rescate de ochenta mil pesos y los adornos de plata de la iglesia. Guiado por un piloto portugués que había residido en La Habana, continuò hacia la bahía, en cuyos muelles esperaba hallar cargamentos valiosos.

Cuando resultó que no había buques con tesoros, de Sores y su tripulación ocuparon el poblado durante casi un mes, tiempo durante el cual el pirata utilizó la casa de dos plantas de Juan de Rojas como fortaleza, repelió el ataque de una milicia apresuradamente reunida y exigió un rescate de oro y plata que los habitantes tenían ocultos, además de casabe y carne. Cuando los residentes no pudieron o no quisieron acceder, ordenó que untaran los edificios con brea (la misma sustancia natural local que tanto había cautivado a Sebastián de Ocampo) y les prendieran fuego. En total, diecisiete de los cincuenta y un dueños de tierra de La Habana y un número desconocido de otros españoles, africanos y habitantes nativos perdieron sus vidas en combate o en represalias. En un acto final de despedida, Sores incursionó en las fincas de los alrededores y tomó más prisioneros por los que exigió rescate. Seis esclavos varones, cuyos amos no pagaron, fueron ahorcados.

El Ayuntamiento, en su informe al Rey, insistió en que de Sores era “un terrible hereje luterano, al igual que todos los que lo acompañaban,” tal como podía apreciarse por su verbo y sus acciones. “Su Divina Majestad” debió tener motivo para castigar la ciudad, concluyeron las autoridades locales con pesar, pero esto no convenció al Rey, quien decidió emprender acciones. Enfrentando no sólo la amenaza francesa, sino los inicios de otra aún más peligrosa, la inglesa, la Corte Española decidió que el comercio con América requería protección. A partir de entonces, los cargamentos vitales no viajarían en pequeños grupos, sino en grandes convoyes, acompañados por navíos de guerra. A partir del decenio de los 1560, dos flotas partían de Sevilla cada año, una en abril o mayo con destino a las islas del Caribe y México, otra en agosto hacia Cartagena y Panamá. A la primavera siguiente, ambas flotas de retorno se irían reuniendo, poco a poco, en La Habana. Allí se juntaban los barcos del tesoro de la América Española, el oro y la plata, las perlas y plumajes, las duras maderas preciosas y las resistentes papas, los sorprendentes sabores de la piña y el chocolate y, también allí, las cerámicas y las sedas y las especias que atravesaban el Pacífico, en especial los galeones que iban de Manila a Acapulco, cruzaban México por tierra y de nuevo sus productos eran cargados en buques en Veracruz.

En resumen, en La Habana se reunía todo lo que valía la pena embarcar para llenar los cofres de España y su legión de acreedores. También en La Habana los galeones armados de la flota militar española aguardaban la llegada de ese tesoro, aprovechando los servicios de reacondicionamiento y reparaciones, mientras sus tripulaciones disfrutaban de permiso en tierra en el poblado. De modo que durante semanas y a menudo meses, mientras se reunía la flota, La Habana se convertía en el hogar de galeones, buques cargueros, mercantes, soldados, marinos, comandantes y tripulaciones, la mayoría de ellos con una cantidad considerable de dinero para gastar.

A fin de proteger el poblado que recién se había vuelto estratégico, se estableció una guarnición militar permanente. En el alto acantilado o morro del lado oriental de la bahía habanera se construyó con piedras una alta torre de vigilancia, desde la cual los centinelas podían estar al tanto de los buques hostiles, para avisarle al poblado. Dentro de la propia villa emergió una sólida fortaleza de piedra, con la planta de una estrella de cuatro puntas, diseñada para resistir un prolongado sitio, con puente levadizo, foso, altos parapetos y paredes de más de cuatro metros y medio de ancho. El Castillo de La Real Fuerza, terminado en 1577, al “cantío de un gallo” de la famosa ceiba, es la más antigua construcción que permanece en pie en La Habana de hoy día. Sus toscas paredes utilitarias contrastan con los elegantes portales y columnatas de dos siglos después, pero su ubicación estratégica y su diseño pueden aun percibirse a primera vista. El cañón de la Real Fuerza dominaba una nueva plazoleta de la ciudad, la Plaza de Armas, así como las aguas del Puerto. En primer lugar, tenía siete cañones, monto que pronto se duplicó a través de compras a buques de paso por la ciudad, aunque esto no impidió que los gobernadores y los comandantes del puerto siguieran rogándole a Madrid por más y mejores cañones.

La Fuerza iba a ser apenas un comienzo. A pesar de la nueva fortificación, en 1586 La Habana recibió la visita del archicorsario inglés Francis Drake. En ocasiones anteriores, los buques de Drake habían llevado a cabo el pillaje en las rutas marítimas y las costas del Caribe y de Sudamérica, e incluso había llegado hasta el Pacífico, capturando ricos trofeos en las costas de Perú. En esta nueva incursión, ya había atacado Santo Domingo y Cartagena de Indias. En mayo, se había detectado a la armada de Drake cuando daba la vuelta al Cabo de San Antonio, en la punta occidental de Cuba, donde se detuvo para abastecerse de agua y de leña. Ahora había vigías apostados a lo largo de la costa, desde La Chorrera hasta el poblado de Cojímar, bastante lejos hacia el oriente de la bahía, y el Cabildo reunió a todos los colonos españoles disponibles de los campos en los alrededores de La Habana y los puso a trabajar junto a los esclavos, los negros libres y los indígenas en la excavación de trincheras y en la vigilancia en los puestos de observación.  

Luego de cinco días de merodear a lo largo de la costa, Drake giró al norte para asolar, en lugar de La Habana, el asentamiento español de San Agustín, en La Florida. No obstante, el hecho de que La Habana escapase al ataque inglés en esta oportunidad no alivió el temor de futuras intentonas. Un nuevo gobernador, el Maese de Campo Juan de Tejada, y un ingeniero militar italiano, Giovanni Battista Antonelli, fueron encargados de hacer invulnerable al puerto. Antonelli había estado al servicio de España muchos años, y este era su segundo viaje a América, aunque lo único que sabemos del primero fue que lo condujo hasta el Estrecho de Magallanes, de donde volvió “desnudo y pobre” y proclive a ingresar en un monasterio, hasta que este nuevo encargo lo instó a viajar al occidente una vez más. Se le ordenó construir un par de fuertes en la boca de la bahía, así como un canal que condujera el agua dulce desde La Chorrera hasta el puerto, donde podría abastecer a los buques de manera segura.

El canal fue lo primero que se inauguró, en 1592, para ir a descargar su caudal, “tan ancho como el cuerpo de un buey,” en la zona entonces conocida como la Plaza de la Ciénaga y en dos sitios más frente al mar. Se le llamó la Zanja Real, y parte de su ruta todavía hoy la sigue la calle llamada Zanja, que pasa por Centro Habana y el Barrio Chino. El punto terminal de la zanja lo marca hoy la media cuadra del Callejón del Chorro, que conduce desde la Plaza de la Catedral hasta el taller de artistas grabadores donde termina. Esta aqua traxo el Maesse de Campo Jvan de Texeda anno domini  1592, reza una muy antigua inscripción sobre un añejo orificio del surtidor en forma de concha marina. Unas pocas cuadras en dirección al sur, muy cerca de la Plaza Vieja, gracias a los recientes esfuerzos de restauración, ha salido a la luz una sección de la zanja misma, revelando la combinación de piedras y corales con los que la construyeron laboriosamente los esclavos.

En la llana orilla occidental del estrecho cuello de la bahía, al norte de la propia ciudad, se fue alzando, mientras tanto, el Castillo de San Salvador de la Punta, que hoy alberga un museo marítimo y marca el punto de arranque del moderno Malecón. Encima del enorme acantilado en frente de este castillo, Antonelli proyectó la fortaleza que se ha convertido en el telón de fondo de cada periodista de noticiero televisivo que reporta desde La Habana, así como el sitio, a través de los años, de guarniciones, batallas y mazmorras, ferias de libros, exposiciones de arte y mucho más: el Castillo de los Tres Reyes del Morro. El Castillo del Morro, con sus paredes y torres emergidas directamente de la misma roca, conectado con el lado terrestre por un puente voladizo, coronado por un faro (en su tiempo era una alta torre con un fuego para señalizar) cuyo resplandor se divisa desde las colinas y los techos de La Habana, y también desde kilómetros mar afuera. De un lado a otro del estrecho canal que separa a ambos fuertes, había colgada una cadena de madera y hierro, anclada en cada extremo en un cañón enterrado, y que podía ser alzada por las noches o cuando se detectaban navíos en actitud beligerante. De modo que los buques en el puerto no sólo estaban protegidos por la artillería de los fuertes, sino también por esa barrera física.

Se tardó cuarenta años en concluir las obras de las dos fortalezas, financiadas, al igual que la Real Fuerza, por los impuestos a la navegación y a las ventas en La Habana, y por una serie de subsidios del Virreinato de la Nueva España (México), para el cual las flotas seguían siendo un sustento. Cuando al fin se concluyeron esos inmensos proyectos constructivos, La Habana pasó a ser, por decreto real español, una ciudad con la categoría de “Llave del Nuevo Mundo y Baluarte de las Indias Occidentales,” que pronto recibiría un escudo oficial con la imagen de los tres fuertes, representados como torres plateadas sobre un campo azul, dispuestas en torno a una llave dorada. Entre 1575 y 1650, sólo los embarques de oro y plata de las colonias americanas de España promediaban la increíble cifra de seis millones de ducados anuales. En su condición de guardiana de ese comercio, La Habana se convirtió en una ciudad que, aunque seguía siendo tosca, era al mismo tiempo cosmopolita, una urbe de muelles y almacenes y todo tipo de talleres náuticos para reparar o manufacturar equipos, instrumentos, abastos y mapas. Era una ciudad en la cual los virreyes en tránsito se codeaban con los vendedores ambulantes, los sacerdotes y las prostitutas, y los soldados y marinos andaluces con los comerciantes chinos y con los esclavos africanos.

Por una parte, tenemos a Francisco de Carreño, gobernador del siglo XVI que escribíria, el 12 de  febrero de 1578, con un asombro que recuerda el de Colón, cuando con legítimo horror, o en burla, se refería a su nuevo puesto:

“ …. todos los mas delinquentes que vienen desterrados del Piru de la nueva España e de otras partes e ansy mesmo los que enbian por casados a España e mercaderes quebrados e mujeres huidas de sus maridos que se vienen en las flotas e frayles en abitos de legos e gentes bagomundas e fasinerosos e marineros que se huyen de las armadas e flotas e andan por los hatos e labranças de vezinos ni temen a Dios ni  la justicia Real.”

Por otra, podemos imaginar la emoción que debió provocar el recibimiento en La Habana de su más exótico visitante por aquellos años, el samurái Hasekura Tsunenaga, primer emisario japonés que cruzó el Pacífico. Procedente de México en 1614, desembarcó con treinta sirvientes y un sacerdote dominicano en ruta hacia Madrid y Roma, cumpliendo una misión secreta para establecer el comercio directo entre Japón y el Imperio Español. Su misión comercial global fracasó cuando el shogunato Tokugawa decidió cerrar al Japón a la influencia extranjera. Pero Tsunenaga retornó a La Habana no hace mucho, a inicios del siglo XXI, en la forma de una estatua de tamaño natural, regalo de su provincia natal de Sendai, colocada en un pequeño jardín japonés a medio camino entre la Real Fuerza y La Punta, flanqueado por dos hileras de altas y sinuosas palmas reales.

Pero dejando a un lado a los nobles visitantes y las industrias nacientes, los residentes de La Habana vivían principalmente de lo que sostiene a la mayoría de las poblaciones navieras y de los puertos militares: suministro de bebida, alojamiento barato, alimentación, juego de azar y sexo. Y de los impuestos de aduana y la corrupción asociada a ellos, y de la esclavitud, aunque de un tipo significativamente distinto a la esclavitud de plantación que vendría después.

En 1594, el gobernador Juan de Maldonado decretó el cierre de cualquier taberna que se negase a entregar un préstamo obligatorio para el completamiento de los dos nuevos fuertes, y contó ochenta que, en efecto, contribuyeron, en una ciudad cuyas calles, irregularmente pobladas, no habrían podido llegar a más de treinta manzanas. Agregó que ese número no podría considerarse pequeño, ni siquiera en Madrid. Tres décadas antes, el Cabildo había calculado el total de ventas anuales en cincuenta y dos barriles de vino, aproximadamente veinte mil botellas de tamaño moderno. Para prevenir los “desórdenes” (y probablemente para limitar la competencia), una regulación de los primeros tiempos obligaba a los dueños de tabernas a mantener un solo barril abierto, y establecía que no podrían ser reabastecidos hasta que mostrasen en sus patios las duelas desarmadas del barril anterior. Por supuesto, el vino había que importarlo, al igual que a los consumidores. Provenía principalmente de las Islas Canarias, traído por los buques que iban de salida, de modo que la legión de gestores de tabernas del poblado operaba con muy estrechos márgenes entre lo que compraban y lo que vendían. La mayoría de ellos servían en sus propias casas, donde muchos también ofrecían alojamiento (con o sin hamacas o camas) y preparaban comida. Otros vendían alimentos por las calles, ya fuesen platos preparados o frutas tomadas de los árboles dentro del pueblo o traídas de las fincas colindantes.

En todos estos oficios, los africanos y los mulatos estaban activos al igual que los españoles, y quizás más que ellos, aunque siempre se les sometía a regulaciones para mantener baja la competencia:

Otro si; porque muchas negras e otras personas andan por las  calles bendiendo longaniças e buñuelos e maiz molidoe sin postura de diputado e lo que benden no se le a puesto preçio e ansì mismo  benden pasteles e tortillas de maìz e de catibias e conbine que de aquì en adelante  en el bender de lo susodicho aya horden de manera que no agravien al que se lo compre quien lo vendiere mandaban e mandaron que las longaniças se vendan e media por un Real e todas las demàs cosas no las bendan sin el Rexidor o diputado  que es  o fuere le ponga preçio en ello.”   

Se proveyo e mando que muchas negras esclavas en esta villa  an tomado por trato de tener casa para ospedar e tener taberna e tabaco lo ques en muchos perjuiçio desta Republica e mandaron pregonar públicamente que de oy adelante ninguna negra esclava sea osada de bivir en casa por si ni tener taberna ni tabaco so pena de çincuenta açotes a cada  una  de las dichas negras que lo contrario fiçieren e demas desta que el amo que se consentir yncurra en pena de dos pesos….”.

Al propio tiempo, en el comercio del vino se hacían negocios más jugosos desde arriba, y, al igual que las demás oportunidades para el favoritismo económico, esa actividad engendraba riñas constantes. El comandante del fuerte, Diego Fernandes de Quiñones, acusó en 1584 al gobernador en plaza y a su esposa de estar obteniendo excesivas ganancias con el vino y los aceites, comprándolos directamente a los buques que arribaban, desprovistos de impuestos, restringiendo el abasto disponible para los demás y operando sus propias tabernas que vendían bebidas al doble del índice normal de precios.

En lo que respecta a los suministros de alimento al por mayor, el casabe seguía proporcionando comida a los soldados de los fuertes, pero los buques a menudo capturaban tortugas marinas, las sacrificaban en las afueras del poblado, las cortaban en tajadas largas y delgadas, las salaban y las colgaban al sol y al aire para que se secaran.  “Y así se abastecían los marineros en todo el transcurso de su viaje a España,” escribía Thomas Gage, quien viajaba de vuelta a Europa proveniente de La Habana en 1637, “lo cual comen hervido, con un poco de ajo, y les he escuchado decir que para ellos tenía un sabor tan bueno como el de cualquier ternero.” Siendo pasajero en vez de marinero del barco, Gage cenaba pollos y puercos que se subían vivos a bordo y se les sacrificaba por el camino.

Con el suministro de bebida, de alimentos y de alojamiento rivalizaban las industrias de los juegos de azar y la prostitución, a las que estaban íntimamente ligadas, entre otras, las guarniciones militares. Los juegos de azar no sólo eran permitidos, sino oficialmente autorizados, y el gobernador, los comandantes de los fuertes y otros funcionarios organizaban juegos en sus propias casas, de lo que obtenían pingües ganancias. El intento –sincero o no— de un gobernador que quiso proscribir los juegos de azar fracasó porque, según le informó al rey, tenía jurisdicción sobre los juegos en las viviendas de los ciudadanos de La Habana, pero no sobre las áreas bajo el control de las más importantes figuras, los generales de las flotas. La Corona respondió otorgando el derecho a organizar juegos dentro de los fuertes a un oficial llamado el Sargento Mayor, el cual seguramente agradeció ese monopolio, en tanto durase. Fernandes de Quiñones, citado más arriba, se jactó ante el Rey de sus propios esfuerzos por regular los juegos de azar: prohibió decir palabrotas durante los juegos, estableció una pena para quien interfiriese el lanzamiento de los dados o el reparto de las cartas, y prohibió que los soldados apostasen los uniformes que llevaban puestos.

rancisco de Calona, maestro de obras públicas, fue acusado por sus picapedreros españoles de jugar “de día y de noche” y de haberse endeudado por un monto superior a su salario anual completo de 800 ducados. Los juegos de azar fomentaban los robos. Prácticamente todos los varones blancos de la ciudad salían a las calles armados de espada o daga, armas que les estaba prohibido portar a los de tez más oscura. Don Martín Calvo de la Puerta, concejal del poblado y funcionario de la corte, obtuvo un decreto real que lo autorizaba a llevar consigo un pequeño arsenal de dos espadas, dos dagas y un mosquete cuando se aventuraba a salir a las calles. “Para proteger sus personas,” sus sirvientes fueron autorizados a andar igualmente armados hasta los dientes. De un modo u otro, la ciudad era difícil de gobernar: había demasiados personajes en la trama, con demasiadas fuentes de poder, y a partir de entonces siguió siendo igual.

Por supuesto, en una ciudad cuya economía estaba basada en prolongadas estancias periódicas de hombres en tránsito, y con una relativa escasez de mujeres también, la prostitución era una industria prominente. El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals ha señalado la forma en que el argot sexual de la ciudad desarrolló un sabor fuertemente marítimo: la que recorría las calles era llamada “fletera,” derivado del término aplicado a los buques o al espacio de carga alquilados, y el término para nombrar el coito pasó a ser “singar” (remar con un solo remo fuera de la popa). Otros términos de origen marítimo del argot sexual fueron más adelante desplazados por el argot derivado del procesamiento del azúcar.

Dada la escasez de mujeres blancas libres (y su valor resultante en el mercado del matrimonio), la prostitución se ligó también fuertemente con la esclavitud. Aparte de algunas pocas minas y proyectos de construcción militar, donde los esclavos trabajaban como propiedad de la corona adquirida para esos fines, la esclavitud en Cuba en los dos primeros siglos fue un negocio de pequeña escala. Los más acaudalados ciudadanos de La Habana poseían unos pocos esclavos que actuaban como sirvientes domésticos, laboraban en las pequeñas fincas o ranchos en las afueras de la ciudad, o eran contratados como jornaleros en la construcción y en otros oficios. Cuando los amos los asignaban como jornaleros, a menudo los incentivaban para que desarrollaran nuevas habilidades (más lucrativas) o que trabajasen duro sin mucha supervisión, permitiéndoles acceder a una porción de la paga diaria. Los esclavos varones más afortunados eran ubicados como aprendices de expertos artesanos, y a menudo conseguían, eventualmente, comprar su libertad. Los desafortunados eran los que se alquilaban para la labor más cruel de trabajar en la edificación de los enormes fuertes, junto a los que eran propiedad de la Corona.

Las hembras a menudo dirigían pequeños restoranes para los marineros, tal como observamos anteriormente, pero estaban especialmente destinadas a los servicios sexuales. En 1658, el gobernador Juan de Salamanca sugirió que podría ser aconsejable hacer que se  

“obligue a los dueños de las negras e mulatas a que estuviessen  dentro de sus cassas  e no las  diessen permission para vivir fuera dellas ni yr a los ingenios i corrales…… porque estas esclavas daban ansi  a sus amos jornales muy ventajosos a los que ganaban en esta ciudad,”  pero no halló que dicha prohibición surtiera mucho efecto.

Era común que los soldados en los fuertes comprasen una o dos esclavas y suplementaran sus ingresos militares (generalmente retrasados) con sus ingresos como chulos. “….esclava negra llamada Andrea, de nacion Mandinga, de veinticinco años de edad,” fue vendida por un ciudadano local a un artillero en 1588 por 250 ducados, mucho más de lo que un soldado podía normalmente darse el lujo de pagar. Ese mismo año, el notario real, Melchor Casas, compró los esclavos Juan y Esperanza por 500 ducados, y poco después volvió a vender a Esperanza, una biafra de veinte años a Pedro de Campos, “un soldado de la fortaleza” por un monto no registrado, del cual 140 ducados constituían un préstamo que Campos pagaría después.

Esta práctica no se limitaba a los soldados. Según un contrato de 1579, un español alquila su esclava al moreno Alonso Rodriguez por el lapso de un año, a un precio de cinco ducados mensuales, con la estipulación de que, mientras la flota estuviese en el puerto, el inquilino tenía que pagar al dueño “como  ganaren otras negras del pueblo”. Los eclesiásticos también se involucraban de un modo u otro en el tráfico, si hemos de atribuir veracidad a otra sección del informe del Gobernador Salamanca a la Corona: “Se encontrò con  muchas [de estas mujeres] que  tenìan amistad con eclesiasticos e habiendo yntentado desterrar  a algunas por su demasiada dissolucion despues de haver  prevenido a otras  se abstuviessen de amistades ylicitas fue  preçiso çessar en una obra que fuera  tan en servicio de Dios porque se empezaron a amotinar los eclesiasticos hallando patrocinio en un juez…. Porque el obispo D.Juan de Montiel  cuando llego a tener notizia de estas cossas  i a fazer la vissita de sus subditos murio con çeleridad i según dice el vulgo (que podra  ser que por otra via aya llegado la notiçia a V.M.) ayudado, como suele ser en las Yndias.”

La utilización de esclavos urbanos como jornaleros que podían pagar su libertad se sustentaba, en parte, en la escasez de trabajadores asalariados blancos y, en parte, en los códigos jurídicos medievales españoles, cuando los esclavos eran más probablemente moros que africanos. En cualquier caso, eso contribuyó al aumento del número de mulatos y negros libres en La Habana. También contribuyó a ello la desproporción de género entre los colonos españoles, lo que dio por resultado que los colonos varones se acoplaran primero con mujeres indígenas y luego con esclavas africanas.

De manera general, los vástagos de las uniones entre españoles e indios eran declarados legítimos y, con frecuencia, se les “blanqueaba.” El clásico ejemplo es la progenie de un tal Antón Recio, cuyos esclavos criaban ganado en varios puntos en las afueras de la ciudad, y que también era dueño de algunos solares urbanos. En 1567, por 800 ducados, compró el puesto de Depositario general, conocido también como el “guardián de la caja de las tres llaves.” El puesto lo responsabilizaba con la salvaguarda de los fondos de las colectas de impuestos y de los bienes de quienes murieran sin herederos de este lado del mar, servicio por el cual no sólo se le recompensaba con una comisión del 2.5%, sino también con el privilegio de invertir los fondos en empresas de su elección. Su testamento enumeraba artículos valorados en 20 000 ducados, incluidos valores en ganadería, tierras, edificios y esclavos, una espada y una daga con empuñadura de oro y un juego de mesa de plata. Su hijo Juan, nacido de su amante india, heredó sus bienes y —a pesar de una protesta de parte de dueños de tierra y funcionarios rivales de la familia Rojas— también el puesto de guardián de fondos en litigio.

A los vástagos de las uniones entre africanas y españoles, a menudo los únicos hijos de sus padres, con frecuencia se les otorgaba la libertad, o al menos se les permitía comprarla. De los esclavos habaneros que obtuvieron su libertad a una temprana edad en este período, los documentos muestran una mayoría descrita como mulatos. Un español que compró la libertad de un esclavo mulato en 1604 dijo que lo hacía para servir a Dios y porque el padre del esclavo era “un hombre honorable y amigo mío.” Esto parece haber sido particularmente cierto en el caso de las niñas. Una encuesta de documentos del siglo XVII y de principios del siglo XVIII muestra que era más probable que se les otorgase la libertad a las esclavas hembras, ya fuese por servicios prestados o en el momento de la muerte de su dueño. La encuesta también muestra que las esclavas eran más propensas que los hombres a comprar su libertad, y ello generalmente también a una edad más temprana

De un modo u otro, a la altura del siglo XVII, los negros y mulatos libres comenzaron a constituir cantidades considerables y –siendo algunos de ellos mismos dueños de unos pocos esclavos— laboraban no sólo como jornaleros, lavanderas, prostitutas y vendedores ambulantes, sino también como diestros artesanos, pequeños comerciantes y operadores de posadas y tabernas establecidos. Tenían sus propias fraternidades religiosas, que desfilaban en las procesiones religiosas de la ciudad, y a la altura de 1638 tenían un templo, la Iglesia del Espíritu Santo, la que, tras experimentar muchas remodelaciones, es la más antigua en La Habana de hoy. En las minutas del Cabildo se recogen quejas de que los negros y mulatos vestían de colores brillantes, demasiado ricos para su condición y su linaje.

Otro testimonio más de su auge, que data de fines de este período, es el testamento de Doña Lorenza de Carvajal, quien, en 1700, le legó su casa de una sola planta, construida en adobe, frente al foso de la Real Fuerza, a su antigua esclava doméstica, la mulata Juana Carvajal, que “con todo […] cariño y amistad […] me a asistido…” A Juana ya se le había concedido la libertad, bajo la condición de que continuase al servicio de su ama hasta la muerte de ésta. Heredó suficiente dinero de Doña Lorenza para pronto emprender obras de mejoramiento en la casa, que fue su morada durante los 33 años siguientes, remodelándola y agregando un segundo piso, algo muy parecido a lo que las familias blancas comenzaban a hacer con las suyas. A su vez, legó la casa a sus dos sobrinas, Margarita y Mónica de Ribera, una de las cuales residía en un edificio más pequeño al lado, al tiempo que un carpintero mulato, de nombre Lucas Gómez, vivía del otro lado. Las sobrinas vendieron la casa de Juana, presumiblemente con algún margen de lucro, a Don Pedro José Calvo de la Puerta, que estaba comprando propiedades en aquella cuadra. Don Pedro era el bisnieto de Don Martín Calvo, famoso por sus dos espadas, dos dagas y un mosquete.

De todas formas, las ordenanzas de la ciudad continuaron la vieja práctica de establecer penas distintas según la raza. En los casos en que un residente blanco habría tenido que pagar una multa, los de “otras esferas” recibían un castigo físico: azotes, confinamiento en el cepo, o algo peor. A los mulatos que horneaban casabe, les podían desbaratar o confiscar sus asadores de barro si se mostraban incapaces de nombrar a un blanco dueño de tierras al que le hubieran comprado la yuca.

Del otro lado del foso que los separaba de Juana Carvajal, en la cúspide de la sociedad habanera, los gobernadores disfrutaban de la distinción, la vista y las brisas del piso superior de la Real Fuerza. Andaban de paso por La Habana; eran generalmente militares españoles de carrera que habían recibido el puesto como un regalo del cielo. Pedro de Valdés, gobernador y capitán general de 1602 a 1607, había sido un comandante naval que comandó varias flotas de Indias y capitán de un notable buque de guerra en la malhadada Armada Española de 1588. Había sido capturado en el Canal de La Mancha por Francis Drake, sobre el cual Valdés más adelante rindió testimonio respecto a que su “valentía y su oportuna ocurrencia eran tales, que Marte y Neptuno parecían asistirlo en sus empresas.” Librado de su cautiverio inglés mediante el pago de un rescate, Valdés regresó al servicio del rey, y luego se le otorgó la gubernatura de Cuba, que conllevaba varios lujos: un presupuesto de 3 000 pesos en oro para vestimentas, otros efectos personales y artículos de mesa, más tres esclavos domésticos y un personal de catorce sirvientes pagados. Esos 3 000 pesos les habrían comprado al capitán general más de lo que necesitaba de las sedas y terciopelos, los finos linos y el tafetán, en los colores verde esmeralda, negro, rosado y amarillo preferidos por la capa superior. No sorprende que uno de los primeros visitantes escribiera sobre los “multitud de aves de brillante plumaje” que emergían de “de nidos tan toscamente labrados de la ciudad.    

Valdés nos legó amplia documentación referida a las rivalidades –en vías de crecimiento— entre los gobernadores, los comandantes de las fortalezas y los funcionarios locales en cuanto a posición social. En el sustrato de dichas disputas siempre se hallaba el dinero: quién tenía autoridad para inspeccionar los buques que arribaban trayendo tanto bienes tasables como contrabando, con las oportunidades que esto implicaba para el control de los fondos públicos y las ganancias privadas. No obstante, el conflicto se hacía más visible en torno a los pequeños símbolos de primacía, tales como quién se sentaba en qué lugar durante las ceremonias, o quién podía aliviar sus huesos con una almohada estando sentado en los duros bancos o encima de los sarcófagos de la iglesia. Tal como le informara al rey ese viejo lobo de mar:

“Se me aze cargo ansi mesmo de que  fize quitar a juan de villaverde alcayde del Morrro un cojin de terciopelo que metio en la yglesia/ a esto digo que es verdad en esta forma : que aviendose el dicho villaverde determinado  a traher publicamente i en mi  presencia  baston formal que sin sinia de general  i que  en nombre de V.M. trahigo en este puesto i junto con esto  dio en llevar  cojin de terçiopelo  a la yglesia i ponerse con baston y cojin a mi lado  en ella, de suerte  que no avia  diferencia del uno al otro e aviendole yo prevenido que no truxesse aquello pues no le  tocaba en rebeldia bolbio a salir  con ello i ansi se lo fize quitar.”

En otra misiva suya al rey, Valdés se refería a su propia impopularidad entre los colonos. Atribuía ese problema a su insistencia en que los “naturales” lo tratasen con la deferencia que merecía su status superior. Este es el primer caso en que un documento en los Archivos de Indias contiene una referencia –con el empleo de ese término— de un funcionario español a los cubanos de origen no europeo. Era el síntoma de una brecha que se iría ahondando más y más a partir de entonces

Mientras tanto, la ciudad crecía lentamente y comenzaba a encubrir sus tosquedades con ciertas señales de la gracia que exhibiría más adelante. Si bien Valdés se había visto obligado a desfilar en sus galas montado a caballo o en su silla de mano, transportada por esclavos entre las fangosas callejuelas, en el decenio de 1620-1629 el gobernador Lorenzo de Cabrera avanzaba entre sacudidas por las calles en el primer carruaje de la ciudad, junto con su pariente Don Juan de Benavides, general de la flota. Diez años después, encima de la Real Fuerza se construyó una atalaya principalmente ornamental, lo cual le daba al utilitario fuerte un toque de castillo de cuento de hadas. La torre sería coronada por una veleta fundida en bronce, consistente en la figura de tamaño casi natural de una mujer que sostenía la cruz militar de Calatrava en una mano y una rama de olivo en la otra, y que parecía otear mar afuera, cuando en esa dirección la movían los vientos apropiados. Esta figura fue llamada La Giraldilla, hermana menor de la figura femenina de tamaño mayor al real que coronaba La Giralda, el campanario de más de 90 metros de alto de la Catedral de Sevilla. Pero pronto reaparecerían las diferencias entre los españoles y los “naturales.” La veleta de La Giralda es una representación de la fe católica, una figura recatada aunque triunfal, erguida, vestida decorosamente, con la cabeza inclinada. La Giraldilla se yergue con la mano en la cadera y la rodilla derecha doblada como si estuviera en movimiento, con la falda subida a media pierna sobre su muslo derecho y, en contrapunteo, flotando en la brisa por detrás de su pie izquierdo. Viste una blusa ceñida, está coronada por una tiara, y mantiene con orgullo su mentón en alto. La Giraldilla se convirtió en un símbolo de La Habana, tanto como el Castillo del Morro, y lo sigue siendo. Sea cual fuese la intención del escultor (un artesano local con el nombre de Martín de Pinzón), en las leyendas habaneras muy pronto se decía que representaba a Doña Isabel de Bobadilla, esposa y segunda al mando de Hernando de Soto, mientras oteaba el horizonte marino en busca del retorno, largamente demorado, de su cónyuge.

Poco a poco, La Habana y sus alrededores comenzaron a producir algo más que vituallas para las tropas y los buques de paso. Los cañones para los fuertes se fabricaban en una efímera fundición junto a la bahía, entre La Punta y el poblado, donde hoy día se alza un parque de diversiones infantil –detrás del monumento a Tsunenaga— llamado “La Maestranza” (arsenal), en recuerdo de su uso en el pasado. A raíz de la fundición, vinieron los astilleros, algo más hacia el sur a lo largo de la bahía, próximos a la Alameda de Paula, que utilizaban maderas duras cubanas para producir fragatas y galeones y buques de carga para la protección de las costas, la persecución de piratas y contrabandistas, y la flota anual de Las Indias. El bosque de ébano, caoba, cedro y roble que rodeaba la ciudad desapareció para convertirse en partes de buques y de sus cargas en las bodegas de los barcos, hasta que ya no quedó ningún árbol apropiado para talar en un radio de unos 20 kilómetros de la ciudad, y los armadores comenzaron a pelear con los dueños de ranchos ganaderos sobre quién tenía derecho a explotar los bosques más alejados. Comenzó el cultivo del tabaco (adoptado de los taínos y siboneyes nativos) al igual que la construcción de pequeños molinos para moler el tabaco seco y convertirlo en rapé. La producción de azúcar comenzó en pequeña escala, alentada en parte por la construcción de la Zanja, cuya corriente hacia el sur y el oeste de la ciudad permitía mover molinos primitivos. Entre los primeros asociados al negocio del azúcar estuvo la familia Recio, los descendientes de Antón, que establecieron su pequeña plantación en el poblado de Regla, al otro lado de la bahía.

Aunque La Habana jamás sería una ciudad con grandes catedrales, para fines del siglo XVIII se habían construido o comenzado a erigir diez iglesias y conventos. El tañido de sus campanas se añadía ahora a los cantos de los estibadores y de los vendedores ambulantes de alimentos, las voces de las prostitutas callejeras y las burlas de los marineros, el sonido del lanzamiento de los dados, las ejercitaciones de las tropas y los cañonazos disparados desde El Morro para anunciar la llegada y la partida de los buques. Bajo los auspicios de la iglesia, también operaban dos hospitales, uno de ellos para los soldados.

Los festivales religiosos, los nacimientos de la realeza y otras ocasiones importantes se marcaban con procesiones y bailes de máscaras, desfiles que incluían velas y faroles, barrajes de artillería desde los barcos y la costa, carrozas con música y bailes, torneos y corridas de toros. Las actas del Cabildo detallan los gastos por concepto de “suministros” para el abasto de tales celebraciones, las cuales incluían gigantes, dragones, monos, enanos y moros, y también se quejan de que las mujeres se mezclaban con excesiva libertad en las procesiones y los entretenimientos de ese tipo. Nada se conoce con certeza sobre la música popular en la ciudad por aquella fecha. De todas formas, debió ser en algún momento de aquellos primeros siglos en los que las baladas y las cuerdas de las guitarras de los españoles aprendieron a convivir en tensión creativa con los tambores africanos y con su llamada y respuesta, y en el que La Habana legó su primera gran contribución a la instrumentación musical afroeurocaribeña polirrítmica de Cuba: las claves, esas baquetas percutidas hechas de las clavijas de madera de los veleros.

La ciudad padeció los crecientes sobresaltos de todas las antiguas ciudades modernas. Un fuego destruyó, en 1622, casi cien casas, y una epidemia que se prolongó desde mayo hasta octubre de 1649, probablemente de fiebre amarilla, se llevó quizás un tercio de los residentes, según un informe. Un censo establecía, en 1660, que la población sumaba 8 000 habitantes, un tercio del total de la población en la isla. En el decenio de los 1670, se inició la última de las construcciones militares de este período, una muralla en torno a los límites terrestres de la ciudad. Cada noche y cada mañana, un cañonazo disparado desde uno de los buques de guerra surtidos en el puerto daba la señal del cierre y de la apertura de las puertas, y de la subida o la bajada de la cadena fijada entre los fuertes en la boca de la bahía.

En la crónica de su periplo alrededor del mundo, el viajero italiano Giovanni Gemelli Careri nos legó la primera descripción extensa de la capital cubana, donde permaneció dos meses y medio, durante el invierno de 1698, a la espera de una flota que debía partir en la primavera. Describe una ciudad compacta, redonda, amurallada a lo largo de una circunferencia de dos kilómetros y medio, sobre todo de casas de una sola planta, poblada por “bellas mujeres y hombres de agradable aspecto.” Reporta un alto costo de la vida, especialmente cuando han entrado las flotas, pues el pan de trigo sólo queda a disposición de quienes pueden pagar el alto precio de la harina importada, y el casabe lo comen no sólo los pobres, sino también las “familias extensas” de los acomodados. Según lo que percibió, la fuerza de trabajo es enteramente esclava, alquilada por cuatro reales al día, o seis cuando la flota está en el puerto, y le llama la atención un gran grupo de negros y mulatos que se preparan para una procesión de carnaval. Gemelli Careri realiza visitas sociales, en su mayoría a otros viajeros: nobles flamencas que regresan a casa procedentes de Sudamérica en calidad de viudas enriquecidas, graduados universitarios de Perú que buscan comprar para sí puestos de la realeza en Madrid. Por el contrario, lo que le interesa a Careri en la propia Habana (aún desprovista de universidad y de nobleza) son las frutas tropicales procedentes de las fincas colindantes –por vez primera se encuentra con la guanábana y el caimito— y las aves exóticas que pueden ser cazadas o capturadas, desde las cotorras hasta los colibríes, así como un embarque de cardenales recién llegados de La Florida. Anota el modo en que los marineros de la flota, que acaban de recibir sus salarios atrasados, se apresuran a invertir en esas extrañas aves rojas.

Cuando al fin parte la flota, Gemelli Careri viaja en el galeón delantero, que, al pasar frente a la Real Fuerza, dispara seis cañonazos ceremoniales, respondidos por los cañones del fuerte, y otros seis cuando pasa frente al Morro, contestados del mismo modo. Luego de que el buque de guerra abandona el canal, se produce un sorprendente descubrimiento a bordo: una mujer vestida de hombre. Por ser demasiado tarde para volverse atrás, se le aloja junto a las mujeres –fuese ella quien fuere— y La Habana –sea cual fuese la razón por la que ella la abandonaba— va quedando atrás. Pero no todos los viajeros han partido. A pesar de las severas órdenes referidas a que todos los miembros de la flota deben partir con sus buques, so pena de muerte, un considerable número de marineros se encuentran ausentes, por haber saltado al mar luego de recibir su paga. La Llave de Las Indias seguramente les resultaba más atractiva que España.