AMLO en su laberinto

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Los símbolos

Como presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) vive en su casa, no en la antigua residencia oficial de Los Pinos, que desde el 1 de diciembre es un centro cultural abierto al público; va al trabajo en Palacio Nacional a bordo de su Jetta particular; dirige una reunión diaria sobre seguridad a las 6 de la mañana y a las 7 habla con los periodistas de todos los temas posibles. Puso en venta el avión presidencial, viaja en clase turista en vuelos comerciales y hace la fila para abordar, como cualquier pasajero.

Disolvió al Estado Mayor Presidencial, el cuerpo de seguridad del Jefe de Estado; rechaza con vehemencia disponer de una custodia, aunque formó una “ayudantía” de civiles que organiza sus movimientos. Saluda a las personas en la calle, toma un café en alguna esquina, escucha peticiones, se toma fotos y reitera que no fallará. Redujo su salario a 108 mil pesos mensuales (unos 5 mil 400 dólares). Su partido Morena, con mayoría en el Congreso, hizo aprobar una ley que regula los salarios de los funcionarios públicos, siempre debajo de ese límite.

Convencido de que el origen y el motor de la situación en México es la corrupción y de que solo se le combate como se barren las escaleras, “de arriba hacia abajo”, López Obrador acude al lenguaje de los símbolos y a la resonancia de su cargo para mostrar una vida pública exenta de lujos, en un país con una desigualdad descomunal. “No puede haber país pobre con gobierno rico”.

Con un programa de cambios impulsado por una mayor inversión pública y una fuerte política social, el mandatario no tiene una línea de trabajo que sea más emblemática, más visible y quizás más reconocida que su propia militancia en las filas de la austeridad y la transparencia, con lo que ha convertido su gestión en una tarea didáctica.

Las sacudidas

La batería de primeras decisiones oficiales ha sacudido al país en distintas formas. La cancelación de la obra de un nuevo aeropuerto internacional para la Ciudad de México abrió un choque con los tenedores internacionales de bonos que financian la construcción y que obliga al gobierno a buscar una solución negociada y a enfrentar costos, como las presiones a las tasas de interés, la deuda, la prima de riesgo y el tipo de cambio. Tras el acuerdo del Congreso de aumentar los delitos cuya imputación implica prisión inmediata, especialistas y defensores de derechos humanos advierten el riesgo de que, con un débil y corrompido aparato judicial, las cárceles se nutran de inocentes. Una extendida ola de opiniones, que incluye a la de su propia esposa, reprocha al presidente el desdén por su seguridad personal y le reclama que cuide responsablemente a quien es titular del Poder Ejecutivo.

Sin las garantías y resguardos de una elección formal, AMLO puso a consulta popular la decisión del aeropuerto y la de un paquete de proyectos sociales y económicos. Las votaciones respaldaron los planes oficiales, pero la asistencia a las urnas fue apenas del uno por ciento del electorado en cada caso. A las críticas por la ligereza del ejercicio y la exigua concurrencia, López Obrador replicó con la defensa de su objetivo principal: las grandes decisiones deben consultarse con la población, no tomarse en la soledad de las oficinas.

La rebaja salarial para los funcionarios públicos desató protestas, renuncias, jubilaciones anticipadas y una insólita rebelión de jueces y magistrados, que reivindican sus ingresos como garantía de independencia. Al alegato de una posible merma de técnicos y profesionales del Estado calificados y su remplazo por personal inexperto, el gobierno y su partido han reaccionado con datos de altos ingresos o de gastos dispendiosos en el Congreso y la judicatura.

Inclinado a improvisar en público, López Obrador responde a las críticas. Llama “fifí” (conservadora, elitista) a la prensa que lo hostiliza. A menudo atribuye la discrepancia a campañas concertadas. Los partidarios del gobierno se suman a las réplicas en medios y redes sociales, los adversarios suben el tono y la discusión se polariza. Sólo han pasado unas semanas de nuevo gobierno y el clima político está crispado.

En contraste con los jaloneos, el gobierno logró un acuerdo con empresarios y sindicatos para aumentar el salario mínimo en un 16 por ciento, para llegar al equivalente a 153 dólares mensuales. En la frontera norte, que vive bajo el impacto directo de la economía estadunidense, el alza es del doble, para ubicarse en 264 dólares mensuales.

El presupuesto de 2019 se basa en una reasignación de partidas y la reducción de gasto corriente. Crecen los recursos para salud, defensa, promoción del empleo y petróleo, pero el plan tiene premisas ortodoxas, con un riguroso cumplimiento de las obligaciones financieras, superávit primario y déficit público de dos por ciento. Aunque México es el país que menos recauda en la OCDE y uno de los más bajos en América Latina, no hay aumento de impuestos de inmediato. La gran pregunta es si el sector privado tendrá la confianza para invertir, como le demanda el presidente. 

López Obrador designó secretario (ministro) de Defensa Nacional al general de División (máximo rango) Luis Cresencio Sandoval González, de 58 años de edad. Con posgrados en Estados Unidos y ex agregado militar adjunto en la Embajada en Washington, antes de su nombramiento era el comandante de la Región Militar que incluye al convulsionado estado nororiental de Tamaulipas. Lo más notable de su ascenso es que, por primera vez en tres décadas, el titular del ramo procede de un mando operativo y no de la plana mayor. Así se rompió la dinámica del relevo que ha prevalecido en el alto mando durante el tiempo que lleva México sumido en la espiral de narcoviolencia y en un solo movimiento quedó de lado en el escalafón toda una generación de altos oficiales. 

Historia y entorno

López Obrador recurre a la historia en todas las formas posibles. Propone un vuelco contra la desigualdad y la corrupción al que llama “Cuarta Transformación”, un episodio distinto y equivalente a los grandes hitos de los dos siglos pasados (Independencia, Reforma y Revolución Méxicana). Antiguo miembro y funcionario público del Partido Revolucionario Institucional (PRI, hegemónico durante casi ocho décadas), rompió con esa organización, se acercó a movimientos sociales, transitó en los años ochenta hacia el frente opositor encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y luego al Partido de la Revolución Democrática (PRD), ambas formaciones, en su momento, representativas de la izquierda. Aspirante a la Presidencia en tres ocasiones, quizás no haya líder político como él que haya recorrido casi todo el país. La alianza que triunfó en las presidenciales de julio pasado comprende un espectro muy amplio, desde la izquierda tradicional hasta grupos evangélicos. Su liderazgo caudillesco, su oratoria, la política social y el énfasis en las grandes multitudes, puede emparentarlo con las experiencias de Perón o Vargas. Pero, como quiera que se le vea, no se puede examinar al fenómeno AMLO con herramientas convencionales ni hay manera de ubicarlo con etiquetas conocidas.

Sumergido en los problemas internos, López Obrador parece poco interesado en una política exterior protagónica. Su foco de atención está en el entorno inmediato, Estados Unidos y Centroamérica. Ha conversado con Donald Trump en una forma en que ambos han considerado positiva e impulsa un plan regional para alentar el desarrollo en el istmo y mitigar la migración. Además de este factor, el camino de la relación con el vecino del norte está minado con una agenda que incluye tráfico de armas, narcotráfico, trata de personas y la ratificación del nuevo acuerdo comercial norteamericano, entre otros puntos, por lo que se perfila una variante volátil al combinar esa senda con el trato impredecible del actual jefe de la Casa Blanca.   

 

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