En Cuba hay que hablar seria y profundamente sobre desigualdad

Este artículo forma parte de la serie: 

Entrevista realizada al economista, profesor e investigador cubano Ricardo Torres*.

*Ricardo Torres Pérez: Doctor en Ciencias Económicas (Universidad de La Habana), subdirector y Profesor Titular en el Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC). Ha impartido conferencias en universidades y centros de investigación de varios países de Europa, Asia, América Latina y en los Estados Unidos. Ha publicado varios artículos sobre transformación estructural, políticas industriales y el proceso de transformaciones del modelo económico en Cuba en libros y revistas cubanas y extranjeras. Tiene una columna sobre economía cubana en la revista Progreso Semanal y dirige el Informe Económico Trimestral sobre Cuba que publica la Red Econolatin.

 

Fernando Luis Rojas (FLR): ¿Qué crees que distingue al socialismo existente del que se necesitaría para Cuba?

Ricardo Torres Pérez (RTP): Lo primero, entiendo el socialismo como el nombre que recibió en el siglo XIX la aspiración de vivir en una sociedad más justa. Lo demás son expresiones o experiencias concretas de países que intentaron llevar esa aspiración a la práctica, como las del denominado “socialismo real” que no fueron muy exitosas que digamos. Digo esto porque hay una tendencia a igualar socialismo con la historia de la Unión Soviética o de algunos países de Europa del Este, que son experiencias concretas, pero no la referencia para comprender el socialismo.

Ahora, el caso cubano mantiene dos deudas claras respecto al ideal de una nueva sociedad. La primera es el desarrollo de las fuerzas productivas, que para mí es la fundamental. La constatación de eso es que hoy estamos hablando de reformar el modelo. En otras etapas también se han hecho reformas, son naturales, pero de hecho, Raúl Castro en el 2007 habló de cambios estructurales, lo cual indica que no estamos hablando de adaptaciones menores al modelo, sino de una reforma importante al menos en su concepción.

El desarrollo de las fuerzas productivas no puede ser analizado como una meta entre otras tantas de un sistema que se proclama como una alternativa válida. En este ámbito, el socialismo sustituyó al capitalismo, pero no lo superó. Si bien el desarrollo capitalista es contradictorio y desigual, tanto al interior de los países, como entre estos; es capaz de generar un avance de las fuerzas productivas que no tiene paralelo hasta hoy. Y ha mostrado más flexibilidad y capacidad de adaptación que otras formaciones económico-sociales. El capitalismo tiene un mayor recorrido histórico, pero desde el principio mostró un dinamismo que lo llevó a convertirse en dominante.

El socialismo en Cuba tiene que propiciar el desarrollo económico a un ritmo que lo acerque a las mejores experiencias internacionales, de otra forma no podrá erigirse como una alternativa real para el país.

La otra gran deuda tiene que ver con el cómo, específicamente con el ejercicio del poder político y la participación real de los ciudadanos en la toma de decisiones. Son muchas las razones que explican el funcionamiento nuestro sistema político, pero lo cierto es que no garantiza efectivamente la participación real de los ciudadanos en la toma de decisiones y los ciudadanos se quejan incluso de la representación en ese sentido. El socialismo se propone liberar al ser humano en todos los ámbitos, y la participación política es clave para superar la enajenación de la persona. No se puede construir un socialismo viable sin avances claros en este sentido. No creo que sin una creciente participación social en la toma de decisiones, sin el control efectivo de las instituciones de gobierno, el ser humano esté menos enajenado que en una sociedad como la capitalista. Estas cuestiones, que forman parte intrínseca de las que deberían ser aspiraciones del modelo, no se pueden entender sólo como fin sino también como medio. Hay una contradicción entre un discurso que plantea romper barreras, liberar al ser humano, con una práctica y modos de hacer distintos. ¿Cómo es posible lograr una cosa sin la otra?

También creo que en Cuba hay una gran ansiedad cuando se abordan temas como democracia, poder político, participación política, etcétera. A veces da la impresión que algunos de estos términos fueron secuestrados y se rechaza hablar abiertamente sobre eso.

Por otro lado, considero que se abusa del argumento que sostiene que la configuración del sistema político cubano se debe a la agresión permanente de Estados Unidos. Esta ciertamente deforma muchas prácticas, pero no es el único elemento. La confrontación con ese país con el que tenemos tan grandes asimetrías en términos de poder económico, militar, político e ideológico, implica que tengamos que ser muy precavidos con la seguridad nacional e impone muchas restricciones. Pero a la hora de plantearse un debate político y una participación mucho más abierta, amplia y plural en la toma de decisiones e incluso en la elección de los representantes a todos los niveles, este no es el único elemento que interviene y no puede ser el único que usemos para explicar el problema.

Cuba hoy es una sociedad mucho más plural, diversa y heterogénea, habrá a quien no le guste esa condición, pero es la realidad. Nuestro sistema político tiene que aspirar a representar esa diversidad. Si se queda al margen corremos el riesgo de que esa enajenación aumente y se solidifique. La diversidad de Cuba en todos sus ámbitos, tiene que estar presente en la representación del Estado y del gobierno, y no solamente a nivel de los representantes, sino en la toma de decisiones. El gobierno no es el único ente que toma decisiones, y cuando las toma tiene que considerar la opinión de los ciudadanos, hacerlos formar parte, con la heterogeneidad y la multiplicidad, incluso de intereses políticos, que pueden existir al interior de nuestra sociedad.

El socialismo planteaba devolver el poder a la clase trabajadora, pues bien, esto es muy diferente a concentrar el poder en la burocracia, en los funcionarios públicos, e incluso en la vanguardia que se plantea debe ser el Partido. Todos los grupos anteriores representan a sectores mucho más amplios, los representan si se quiere, pero el representante no puede ser más importante que el representado.Todo lo que refuerce esa deformación constituye una desviación de la idea original, y no contribuye a la sostenibilidad del modelo. Llegará el día en que los representados se sentirán tan marginados que ya no tendrán suficientes motivos para luchar por ese sistema. Esta dinámica es especialmente importante para las nuevas generaciones.

No hay sociedad perfecta, pero cada grupo social va creando sus propios intereses, si no es posible llegar a un conceso total, pues deberíamos tratar de consolidar que existan oportunidades similares para que todos vean representados sus intereses, con controles y contrapesos que limiten el poder desproporcionado de algunos de estos grupos.

 

Foto: Randdy Fundora/Temas

 

Carolina García Salas (CGS): Mencionabas como una de las deudas fundamentales del socialismo el desarrollo de las fuerzas productivas. ¿Cómo influyen en este asunto las concepciones y prácticas sobre la propiedad, la gestión de los medios de producción y el mercado?

Aquí estamos hablando de un asunto que es el núcleo de lo que se llama formaciones económico-sociales. La estructura de propiedad determina al resto de las categorías y es imposible analizarla aislada de un momento histórico específico, porque responde a la correlación de fuerzas que se desataron en un contexto determinado.

En los análisis sobre el tema hay varias posturas, unas muy ingenuas y otras no tanto. Por un lado, prácticamente se ha establecido una correspondencia directa entre socialismo o comunismo y dominio total de la propiedad social sobre los medios de producción en todo el sistema económico, en todos los momentos. Otra más flexible plantea que en el período de tránsito al socialismo existirá heterogeneidad desde el punto de vista de las formas de propiedad que conviven en el sistema.

Creo que la estructura de propiedad que se considera inherente al socialismo, se debe entender como el medio para alcanzar los fines últimos del sistema. Si determinada configuración no garantiza o no contribuye a acercarse a esos fines debe ser modificada por otra que sí lo consiga. Muy a menudo se confunden los medios con los fines. En nuestro caso en algún momento se confundió. Ese dominio de la propiedad social se alcanzó muy rápidamente, quizás rompiendo una secuencia imprescindible. Por supuesto, en esa circunstancia también influyó la relación con Estados Unidos y el papel que asumió la burguesía cubana en ese caso, cuya supervivencia y desarrollo estaba muy imbricada a la norteamericana, por lo que terminaban respondiendo más a sus intereses que a los de la nación. Pero es sumamente importante poder entender cabalmente las circunstancias concretas que concurren en cada momento histórico. No es posible pensar que lo que funcionó para Cuba en 1968, tiene que ser bueno en la actualidad. Mi criterio personal es que uno de los factores que explica el escaso éxito económico de nuestro modelo es justamente la estructura de propiedad que se consolidó en los primeros años de la Revolución. Algunos dirán que fue una necesidad de supervivencia política o seguridad nacional, puede ser. Yo digo que no garantiza el desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto, compromete el éxito del modelo. 

Para acercarnos a este asunto no podemos asumir ideas dogmáticas tipo “si no es así no es socialismo”. Hoy mismo en Cuba se discute también sobre la heterogeneidad de formas de propiedad en nuestro sistema económico. En los últimos siete años han crecido otras variantes de propiedad y gestión sobre todo en el sector no estatal, lo que quiere decir que la sociedad reconoce que hay un papel que ese sector no estatal tiene que jugar en nuestro modelo económico, lo cual se traduce también en reconocimiento social, efectivo, real, económico y productivo de su contribución específica al desarrollo de las fuerzas productivas, la cual para nada se ha agotado en el punto en el que estamos.

Luego, por supuesto, hay una gran discusión respecto a qué significa asumir un sector privado grande en un país que construye el socialismo, toda vez que, por ejemplo, este puede desafiar en un momento determinado el poder político por múltiples vías.

FLR: ¿Qué significa un sector privado grande?

RTP: Siempre tienes que tener un punto de comparación y en este caso, claro, ¿qué es grande? Asumamos que es algo mucho más grande que lo que tenemos hoy.

Lo que sucede es que esto nos lleva a otra pregunta: ¿Cuál es la combinación óptima de formas de propiedad que debe tener un país subdesarrollado como Cuba en el siglo XXI? Eso no lo sabe nadie. ¿Cuál es la proporción?, ¿cuál es el indicador clave para establecer esa proporción?, ¿qué asumimos para medirlo: el empleo, el valor agregado, la contribución al presupuesto central, el ingreso real que representa para la familia?

Les voy a poner un ejemplo, hoy el sector no estatal completo representa el treinta por ciento del empleo formal, ¿y cuánto representa desde el punto de vista del ingreso total de las familias cubanas? Estoy seguro que es más, porque ya los salarios, de hecho, son menos de la mitad del ingreso total, y estoy hablando del ingreso total formal reportado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).

Entonces tenemos que empezar a discutir al respecto, preguntarnos: ¿Cuáles experiencias realmente concentran la cualidad que queremos ver en ese sector? A partir de ahí tomar determinadas decisiones. También se podría hacer una encuesta de activos fijos y sobre esa base, determinar cuál es la participación de uno y del otro y establecer los límites. Pero la verdad es que no lo sabemos y es difícil determinarlo administrativamente. Por lo tanto grande quiere decir más grande que ahora, mucho más importante que ahora.

En los últimos años un todavía precario marco regulatorio vio emerger un dinámico sector no estatal. Las condiciones nuestras hoy dicen que ese papel o esa contribución del sector no estatal no está agotada. A pesar de las primitivas regulaciones y la cantidad de obstáculos y problemas que ha enfrentado, ese sector creció más que ningún otro, creó más empleos que ningún otro en la economía cubana. El sector estatal redujo en un millón los empleos desde 2009 a 2016, lo cual, por cierto, no fue producto únicamente del llamado proceso de disponibilidad, porque hay gente que voluntariamente se fue, emigró, se retiró, etcétera. Pero si tú miras los números absolutos, hay un millón menos de empleados en el sector estatal y el privado ha creado más de medio millón de empleos netos, incluso en el cooperativo el neto es negativo porque las cooperativas agropecuarias han perdido más empleos que las que han creado las no agropecuarias.

Entonces creo predomina un criterio muy ideológico y muy político sobre el papel que ha de desempeñar el sector no estatal y todo lo que hagamos para limitarlo va contra el desarrollo de las fuerzas productivas. Es una contradicción decir que queremos desarrollar las fuerzas productivas, acelerar el crecimiento económico, y al mismo tiempo interponer una serie de obstáculos para el desarrollo de ese sector.

El nuevo modelo, que no surgirá de la noche a la mañana, tendrá que acomodar un papel mucho más importante para el sector privado y cooperativo. Es una necesidad histórica del desarrollo socioeconómico contemporáneo.  Acá hay todo tipo de precauciones respecto al sector no estatal, pues bien, repito que no parece posible hablar seriamente de desarrollo y limitar al mismo tiempo a este sector.

Ahora mismo el capital extranjero cuenta con mayores oportunidades para operar en Cuba que los mismos emprendedores cubanos. Ningún país se ha desarrollado con tal desbalance. El socialismo cubano tiene que promover la máxima utilización de los recursos y factores propios, fuerza de trabajo, ahorro doméstico, de otra forma es inviable o terminará siendo algo muy diferente al ideal de referencia.

Pero es todavía más complejo desde el punto de vista de la propiedad social porque ¿es realmente social la propiedad pública en Cuba? Lo dudo. Ahí volvemos al tema de la participación y el control efectivo del representado sobre el representante. La propiedad social en Cuba ha sido esencialmente estatal, hay una brecha entre quién es el dueño nominal, formal, de esos medios de producción y quién realmente toma las decisiones sobre su uso y en ese proceso hay muy poca participación de los trabajadores y, digamos, por cierto, que sobre los medios de producción no deberían ser sólo los trabajadores los que decidan, porque pertenecen a todo el pueblo, esa es la definición que está en la Constitución.

Entonces la discusión iría también por qué tipo de propiedad social tenemos y si es realmente social o es más un control burocrático de los funcionarios del gobierno y del Estado sobre los medios de producción. Ni siquiera el segmento que supuestamente corresponde a la propiedad social cumple a cabalidad su rol, que también es el de empoderar a los trabajadores. Hay que hacerse igualmente otras preguntas: ¿necesariamente tienes que tener un control directo, absoluto, sobre todos los medios de producción o la mayoría de estos para garantizar que haya una apropiación social de la riqueza? Esa es otra equiparación a mi juicio errada, desviada de la realidad, incluso de lo que ha sido la práctica en otros contextos. Una parte incluso mayoritaria de los medios de producción pueden estar en manos no estatales, privadas o de cooperativas, y crear mecanismos vía impuestos o prestación de servicios públicos, que garanticen que la apropiación de la mayor parte de la riqueza creada se haga de manera social y no privada.

También se habla mucho de todos los vicios que conlleva la propiedad privada, pero muy poco de los que implica la manera en que se ha concebido la propiedad estatal en nuestra sociedad. Ahí se genera otro problema. Yo me atrevo a decir que un factor muy influyente en el escaso dinamismo económico de nuestro país es la estructura de propiedad, que no genera los incentivos para forzar a las personas a que trabajen más y mejor.

Igualmente creo que tiene que haber un equilibrio entre la apropiación social de los resultados del trabajo y la del individuo después, porque la colectividad se basa en la individualidad, si anulas al individuo no veo cómo puedes tener una colectividad saludable o empoderada. Se trata de una relación del individuo hacia la sociedad y de la sociedad al individuo.

Entonces creo que tenemos que repensar varias de las líneas rojas que nos hemos trazado nosotros mismos en términos de la estructura de propiedad, propiedad sobre los medios de producción, la gestión de esos medios etcétera, porque obviamente ni ha contribuido a desarrollar las fuerzas productivas, ni a empoderar o garantizar la participación real, efectiva, de los ciudadanos y de los trabajadores en la toma de decisiones, que son dos objetivos claves del socialismo.

Respecto al mercado, la humanidad no conoce otro mecanismo de coordinación tan eficiente y flexible como el mercado. Equiparar mercado y capitalismo es un error. La planificación central no debe sustituir al mercado, sino llevar otros criterios, también importantes, a esa coordinación entre productores y consumidores. Hasta hoy, todos los intentos en ese ámbito fracasaron. En Cuba queda un largo camino por recorrer en ese sentido. No ha cambiado el paradigma, se habla mucho de que hay que cambiar, pero se concreta muy poco.

Para empezar, un mercado funcional requeriría otro arreglo cambiario y monetario, junto a reglas diferentes para la formación de precios. El Estado puede intervenir para regular, pero no debe suplantar esa función. Y requiere agentes (empresas), consumidores que puedan tomar decisiones de consumo e inversión de acuerdo a la información que detecten en los precios. No existe mercado sin empresas reales, y acá, por lo menos las estatales, no lo son en gran medida.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

Has trabajado con frecuencia el tema de la política industrial en Cuba. ¿En qué medida los cambios y caminos propuestos en los documentos rectores del proceso de transformación están dando respuesta a las principales problemáticas de este sector en el país? ¿Cuáles son los obstáculos que enfrenta la ejecución práctica de esas políticas?

Empecemos por una breve aclaración respecto al concepto de política industrial que forma parte de la discusión sobre el tema en Cuba. Todavía escuchamos este término asociado a las nociones más antiguas. El concepto de política industrial que se maneja actualmente trasciende a las políticas para el desarrollo de la manufactura, que quizá fue la concepción original, pero ha sido superada por la academia y por la práctica en materia de política económica en muchos países. Esto ha cambiado por dos razones. En primer lugar, la industrialización hoy no se concibe sino en estrecha vinculación con otras ramas de la economía, como por ejemplo, los servicios, entonces no tiene sentido hablar de política hacia un sector específico si no contemplas el abanico completo. Segundo, frecuentemente, lo más importante en un sistema económico no es la tipología de sectores, sino las relaciones que se establecen entre empresas y actividades. La política industrial contemporánea va mucho más allá de la manufactura, es un intento por cambiar toda la estructura económica de un país para promover el crecimiento y una mejor distribución del ingreso. 

En realidad es mucho más importante hablar de cómo los sectores se conectan entre sí, o sea, cómo interactúan las empresas en las actividades de una economía. Muchas veces el éxito del sistema económico en su conjunto y el desarrollo de las fuerzas productivas vienen más porque esas interacciones sean densas, profundas, dinámicas y no tanto por las características específicas de un sector u otro.

En los últimos documentos, Conceptualización y sobre todo Plan Nacional de Desarrollo, se observa una mejoría significativa, un salto cualitativo favorable en la concepción sobre política industrial. Hay un cambio metodológico importante que abre caminos más positivos. Lo primero es que se comienza hablando de lo que se quiere lograr como país –la visión- y luego se pasa a los denominados ejes estratégicos. No comienza con los sectores, que ha sido la visión tradicional, que asume que al invertir en determinados sectores que supuestamente son favorecedores del desarrollo, este último llegará automáticamente. Aquí se habla de ejes estratégicos, algunos claramente relacionados con la economía, otros con el desarrollo científico, gobierno eficaz, etcétera. Entonces ese es un cambio que nos pone en mejores condiciones.

También creo que en los documentos se le presta más atención a la inserción de Cuba en el escenario internacional, en un mundo donde ni siquiera hay una representación importante de países con regímenes económico-sociales similares al nuestro. Obviamente, un país pequeño como el nuestro depende extraordinariamente del resto del mundo para su desarrollo, comercio, inversión, finanzas, circulación de personas. Ahí hay otro logro que deberá implementarse en las propuestas concretas de políticas.

Otro cambio positivo es que en uno de los ejes estratégicos se diferenció infraestructura de lo que es la transformación productiva en sí misma. Esto es nuevo en la manera de entender las concepciones del desarrollo en Cuba, es la comprensión de que no necesariamente el desarrollo en un sector u otro te garantiza la existencia de infraestructuras necesarias que soporten esa expansión en el futuro, o sea, básicamente, que el desarrollo de infraestructura tiene una agenda propia y tiene que ser analizado en el conjunto del sistema económico.

Si bien están claros todos esto avances, también hay debilidades, por ejemplo, al final siempre se prefirió terminar hablando de sectores porque no se concibe otra manera de abordar la estructura económica que no sea determinando el sector, ahora con el apellido de estratégico. Lo que sucede con esto es que, en la definición que aparece en los documentos, casi todos son sectores estratégicos y si todos lo son al mismo tiempo, ninguno es realmente prioritario.  Me atrevo a decir que eso pasa porque todo el mundo identifica sector estratégico con asignación de recursos, inversiones, y el que no se ve en la lista asume que no le van a dar o que le va a tocar menos. Tenemos demasiados sectores en esa categoría y todo no puede ser prioritario o estratégico, así eso no va a funcionar.

Hay otros problemas que no son de fácil solución y conspiran en contra de una política industrial más coherente, sólida, estructurada, integrada. En primer lugar, la mayor parte de los desarrollos teóricos contemporáneos sobre política industrial se han elaborado sobre la base de economías de mercado. Esto deja al esfuerzo cubano sin referencia, lo que termina muchas veces empujándonos hacia el paradigma soviético, que no es útil para Cuba (como norma). Lo que sería otra razón para desarrollar mercados funcionales y todo lo demás que los acompaña. 

En segundo lugar, y conectado con lo anterior, no existen suficientes capacidades en nuestros recursos humanos para diseñar e implementar propuestas que responden a un paradigma sobre el que no se cuenta con precedentes.Ninguno de nuestros funcionarios ha vivido en condiciones de economía de mercado, ni ha hecho política económica para una economía de mercado, por lo tanto, ¿cuál es su capacidad técnica para diseñar e implementar una política industrial coherente y que funcione en nuestro caso, más allá del paradigma soviético? Además, nuestro sector público se enfrenta a un drenaje de fuerza de trabajo debido a las bajas retribuciones y a la alta responsabilidad, justamente cuando se necesita a los mejores talentos. 

Tercero, nuestra estructura institucional constituye un obstáculo para llevar adelante este tipo de políticas, que requieren una elevada coordinación y cooperación interministerial, un asunto donde observo una gran debilidad, porque es muy vertical el sistema, desde arriba hacia las diferentes ramas, sin vasos comunicantes, y la política industrial es precisamente sobre coordinación. En muchos países se trató de avanzar en una variante donde las propuestas principales se concebían por un órgano supra-ministerial, usualmente vinculado con la presidencia.  Estos son asuntos a los cuales tenemos que prestarle atención para poder avanzar en ese sentido.

Foto: Randdy Fundora/Temas.

FLR: Existe la percepción de que Cuba se ha movido en una dinámica de dependencia coyuntural muy fuerte, a partir de concentrar sus socios comerciales en uno o dos vecinos. Partiendo de esa idea de sostenibilidad que mencionabas, ¿crees que en el contexto actual hay una mayor seguridad económica ante los cambios coyunturales a nivel internacional?

RTP: Sin dudas el deterioro del contexto externo está afectando negativamente nuestro desempeño económico, la situación de Venezuela obviamente, pero también de Brasil, que era un mercado importante para los servicios médicos y farmacéuticos o de Rusia, que atravesó por un momento bastante complejo aunque ahora está mejorando. Lo cierto es que persiste cierta concentración -sin llegar a los niveles de la época de la Unión Soviética-, pero visible en términos comerciales, sobre todo con Venezuela.

Entonces ha habido concentración, pero nuestra situación hoy es mejor respecto a la de los años ochenta. No creo que un hipotético colapso total de Venezuela nos pondría en el mismo escenario que nos puso la desaparición de la Unión Soviética. La economía cubana hoy está más diversificada, depende mucho menos de un producto específico, como lo era antes el azúcar. Tenemos un portafolio todavía insuficiente pero más diverso: ciertos servicios médicos, turismo y un abanico de bienes. Digamos, en general, que es una estructura exportadora menos concentrada, menos vulnerable tanto por productos como con países socios.

China y España son el segundo y tercer socio comercial actualmente, países estables sobre los cuales no se prevé derrumbe total a mediano plazo, con lo cual tenemos contrapesos. Incluso Cuba a lo interno también tiene una estructura mucho más diversificada de ingresos que lo que tenía en los ochenta, donde la inmensa mayoría de los hogares vivían exclusivamente del salario que cobraban en el sector público, lo cual hizo a las familias muy vulnerables cuando el Estado perdió la capacidad de generar una buena parte de estos. Hoy la familia tiene otras fuentes de ingreso y hay un sector de la población con muchas conexiones de diferente tipo con el resto del mundo. O sea, tenemos un portafolio que no está distribuido homogéneamente en la población, pero que es más diverso y nos permitirá enfrentar cualquier efecto temporal, coyuntural, como una caída del ingreso país, que el Estado tenga que recortar algunos servicios, o incluso la distribución de determinados bienes.

Ahora, obviamente, sí hay una exposición –aunque menor- y por lo tanto, hay un riesgo. Esas vulnerabilidades ya las estamos sufriendo, ya estamos sintiendo las consecuencias de esa situación difícil que enfrenta Venezuela. Me atrevo a asegurar que a nivel del gobierno hay conciencia del riesgo que significa para nosotros esa concentración, pero no fuimos suficientemente proactivos para lograr disminuir esa vulnerabilidad en los años en que pudimos. Ya a nivel de política internacional hay otra serie de eventos que también afectan a Cuba, pero ese es el arte de gobernar, hacer política y política económica en todas las circunstancias.

FLR: Afortunadamente muchos medios se han preocupado por estrechar los vínculos y las colaboraciones con economistas, tú mismo eres ejemplo de esas prácticas. Si haces una lectura de todos los análisis y trabajos notas diferencias importantes en las posturas y una gran dispersión. ¿Quiénes son los economistas cubanos? ¿A quiénes integra la academia cubana de economistas?

RTP: Vamos a quedarnos con la idea de que los economistas académicos son aquellos que dedican por lo menos una parte sustancial y mayoritaria de su tiempo a investigar sobre los problemas económicos del país. Lo primero es que esa academia de economistas en Cuba es muy pequeña, claro que todo ciudadano o cientista social tiene sus propios criterios sobre economía, pero el grupo de especialistas en el tema es muy pequeño. Lo segundo es que tampoco hay un consenso entre los economistas cubanos sobre el diagnóstico de la situación y cuáles son las vías de solución, y es muy bueno que haya diversidad de opiniones precisamente por eso, porque no hay consenso en todo, ni siquiera dentro de la academia.

La academia cubana de economistas se distingue de la de otros países por la contribución al desarrollo de la Revolución cubana. Tiene una sensibilidad mayor a los problemas sociales que se conectan con el hombre, se esfuerza por no quedarse en la discusión técnica sobre la cuestión económica, con números o estimaciones sino que casi siempre intenta o se atreve a anticipar algún efecto social. Además, muchos economistas cubanos hacen economía política y tratan de superar el diagnóstico para pensar cómo instrumentar soluciones. Pero como te decía anteriormente en la academia nuestra las posturas son muy diversas y heterogéneas, no hay consensos claros ni sobre cómo investigar los problemas ni sobre sus posibles soluciones.

Por eso celebro tanto esta emergencia de medios y de voces de economistas y expertos de otras ciencias. Me parecen oportunidades siempre bienvenidas, tanto para los ciudadanos como para los decisores que tienen a su disposición un abanico más amplio de elementos, de criterios, de datos para poder formarse una opinión al respecto y, al mismo tiempo, se contribuye a un reflejo más plural de Cuba, más diversa en cuanto a formas de pensar, influencias, etc.

CGS: Muchas investigaciones sociales alertan sobre “efectos no deseados” de la actualización del modelo económico y social cubano sobre todo en términos (re) producción de desigualdades ¿Crees que este sea un “mal necesario”?

RTP: Esa pregunta me gusta mucho, me da la posibilidad de compartir reflexiones sobre asuntos que me parecen muy importantes. Vamos a partir de lo que dije al inicio, si estamos hablando de actualización, de reformas, de cambios, o como se le quiera llamar, obviamente es porque se necesitan.

Observo una tendencia a culpar a la “actualización” de todos los males. Es bueno recordar que casi todos los problemas actuales tienen un largo recorrido, y comenzaron mucho antes de la actualización. Me parece que en Cuba hay una necesidad impostergable de hablar seria y profundamente sobre desigualdad. Creo que se suelen difundir aquí concepciones engañosas sobre el tema. Las desigualdades tampoco son únicamente resultado de la actualización, claro que esta generó determinadas dinámicas que las profundizan y visibilizan más, pero no emergieron de la nada. Se trata de un asunto llevado y traído. Creo que ciertos grupos lo usan como punta de lanza con fines políticos e ideológicos. Yo diría, ¿a qué objetivo de igualdad estamos apuntando? ¿Qué es realista para Cuba en estas circunstancias? Si tenemos que elegir entre igualdad y desarrollo económico muy mal andamos, el uno sin el otro es igualmente indeseable e insostenible. Igualar en la pobreza no ha conseguido nada en este mundo. Mucho menos en países subdesarrollados. 

Creo que se habla mucho de desigualdad y no hay datos. Sin datos es poco probable obtener análisis realmente profundos sobre el tema. En primer lugar tienes que hacer comparaciones respecto a tu trayectoria y, en segundo lugar, compararte con tus contemporáneos para saber si la desigualdad es más grande, más pequeña o si está sobre el promedio. Después, viene el análisis de los factores explicativos, muchos de ellos no tienen nada que ver ni con la reforma de los noventa y mucho menos con la actualización. Entonces creo que ante este panorama y sobre todo ante la ausencia de datos e información, las discusiones que tenemos sobre desigualdad son más bien emocionales e ideológicas.

Pareciera que hay una preferencia a hablar de desigualdad de ingresos y tomar los salarios del sector público como referencia. Las conclusiones más comunes giran en torno a que la desigualdad ha crecido desde los noventa, debido a la crisis económica y también la emergencia del sector no estatal, siendo este último el candidato predilecto. Pues bien, qué tal si se considera la desigualdad en la posesión de activos (tierra, casas, autos), que no se originó en los noventa sino que tiene un largo recorrido que no pudo ser torcido completamente entre 1959 y 1989. Antes de 1990 esos activos no producían una renta (dado que no existía un entorno de mercado que lo hiciera posible), por lo tanto, no hacían una contribución significativa a las diferencias de ingresos, aunque probablemente sí a la de riqueza y bienestar. Eso cambió.

Entonces, otra vez, ¿a cuál ideal podemos aspirar? Le escuché decir al economista cubano Juan Triana que la mejor manera de fracasar es proponerse objetivos imposibles. Creo que en este caso está pasando. Pienso que la igualdad sobre la que están hablando muchos es impracticable e inviable en Cuba. La historia se encargó de revertir procesos que fueron frágiles, más nominales o formales. Aquellos parámetros de igualdad que tuvimos respondieron a unas circunstancias tan especiales que no serán replicables otra vez.

También es mucho más fácil y, sobre todo conveniente para determinados grupos, decir que el sector no estatal es la causa de la desigualdad en Cuba. Y la desigualdad, como ustedes saben bien, es también multidimensional, así que habría que hablar de color de la piel, de género, del lugar donde vives en Cuba, de la familia. Creo que hay un debate incompleto, mal informado y a veces mal intencionado sobre la desigualdad, que confunde y genera unas expectativas de igualdad que no van a ser posibles para Cuba.

También hay otros problemas tan o más importantes que deberíamos estar discutiendo. ¿Cuándo se va a hablar sobre informalidad en Cuba?, por ejemplo. Según la ONEI, hoy la proporción de personas trabajando formalmente es de sesenta y cinco por ciento, bajísimo, y ha decrecido más de diez puntos desde el 2009 hacia acá.

FLR: ¿Estamos hablando de la población económicamente activa?

RTP: Sí, las personas en edad laboral, que es diecisiete años a sesenta para las mujeres y sesenta y cuatro para los hombres. Los recursos laborales son los más importantes en cualquier país, no el petróleo. Si a ese porcentaje le restas, por ejemplo, los estudiantes de la educación superior, que es una deducción exagerada porque muchos estudiantes trabajan, ha decrecido en más de un millón doscientas mil personas del 2009 hasta acá. Incluyo también en el análisis el mal conteo de los que emigran, porque como cambiaron la metodología en el 2013 ahora prácticamente nadie emigra. Pasamos de ser de los que más emigración tenían a no tener ninguna, así somos, pendulares. Entonces estamos ante un grave problema: el sistema económico no absorbe fuerza de trabajo. Con el perfil demográfico que tiene Cuba la prioridad tiene que ser emplear a toda persona que pueda trabajar, y emplearlo con productividad creciente, esa es la tarea número uno del sistema económico cubano hoy.

A veces estos nuevos debates sirven para desviar la atención sobre otros problemas que vale la pena discutir, como la informalidad, ¿qué pasa con todas esas personas? ¿Cómo se pudiera atraerlos a la formalidad para que pagaran impuestos? Ahí te encuentras con otros problemas, porque este es el único país sobre la Tierra en el que mientras más trabajadores contratas, más impuestos pagas (en el sector privado). En todo el mundo es exactamente al revés porque hay un incentivo al empleo formal, empleo que paga impuestos y sobre el que puedes crear mecanismos para regular.

Esto no quiere decir que el proceso de actualización no haya tenido problemas. Los ha tenido, de todo tipo, tanto de alcance, como de velocidad, como de diseño e implementación de políticas. A mi juicio, la implementación ha sido lo peor del proceso. De buenas intenciones está hecho el camino del infierno, así tienes que lograr instrumentarlo exitosamente en la práctica.

Yo me pregunto, si en este país se supone que la propiedad social debe ser la dominante, ¿por qué evolucionó más la reforma hacia el trabajo privado y cooperativo y menos hacia la empresa estatal? No encuentro mucha lógica en eso, quizás por ahí tenía que haber empezado la reforma o por lo menos llevarlo simultáneamente.

Nosotros casi siempre hemos pretendido resolver el problema de la igualdad, igualando hacia abajo. O sea, sin desarrollo de las fuerzas productivas, sin progreso. Entonces, es obvio, claro que las personas, las familias, tienen que sentirse insatisfechas con el resultado. No es mirando hacia abajo que vamos a lograr la solución al problema de la igualdad, tenemos que pensarlo hacia arriba. Obviamente surgirán dinámicas negativas, como en todo proceso de transformación, ¿qué país se ha desarrollado sin problemas? El desarrollo no es acerca de lograr hacerlo todo bien. Es hacer bien unas cuantas cosas muy importantes.

Para mí lo más preocupante es que hasta ahora la actualización no ha servido para modificar suficientemente percepciones estereotipadas y dañinas sobre el mercado, la dominancia o no de la propiedad estatal o privada en el proceso de desarrollo, el papel del Estado y el gobierno, la relación representado-representante, las concepciones sobre qué igualdad y cómo se llega. Que no esté contribuyendo a replantearnos estos asuntos es un gran problema.

En muchas ocasiones se presentan dicotomías como economía/política, ciencia/política. ¿En qué situación estamos actualmente para buscar respuestas integrales a los problemas de la economía cubana?

RTP: Para mí la política es un medio para transformar la realidad, es obvio cuando todas las revoluciones aspiran a la toma del poder político. Y si eventualmente no te ayuda a hacerlo, tienes un problema con eso, tiene que transformarse.

La sociedad es un gran ajiaco, todo se presenta mezclado e interrelacionado. La nuestra ha cambiado mucho en casi todos los ámbitos: demográfico, social, económico, cultural, y luego el sistema político no logra reflejar a cabalidad esa transformación, eso constituye un problema. Esa desconexión creciente termina generando un gran problema de legitimidad. Ahí, obviamente, creo que nosotros tenemos que repensar otra vez lo que estamos haciendo.

Por ejemplo, creo que la emergencia de todos estos medios que están alejados del control del Partido y del Gobierno, llamémosle alternativos porque ya son demasiadas las etiquetas, son una especie de respuesta a este problema. Esa sociedad que ya no es paradigma construido quiere también verse ahí. Entonces no creo que ese proceso deba simplificarse a un conjunto de muchachos y muchachas pagados por el Imperio, respondiendo a una agenda del gobierno de Estados Unidos. Eso no contribuye a visualizar los verdaderos problemas, los de nuestro sistema político. Creo que la legitimidad del gobierno cubano es lo que está en juego y no veo que estemos avanzando mucho en ese sentido. El sistema político tiene que reflejar las realidades sociales y económicas de un país.          

Las respuestas a nuestros problemas requieren un debate social, honesto e informado. La participación efectiva de todos los grupos sociales es clave. La opinión de los funcionarios y los llamados “expertos” es válida, pero no sustituyen el debate más amplio. Hoy estamos en una mejor situación respecto a 10 años atrás porque la “actualización” abrió nuevos espacios y legitimó muchos temas.Pero siento que no tenemos plena conciencia de lo limitado del tiempo para tomar decisiones claves.

CGS: ¿Y específicamente en la relación ciencia-política?

RTP: Voy a hablar de las ciencias sociales y económicas, que es de lo que estoy al tanto. Una de las fortalezas del proceso de actualización es que logró abrir el espacio para discutir una serie de temas que antes eran considerados tabú. Eso ha impactado positivamente en nuestro trabajo. A mi juicio la relación entre ciencia y política nunca es perfecta, en ningún país del mundo. La academia tiene su propia dinámica, incluso sus propios intereses, que no necesariamente están alineados con los del resto de la sociedad, y en su interior suele ser también heterogénea.

Creo que en Cuba esa relación ha mejorado porque se han creado algunas estructuras formales para posibilitar el intercambio de ideas, el debate, la retroalimentación entre academia y tomadores de decisión. También noto mucho más respeto y reconocimiento por parte de los representantes del gobierno y del Estado en relación a la academia, al menos lo siento así entre los economistas, creo que ya no son vistos como “un grupo de liberales locos”.

Luego hay un problema, por supuesto, de mediación, entre la propuesta que logras consensuar y transmitir al gobierno y en el cómo eso termina reflejándose en decisiones concretas. Ahí todavía hay debilidades, que la verdad creo que siempre van a existir, porque nosotros no somos políticos ni funcionarios y los tomadores de decisiones tienen que atender a un conjunto de requerimientos que nosotros no siempre vemos en tanto tienen que actuar para la sociedad en su conjunto. Hay ámbitos en los que noto el reflejo de esa mejoría en el diálogo, como el de la inversión extranjera, pero en otros creo que las propuestas han impactado menos en las decisiones finales.

Esa relación no es perfecta, ha mejorado formal e informalmente, pero siguen existiendo brechas. A mi juicio una buena parte de ellas son insalvables, porque tenemos roles diferentes en la sociedad. En Cuba, por ejemplo, no hay mucho trasvase de academia hacia gobierno y después retorno a la academia. O sea, el camino que usted empieza y consolida es el que termina ocupando durante toda la vida. Eso no es necesariamente bueno, el cambio de roles y el mirar los problemas desde la otra perspectiva te puede abrir el camino a valorar, a sensibilizarte también con el trabajo de los que están ahí y completar tu formación. Aprendes también cuando sales de la presión política que implica tomar una decisión y te dedicas a tiempo completo a investigar más profundamente sobre un tema, que eventualmente puedes llevar otra vez al gobierno. Eso en Cuba prácticamente no se hace y podría ser otro camino que facilite el diálogo. 

¿A qué retos específicos crees que se enfrentará la nueva dirección del país en el 2018, especialmente en materia de articulación de los sistemas político y económico?

RTP: Lo primero es que el nuevo gobierno va a asumir un país con grandes desafíos en todos los órdenes imaginables, domésticos e internacionales. En este último el escenario es mucho más complejo para Cuba que hace cinco años atrás, por el retorno de la derecha al poder en América Latina, entre otras complejidades. Pero ningún gobierno espera a que mejoren las circunstancias para gobernar. Es más, el arte del buen gobierno es que estas mejoren como resultado de sus propias decisiones. La eficacia del gobierno no puede depender de los ciclos de alternancia del poder entre la derecha y la izquierda en la región. Eso hay que contemplarlo como normal, no como extraordinario, y prever sus implicaciones y consecuencias en todos los órdenes. Hay que hacer políticas también en esas circunstancias, no solamente cuando los tiempos son buenos.

Entonces no es necesariamente el mejor escenario que hemos tenido en los últimos veinticinco años, a eso se suma la relación con Estados Unidos. Y por supuesto, este nuevo gobierno no es cualquier nuevo gobierno en Cuba, la legitimidad no vendrá del mérito histórico de hacer la Revolución, sino de la capacidad de interpretar lo que la gente quiere, y conseguir que se logren satisfacer sus legítimas aspiraciones de progreso. Ese es un cambio que no es menor.

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