El singular destino de las armas que no fueron utilizadas en el ataque al Palacio Presidencial

                        (En el 56 aniversario del 13 de Marzo)

 

 En las reuniones que dieron lugar a la Carta de México o pacto entre Fidel Castro, como máximo dirigente del Movimiento 26 de Julio; y José Antonio Echeverría, como presidente de la Federación Estudiantil Universitaria y secretario general del Directorio Revolucionario, efectuadas en agosto y octubre de 1956, se acordó que el Directorio iniciara sus acciones insurreccionales en La Habana en coordinación con la llegada de la expedición del Granma. Como es sabido, la operación  del Directorio no se pudo llevar a cabo en la fecha acordada, debido al limitado armamento de que disponíamos y teniendo en cuenta, sobre todo, que en el lugar que se pretendía tomar se concentraban las más importantes fuerzas militares de la tiranía. La búsqueda del armamento sería uno de los aspectos que iban a estar permanentemente pesando sobre los planes revolucionarios.

Para el Directorio Revolucionario la situación iba a cambiar inesperadamente. A finales de diciembre de 1956, José Antonio Echeverría se reunió con Eduardo García Lavandero y Evelio Prieto Guillaume, dos destacados combatientes revolucionarios que tenían bajo su custodia un numeroso grupo de armas,[1] correspondiente al aparato clandestino del expresidente Carlos Prío Socarrás. La oferta de Eduardo y Evelio de poner en manos del Directorio esas armas fue el paso decisivo para llevar adelante el plan del 13 de marzo. Para aquellos días, ambos combatientes ya estaban decepcionados con la inacción de Prío.

Es oportuno dejar históricamente aclarada la trayectoria de dicho armamento. Luego de tal decisión, Eduardo y Evelio, como revolucionarios honestos, acordaron que era su deber informar al jefe de la organización clandestina del expresidente lo que se proponían. Así, en los primeros días de enero,[2] Eduardo, en compañía de Faure Chomón —miembro del Ejecutivo del Directorio—, se reunieron con Menelao Mora, jefe de la organización priista, para comunicarle lo pactado con Echeverría. Menelao aprobó la propuesta sin vacilación, pero habría de añadir una solicitud: su incorporación y la de un grupo de sus hombres al movimiento.

Hay que subrayar que en sus planes conspirativos siempre había considerado, como un objetivo central, la eliminación del dictador Fulgencio Batista.[3] Así lo había previsto para el 4 de agosto de 1955 con la fracasada acción de Santa Marta y Lindero, y nuevamente en junio de 1956, en un nuevo plan organizado en la avenida 31 y calle 30 del reparto La Sierra, en La Habana. Este viejo proyecto de Mora iba a influir decisivamente en los planes del Directorio, cuya estrategia propia se fundamentaba en las tradiciones de lucha urbana, característica del movimiento estudiantil y en particular de la etapa de la lucha contra la dictadura del general Machado en los años 30.

Al realizarse el acuerdo con Fidel en agosto de 1956, los planes originales del Directorio para el inicio de la lucha insurreccional correspondían con un levantamiento en La Habana similar al del 30 de noviembre en Santiago de Cuba.

Cuando nos reunimos el Ejecutivo del Directorio,[4] a finales de enero de 1957, para precisar los detalles de nuestra acción en La Habana, la incorporación de Menelao dio lugar a un largo debate. Fructuoso Rodríguez y yo coincidíamos en que no era conveniente; no por Menelao —al que considerábamos un revolucionario honesto— sino por los hombres que lo acompañarían. La organización clandestina de Prío se había integrado por un personal heterogéneo en el que figuraban “hombres de acción” como Jesús González Cartas (El Extraño) o Eufemio Fernández, junto a politiqueros y oportunistas de los corruptos gobiernos auténticos. También había hombres honestos que habrían de morir en la lucha, como Reynold García o Calixto Sánchez, pero en general, esta adhesión  representaba grandes interrogantes para nuestro movimiento. La primera discusión se prolongó hasta la madrugada. Al reunirnos nuevamente el día siguiente, me sorprendió la intervención inicial de Fructuoso, que ahora apoyaba el alistamiento de Menelao, con el argumento de que deberíamos pasar a decidir los detalles del plan sin perder más tiempo. La única explicación plausible a este súbito cambio de opinión era que si Menelao no se incorporaba, no habría armas. Sobre nosotros influía la gran ansiedad por cumplir lo acordado con Fidel. De ahí que un punto importante de nuestra acción pasara a ser el ataque al Palacio Presidencial y la eliminación de Batista. En los tensos y trágicos días que siguieron a la reunión no tuve oportunidad de aclarar este cambio.

Por una parte, todos sentíamos un profundo rechazo a la criminal trayectoria del dictador desde los años 30. Su ajusticiamiento nos parecía una sanción justa. Por otra, no teníamos dudas de que su desaparición representaba el derrumbe de su régimen, tal como sucedería el 31 de diciembre de 1958.

Como resultado de la afiliación de Menelao y de las armas se iba a despejar otro detalle histórico. Pocos días antes del 13 de marzo, en una reunión del Ejecutivo autorizamos a Eduardo García Lavandero a salir clandestinamente hacia los Estados Unidos. Esto, entonces, se explicó escuetamente: se dirigía a buscar armas. Pero si se tiene en cuenta el corto lapso entre la salida de Eduardo y el día 13, el propósito señalado no tenía posibilidades objetivas.

La incógnita se aclaró muchos años después. Menelao se reunió con Echeverría para concretar los acuerdos tomados, después de haberse encontrado con Eduardo y Chomón. Este contaba que, aparte de ratificar su intención de incorporarse, “Menelao planteó también que tenía compromisos con otros dirigentes y los consideraba cuestión de honor”. Cuando uno se pregunta quién o quiénes podían ser esos dirigentes, resulta obvio que no debería tratarse de Fidel; y la lógica señala que Menelao, siendo también un hombre honrado, querría informar las decisiones tomadas a su jefe el expresidente Prío. Esto explica la extraña salida de Eduardo, a quien en esos momentos ya considerábamos como un dirigente del Directorio y que, sin embargo, se alejaba cuando íbamos a entrar en acción.

Pero el acuerdo entre el Directorio y Menelao iba a traer otras consecuencias, algunas de ellas trágicas. Tal como habíamos temido, una parte importante de las armas no sería utilizada por la cobarde retirada de algunos de los miembros de la organización clandestina priísta, sumados a través de Menelao. Así, el contingente que debería apoyar al comando que entraría en Palacio y que estaba equipado con el armamento más poderoso, no lo hizo.[5]

Según el plan, grupos fuertemente armados deberían rodear el Palacio y desde los altos edificios circundantes neutralizar con sus disparos las acciones de la guarnición batistiana e impedir el refuerzo. Se organizaron tres: uno se concentraría en el Paseo del Prado con las armas que fueron situadas en la calle Morro en un camión de la tintorería Daytona, que conduciría el compañero Domingo Portela. Otro, se concentraría en Luyanó, en el parque de Fábrica y Herrera, con las armas depositadas en un camión amarillo típico del reparto de leche de antaño, bajo la responsabilidad de un tal Jimmy Morales. El tercero partiría en un camión del hotel Chateau Miramar con una ametralladora calibre 50. Este llegó a las cercanías de Palacio en los momentos en que se desarrollaba el combate, pero dio la vuelta, se retiró aceleradamente y arrojó la ametralladora y todas las armas al mar. Los otros dos grupos tampoco actuaron. Su justificación fue que no habían recibido el aviso acordado, sin tomar en cuenta la alocución radial de Echeverría, realizada según el plan. El jefe de esta operación era el veterano español Marcelino Manen (Ignacio González) quien en los días siguientes salió al exilio en Costa Rica, sin dar explicación de lo acontecido.

En la acción iban a desempeñar un papel importante algunos veteranos de la Guerra civil española por los que todos sentíamos gran admiración y respeto. El grupo conocido como “Los Gallegos” estaba compuesto por  Daniel Martín Labrandero, un destacado combatiente que había ascendido de miliciano en 1936 a jefe de la 15 Brigada Internacional al final de la guerra y que por su experiencia sería el candidato ideal para jefe militar de nuestro plan. Fue asesinado por la policía batistiana cuando tratábamos de rescatarlo de la prisión del Príncipe. Los otros dos combatientes españoles eran Carlos Gutiérrez Menoyo, que sustituiría a Daniel y que murió el 13 de marzo[6] y Marcelino Manen, conocido como Ignacio González, a cargo del grupo de apoyo al comando que asaltaría el Palacio y que no entró en acción. Varios veteranos cubanos se incorporaron también al plan: Norberto Hernández Nodal, viejo luchador guiterista, que también murió el día 13; Santiago Agüero Triana y Mario Morales Mesa, a cargo del grupo que se concentró en el Paseo del Prado.

En los días que siguieron a la acción, mientras compilábamos información sobre los hechos y analizábamos los resultados bajo la dirección de Fructuoso, entonces máximo dirigente del Directorio, nos surgió la preocupación por las armas que no se habían utilizado. En la primera reunión del Ejecutivo después del asalto acordamos continuar la lucha en La Habana, a pesar del revés sufrido, para lo cual el armamento constituía un elemento fundamental.

El camión de la tintorería Daytona fue rescatado de manera heroica por Domingo Portela en la mañana del 14, a pesar de la vigilancia policial en los alrededores de Palacio. Lo condujo hasta la entonces Clínica Covadonga en el Cerro, donde, con la ayuda de Julio Martínez, un enfermero de la institución conocido como Santa Clara, lograron esconder las armas en el sótano de uno de los pabellones. Pero a partir de ese momento perdimos el rastro de ese cargamento.

El camión de Luyanó bajo la responsabilidad de Jimmy Morales quedó abandonado y fue rescatado  por uno de los movilizados para la acción, Horacio González Polanco —más tarde, capitán del Ejército Rebelde—, quien trasladó el vehículo hasta una casa en la calle 11, n. 110, entre C y D, en Lawton,  donde residía Jorge de la Nuez, un colaborador de la lucha revolucionaria.[7] En las horas siguientes, De la Nuez contactó con el Movimiento 26 de Julio y lo puso al corriente de la situación. Rápidamente se presentó allí Marcelo Salado, destacado combatiente de la clandestinidad de La Habana, quien asumió la responsabilidad sobre aquel armamento, pues formaba parte de la dirección del 26.

Como a las 7:00 a.m. del día siguiente se comenzó el traslado de aquellas armas en dos autos, uno de ellos un Volkswagen manejado por Marcelo Salado a quien acompañaba su esposa. El destino inmediato sería una casa en el reparto La Víbora, situada D’Strampes, n. 120, en la que residía el estudiante universitario Pepe Garcerán que militaba en el 26.[8] La ubicación de esas armas la pude descubrir por casualidad en los días inmediatos al asalto, cuando, intentando localizar a Fructuoso, llegué hasta ese lugar donde él había estado escondido anteriormente. Al entrar a la vivienda, vi, detrás de un mueble, los paquetes de armas que yo personalmente había amarrado cuando organizábamos las acciones de Palacio. No pude recuperarlas, pues en esos momentos no disponía de un vehículo para transportarlas y cuando conseguí un auto y regresé, ya no estaban allí.

Para seguir el rastro de este cargamento tuve que acudir a otra referencia. En el libro de memorias de Lorna Burdsall,[9] esposa del comandante Manuel Piñeiro, aparecen datos adicionales. Piñeiro, natural de la ciudad de Matanzas, era un combatiente activo en las filas del 26 de Julio. A fines del 56 se trasladó con Lorna para La Habana, donde estableció inmediatamente contacto con Marcelo Salado, según consta en el citado libro. Relata Lorna que buscando un alojamiento para sus actividades revolucionarias “nos llevaron a ver una casa vacía [sic] en una barriada de La Habana llamada La Víbora donde habían estado escondidas armas”. Evidentemente se trataba de la casa de Pepe Garcerán. Pero finalmente alquilaron una pequeña casa en Miramar, en 5ª Ave. e/ 112 y 114, cerca del parque de diversiones Coney Island, “suficientemente discreta” para trasladar las armas de La Víbora hacia allí. Una vez más Marcelo Salado sería el encargado, con su esposa, de efectuar el movimiento en su pequeño Volkswagen. Según Lorna, el garaje de la casa era ideal para preparar el envío de esas armas hacia la Sierra Maestra, escondidas en los autos. Ello era una prioridad importante en esos días de 1957. Después del desembarco, Fidel había dado la orden de no abrir otros frentes guerrilleros en la Isla y enviar todos los recursos, armas y equipos posibles hacia las montañas orientales.

La continuidad de la historia nos hace acudir ahora al libro Los cuentos de Barbarroja, del periodista Jorge Timossi.[10] En el capítulo “La pareja ideal”, relativo a Piñeiro y su esposa, aparecen nuevos datos. Allí se describe cómo Marcelo Salado y otros trasladaban gran cantidad de armas a aquella casa en Miramar. Se señala que en esa operación tendría una alta responsabilidad otro estudiante, Germán Amado Blanco, un colaborador cercano de Faustino Pérez. Dicho capítulo recoge las palabras de Fernando Hernández, un mecánico que se encargaba de acomodar el armamento en los autos: “Mi trabajo se incrementó mucho después del asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo. El Movimiento se apoderó de muchas armas, algunas pesadas…”, y comenta que todos estaban muy contentos. Agregaba Hernández que cuando la policía detuvo a Marcelo Salado en esos días y Piñeiro se marchó a la Sierra Maestra, “se mantienen algunas cosas en la casa y Germán queda responsable de ellas hasta que dejan vacío el lugar”.[11]

Cuando tuvimos indicios de que las armas, o parte de ellas, habían pasado a manos de los compañeros del 26 de Julio, de inmediato iniciamos las gestiones para localizar a Faustino Pérez y llegar a un acuerdo con él al respecto. Casualmente, en esos días de finales de marzo Faustino fue apresado por la policía batistiana y Armando Hart lo sustituyó en el cargo. Logramos reunirnos con él y nos comunicó que no podía hacer nada al respecto.[12] Algo paradójico de este episodio es que fue precisamente Germán Amado Blanco quien nos condujo a aquella reunión clandestina con Hart.

Hay que aclarar que el transporte de armas para la Sierra no solo se efectuaba utilizando autos. Julio Martínez Páez, el destacado cirujano ortopédico, en su libro Un médico en la Sierra explica que también se utilizaba un camión del BANFAIC, organismo que pertenecía al gobierno, cuyo chofer era simpatizante de la revolución.

Según el artículo de Robreño, para realizar el traslado de las armas de Palacio los compañeros del 26 en La Habana hicieron contacto con Carlos Iglesias, Nicaragua, ya que Frank País se encontraba en prisión en esos días. El primer encuentro se realizó el 17 de marzo en la capital. En las conversaciones se subrayó que corrían el riesgo de perder las armas por la fuerte represión que realizaban las fuerzas batistianas. Nicaragua también tenía la instrucción de Fidel de trasladar de inmediato a la Sierra cuantas armas se obtuvieran sin importar el calibre.

El exitoso final de la llegada de las armas a la Sierra Maestra el día 19 de mayo de 1957 fue relatado con entusiasmo por el Che Guevara, según el cual, la carga consistía en “tres ametralladoras de trípode, tres fusiles ametralladoras Madsen, nueve M-1 y diez fusiles automáticos Johnson, además de seis mil tiros”.[13] Estos datos son muy esclarecedores si se tiene en cuenta que las armas en posesión de Eduardo García Lavandero y Evelio Prieto Guillaume correspondían al mismo tipo.

En conclusión, el recibo del armamento no utilizado el 13 de marzo permitió la realización de uno de los combates iniciales más importantes del naciente Ejército Rebelde: el ataque al cuartel de El Uvero, el 28 de mayo de 1957. Afortunadamente, las armas que se escaparon de nuestras manos fueron a parar a los guerrilleros del Movimiento 26 de Julio en la Sierra Maestra, bajo la dirección de Fidel Castro, lo que contribuyó a lo que el Che calificó como “la victoria que marcó la mayoría de edad de nuestra guerrilla”.

 

[1] Julio García Oliveras, José Antonio Echeverría. La lucha estudiantil contra Batista, Editora Política, La Habana, 1979.  Se trataba de once carabinas M-1, una decena de ametralladoras Thompson, igual número de fusiles semiautomáticos Johnson, siete fusiles ametralladoras Madsen y cuatro ametralladoras calibre 30.06 de trípode.

[2] Véase Faure Chomón, El ataque al Palacio Presidencial, p. 14.

[3] Véase Heberto Norman Acosta, La palabra empeñada, t. 1, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2005, p. 87. Para muchos de los integrantes de la lucha revolucionaria en Cuba el objetivo se reducía a eliminar al dictador y restablecer la Constitución de 1940, pero la nueva generación revolucionaria tenía fines de más alcance, relacionados con una revolución radical en el campo político, social y económico.

[4] Sus miembros éramos José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, Faure Chomón, Julio García Oliveras, Enrique Rodríguez Loeches y Samuel Biniakonski Cherson.

[5] Se trataba de fusiles semiautomáticos Johnson, fusiles ametralladoras Madsen y ametralladoras de trípode.

[6] Menoyo había huido muy joven de la España franquista y se había unido a los “Franceses Libres” en África; terminó la guerra como combatiente condecorado de la 2ª División Blindada francesa.

[7] Véase Gustavo Robreño, Granma, La Habana, 19 de julio de 2008.

[8] Véase M. E Garcerán de Vall y C. M. Menéndez, Reencuentro con Pepe Garcerán, Ediciones La Memoria, La Habana, 2012.

[9] Lorna Burdsall, More than Just a Footnote, 2001.

[10] Jorge Timossi, Los cuentos de Barbarroja, Oficina de Publicaciones y Proyectos Especiales del Instituto Cubano del Libro/ Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999.

[11] Ibídem.

[12] Véase Armando Hart, Aldabonazo, Pathfinder.

[13] Ernesto Che Guevara, Diario de un combatiente, Ocean Sur, 2011.

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