La emigración cubana entre dos siglos

Autor(es): 
Resumen: 

 

El movimiento de seres humanos en nuestro planeta constituye un problema de difícil solución. Se encuentra en el centro de las preocupaciones de la comunidad internacional y, de hecho, en el núcleo de los conflictos globales de la humanidad. A lo largo del siglo pasado, y en particular en su última década, las estadísticas indicaron amplias oleadas migratorias, que se desplazaban a un ritmo nunca antes visto.

 

El movimiento de seres humanos en nuestro planeta constituye un problema de difícil solución. Se encuentra en el centro de las preocupaciones de la comunidad internacional y, de hecho, en el núcleo de los conflictos globales de la humanidad.

A lo largo del siglo pasado, y en particular en su última década, las estadísticas indicaron amplias oleadas migratorias, que se desplazaban a un ritmo nunca antes visto. El carácter masivo de las migraciones aumenta debido a la diferencia en el nivel de vida entre países, la inestabilidad política, la pobreza y la búsqueda de mejores condiciones económicas y sociales, en general. No se descartan tampoco los motivos religiosos, así como las consecuencias que provocan los conflictos armados y los desastres naturales.

Los destinos tradicionales de las principales corrientes migratorias internacionales siguen siendo, en América del Norte, los Estados Unidos y Canadá; en Europa Occidental, Inglaterra, Holanda, Francia, Alemania, Bélgica, Suiza, España, Italia y los países nórdicos; Australia; y en el continente africano, la República Sudafricana. En América Latina, Argentina, Venezuela y Costa Rica mantienen la primacía como receptores.

Mientras tanto, se diversifican los lugares emisores de migrantes y nuevas corrientes se establecen desde el sur al norte, de la periferia al centro, e incluso dentro del sur y del norte, y de los países centrales o periféricos.

El Caribe ha tenido una amplia presencia como emisor de migrantes. República Dominicana, Puerto Rico y Cuba han ocupado lugares de significación, tanto por los volúmenes de sus flujos migratorios, como por sus cualidades, en particular, a partir de inicios de la década de los 60.

La migración cubana se distingue quizás por sus condicionantes históricas, económicas y geopolíticas. Este no es un fenómeno nuevo ni específico del siglo pasado, aunque adquiere rasgos diferentes con el proceso iniciado con el triunfo de la Revolución, y después de más de cuarenta años continúa presente. No obstante, según las cifras que aporta en el contexto de los grandes flujos migratorios, el caso cubano no clasifica entre los primeros lugares en el mundo.

Hasta el primer tercio del siglo xx, Cuba mantuvo saldos migratorios externos positivos debido principalmente al aporte de la inmigración española y antillana. Si se analiza en términos de influencia en el crecimiento de la población, esta se mantuvo a un ritmo que, hasta 1931, marcó un 2,9% a causa de la inmigración.[1] Con el arribo del siglo xx y el nacimiento de la República, la necesidad de reconstrucción económica de la Isla motivó la búsqueda de vías para el aumento de la fuerza de trabajo, entre ellas la importación de mano de obra, en especial para labores agrícolas. La influencia de esta inmigración en el crecimiento de la población llegó al millón de personas.[2]

La crisis mundial de 1929 a 1933 y el consecuente colapso de la producción azucarera observado en los primeros años de la década de los 30, constituyen el fin de la condición de Cuba como país de inmigración, que lo había distinguido durante toda su evolución histórica. A partir de entonces comienzan a dictarse leyes de carácter restrictivo, que establecen requisitos para la entrada de extranjeros como inmigrantes.[3]

En el período censal de 1931 a 1943, la tasa de crecimiento demográfico desciende a 1,58 de promedio anual, debido, entre otros factores, al valor negativo que por vez primera asume el saldo migratorio externo, como consecuencia de la repatriación forzada de antillanos, promovida por el gobierno de Gerardo Machado. A ello se une el movimiento poblacional de cubanos hacia el exterior por causas políticas, económicas y, en general, de búsqueda de espacios sociales diferentes, en diversos momentos históricos, que caracteriza su tendencia hasta 1959.

Entre 1930 y 1950, emigran más de 35 145 personas, con destino predominante hacia los Estados Unidos. La cifra de cubanos registrados en territorio norteamericano entre 1950 y 1958, asciende a más de 50 950.[4]

Como se conoce, la historia migratoria de Cuba hacia los Estados Unidos se remonta al siglo xix: en 1870 se registraron más de 12 000 inmigrantes; el monto aumenta a 20 000 en 1890 y se duplica en 1910. Entre 1891 y 1900 fueron admitidos allí 33 066 migrantes del Caribe. Más de la mitad eran cubanos.[5]

Las causas que provocaron estas migraciones, incrementadas a partir de 1860, aunque presentan condicionantes diversas, tenían como elemento común las contradicciones de orden político y la situación económica imperante, agudizadas sobre todo desde 1868, cuando el factor político constituyó la causa principal de las salidas de cubanos al exterior. Desde entonces, los problemas económicos, políticos y sociales han estado presentes en los procesos migratorios externos de Cuba, con particular énfasis en los momentos de crisis económicas, base de la búsqueda de nuevos horizontes y posibilidades, fundamentalmente en los Estados Unidos, España y algunos países del área del Caribe.

En las décadas de los años 20 y los 30, la emigración desde Cuba hacia los Estados Unidos la integran básicamente sectores trabajadores —entre ellos mulatos y negros— que se establecen en Nueva York y Nueva Jersey en busca de opciones laborales, y quienes prácticamente no tuvieron movilidad social, al continuar años después en calidad de obreros, lo que los iguala al resto de los migrantes del Caribe en esa época.[6]

Los años 40 y los 50 esperan por ser estudiados en relación con lo conocido sobre este proceso en el siglo xix, para establecer la existencia de cadenas migratorias y redes de parentesco, junto con los procesos de relación cultural y, por tanto, de factores de atracción y expulsión, en especial en el flujo de migrantes cubanos hacia los Estados Unidos.

Hipótesis al respecto sugieren la posibilidad de que aun sin producirse el triunfo de la Revolución en 1959, la tendencia de la emigración desde la Isla hacia los Estados Unidos, y en general hacia diferentes confines del planeta, hubiera alcanzado matices de consideración en la última mitad del siglo xx, y con sujetos migrantes pertenecientes, en esencia, a una población pobre, protagonista de una movilidad poblacional donde el factor económico y social fuera predominante.[7]

 

La emigración en la Revolución

El año 1959 marca la modificación de los componentes migratorios tradicionales de Cuba, al cobrar un papel central, tanto los elementos políticos y económicos motivados por la propia evolución del proceso revolucionario, como por la contradicción entre los Estados Unidos y Cuba, entre los cuales el tema migratorio ocupa particular espacio.

La historia de este proceso se inicia con la primera oleada migratoria después del triunfo revolucionario, integrada por aquellos vinculados directamente, en el plano político, militar y también económico, con la dictadura de Fulgencio Batista, y continúa con otras cuya motivación política, económica y de reunificación familiar se presenta con matices diferenciales según etapas y flujos migratorios.

La ruptura del patrón migratorio tradicional cubano se produce no solo por el aumento de las cifras de personas que emigran, sino por los actores sociales envueltos en el fenómeno. Entre 1959 y 1999 habían emigrado, por todas las vías posibles, hacia diferentes lugares del mundo más de 1 079 000 personas.[8]

Los Estados Unidos, el principal país receptor de la emigración cubana, modifican sustancialmente su actitud, al manejar el factor migratorio como parte de su política de hostilidad hacia la Revolución cubana, en diferentes etapas durante más de cuarenta años. Cuba pasa a integrar el contenido de una política que se desarrolla desde la década de los 50 para beneficiar, bajo la condicionante de «refugiados», a los migrantes de los países del entonces campo socialista. De esta forma, se aplican políticas de recepción, estímulo y restricción selectiva de los cubanos, de acuerdo con los presupuestos, en diferentes etapas, de la relación antagónica entre los dos países, la situación interna de la sociedad cubana y las tendencias y prioridades de la política inmigratoria norteamericana.

En tales marcos se inscriben el Programa de Refugiados Cubanos, a inicios de los 60, y la Ley de Ajuste Cubano, de 1966. Esta se fundamenta en el tratamiento de «refugiado político» al inmigrante cubano, política vigente hasta nuestros días. Los acontecimientos desde 1999 hasta hoy, iniciados con la tragedia del caso del niño Elián González, vinieron a corroborar la nefasta acción que significa la existencia de esta Ley. Solo un cambio en el conflicto bilateral, que implicara la eliminación del bloqueo y una incidencia concreta en el tema migratorio, pudiera modificar ese tratamiento a nuevos inmigrantes de origen cubano.

Aunque en menor grado, otros países son receptores de emigrados cubanos. Los casos más representativos son Venezuela, México y España. La existencia de estos otros asentamientos de cubanos en el exterior responde a la determinación de residir en otro escenario geográfico diferente a los Estados Unidos, a la existencia de redes de parentesco y a la tradición en el flujo migratorio hacia estos lugares. A ello se une la utilización de países «puentes», y las reales posibilidades encontradas con posterioridad por los inmigrantes para su traslado hacia territorio estadounidense.

El proceso emigratorio se va a concretar en etapas o ciclos, con flujos que se diferencian en el orden cualitativo y cuantitativo, de acuerdo con sus rasgos sociodemográficos y motivacionales. Se presenta una diferencia significativa entre la emigración que se produce entre 1959 y 1962, e incluso hasta 1965, y el resto de las oleadas. Los primeros migrantes se autodefinen como «exiliados», y reciben los impactos directos de la acción de la política migratoria de Cuba y su carácter defensivo, restrictivo y excluyente. Tal problemática impacta al resto de las oleadas hasta hoy.[9]

Para cada una de estas oleadas es necesario señalar el carácter multicausal que históricamente ha tenido el flujo migratorio, su vinculación con factores internos de la sociedad cubana, tales como las transformaciones políticas y económicas y las contradicciones socioclasistas que se producen, junto con la afectación, e incluso ruptura, de la relación familiar, con incidencia particular en la subjetividad de las personas.

Sobre todo en la década de los 90, los rasgos del flujo migratorio externo de Cuba se caracterizan por la combinación de la emigración definitiva y la temporal, y significativas cifras de visitas al país de emigrados cubanos, un estimado de más de 160 000, solo entre 1995 y 1997.

La composición y motivaciones de los emigrantes cubanos en los 90 se diferencian, con respecto a otras oleadas, en sus aspiraciones; hay un mayor predominio de elementos económicos —incluyendo la movilidad laboral— en combinación con factores de orden político, y otros como la reunificación familiar y la desconfianza en el proyecto social de la Revolución, para salir de la actual crisis.

Sobre esta dinámica es necesario apuntar dos elementos de especial valor. El primero se refiere al ciclo migratorio del cubano, a partir de la relación entre los procesos de migración interna y externa en la Isla, de la continuación de uno en el otro. Tal como demuestran investigaciones sobre el tema,[10] ante la actual crisis, una de las salidas de la población es la búsqueda de nuevos espacios geográficos donde poder solucionar los problemas de la vida cotidiana e, incluso, hallar una nueva orientación y perspectiva de futuro. La decisión de emigrar es una elaboración racional, en la cual el que toma tal determinación es el individuo, pero no como actor aislado, sino con la intervención de otros, principalmente de la familia, en la que existe una distribución de roles, por lo que a determinado sujeto le puede tocar emigrar.

El otro elemento se refiere a la movilidad laboral, debido al impacto que la evolución de los procesos de trabajo ha ejercido sobre las migraciones externas de los 90 en Cuba, los probables efectos en esa y anteriores oleadas sobre la vida laboral de los migrantes, así como sobre los conceptos e imágenes de los trabajadores cubanos, sean o no migrantes potenciales. El problema convoca a una búsqueda más acuciosa de las conexiones entre migración y trabajo y, de modo inverso, entre trabajo y migración, en un escenario donde obstáculos de toda índole tornan imposible la regeneración del patrón anterior de crecimiento.

A partir de 1995, la sociedad cubana promueve un conjunto de cambios sustantivos que inciden directamente sobre el tema de la emigración. Estos elementos de cambio abarcan no solo el escenario interno, sino también aquellos relacionados con el externo, en particular con la política migratoria de Cuba y hacia los emigrados, la dinámica de la emigración, y la relación migratoria con el principal receptor de esta. De ellos se puede definir un conjunto de factores, cuya naturaleza objetiva y subjetiva influye, como causa o consecuencia, en el movimiento o traslado de personas. Estos son de tipo económico, familiar, psicosocial, político y jurídico, entre otros.

Para el estudio de la emigración cubana de fines del siglo xx e inicios del xxi, es preciso abordar estos factores en toda su magnitud; combinar los análisis macro y microsociales, con énfasis en los aspectos de decisión individual, y desentrañar la dinámica propia de la emigración desde Cuba.

Las vías y formas del proceso migratorio externo cubano, durante los últimos cuarenta años pueden sintetizarse en los siguientes elementos:[11]

l  La emigración legal hacia diferentes países con la condicionante adicional de la definición de «refugiado político» que le otorgan los Estados Unidos a la inmensa mayoría de los inmigrantes cubanos, y que incluso influye en la proyección de otros países receptores. Por esta vía han emigrado cerca de 900 000 personas. Se aprecia su carácter cíclico y, en el caso de los Estados Unidos, su sujeción a aspectos formales de la política inmigratoria norteamericana, y de su aplicación.

  • Las salidas ilegales, dirigidas a territorio norteamericano, y que han incluido, en diferentes momentos, la utilización de la Base Naval de Guantánamo, así como las islas Gran Caimán, Jamaica, Bahamas y República Dominicana, entre otras. Desde 1985, y hasta la firma de los Acuerdos Migratorios de 1994, el fenómeno de las salidas ilegales desde Cuba ha involucrado a unas 82 500 personas considerando tanto las salidas exitosas, como los intentos frustrados en territorio cubano. Con posterioridad y hasta el segundo semestre de 2000, la cifra no supera las 7 500 personas entre quienes arribaron a las costas de los Estados Unidos y quienes fueron interceptados por el Servicio de Guardacostas y devueltos a Cuba, según lo pactado en el Acuerdo Migratorio de 1994 y su complemento de 1995.[12]
  • El traslado de más de 8 500 cubanos desde terceros países hacia los Estados Unidos bajo el auspicio del Programa «Éxodo», de la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) hasta 1992.[13]
  • Las negativas de regreso de cubanos que viajan al exterior en visitas temporales por asuntos oficiales o personales. Una parte significativa de sus protagonistas, hasta inicios de la década de los 90, finalmente llegaba a territorio de los Estados Unidos, tendencia que para fines del siglo pasado se diversificó con mayor incidencia en otros países.
  • El regreso forzoso de inmigrantes cubanos, política que abarca a los «marielitos excluibles», los recluidos en la Base Naval de Guantánamo en 1994 que no fueron aceptados por los Estados Unidos como inmigrantes, junto a la devolución hacia Cuba de las personas que intentan arribar a territorio norteamericano por vía marítima y son capturadas por el Servicio de Guardacostas de ese país, en cumplimiento de los Acuerdos Migratorios de 1994 y 1995. En este punto se incluyen los pequeños grupos de indocumentados cubanos devueltos por otros países que han firmado acuerdos con el gobierno cubano.
  • La emigración temporal, como nuevo componente en el flujo emigratorio cubano, con cifras de importancia en el segundo lustro de la década de los 90, y que abarca disímiles sectores de la sociedad cubana, como consecuencia del proceso de flexibilización de la política migratoria de Cuba, y del impacto del Período especial en el país.

 

Desde 1959, y en consonancia con la politización e ideologización que asume el tema migratorio entre Cuba y los Estados Unidos, el acto de emigrar cobra el significado de «abandono de la patria» y, por ende, asume grados de estigmatización que se han mantenido hasta el presente, en particular en la definición de una «emigración definitiva».

A partir de la Crisis de Octubre de 1962, se había suspendido, de manera casi absoluta, la posibilidad de salir de Cuba hacia los Estados Unidos. Ya desde entonces había comenzado la acción de la llamada teoría de la «olla de presión», entendida como parte de la manipulación política del tema migratorio por los Estados Unidos. Esta se complementa con el bloqueo para fomentar el conflicto dentro de la Isla. En gran medida, sus consecuencias determinaron las oleadas o ciclos migratorios, cuando las acciones de la parte cubana posibilitaron hechos tales como Camarioca, en 1965; Mariel, en 1980, y la llamada «crisis de los balseros», de 1994, para dar salida a la interrupción del flujo migratorio y provocar conversaciones que han dado por resultado la adopción de canales para su normalización legal.[14]

Para el proceso migratorio externo de Cuba, 1994 constituyó un punto de viraje y búsqueda de normalización en el caso del flujo hacia los Estados Unidos. Los Acuerdos Migratorios incluyen medidas concretas para intentar eliminar, o por lo menos reducir, el fenómeno de las salidas ilegales, por vía marítima, hacia ese país. No obstante, ello no significa la supresión de toda preferencia al inmigrante cubano, ni la eliminación total de la entrada de indocumentados cubanos a territorio estadounidense, como se puede apreciar desde 1997 a la fecha.

Desde la firma de los Acuerdos y hasta fines de 2000, han sido devueltas por las autoridades estadounidenses más de 2 800 personas capturadas en alta mar en su intento de arribar a las costas de los Estados Unidos, en unión de más de 480 que lo hicieron por la Base Naval de Guantánamo.[15] El control se establece y se ejecuta, pero el fenómeno se mantiene, en tanto existen condicionantes en el país emisor y en el receptor que lo propician, aunque el peso específico y origen de cada una sea diferente.

Esas condiciones resultan difíciles de eliminar y, de hecho, se convierten en factores de alto riesgo para el cumplimiento de este importante acápite de los referidos acuerdos, e incluso es una variable de riesgo para la seguridad de Cuba.

Un balance de los Acuerdos entre 1995 y 1999 indica la estabilización del flujo regular legal de migrantes desde Cuba, así como el corte, solo en determinado grado, de la emigración ilegal por vía marítima, no así el arribo de cubanos a los Estados Unidos por otras vías, incluyendo el contrabando de personas.

 

Visas otorgadas por los Estados Unidos según acuerdo migratorio de 1994.*

Fuente: Estudio del CEAP, desde 1995 al primer semestre de 1999, sobre la base de fuentes oficiales de Cuba.

* No incluye el descuento de las personas admitidas desde Guantánamo a partir de 1995 como parte de los Acuerdos de 1994 (5 000 anuales).

** Incluye la cifra de visas otorgadas por «refugio político» según consideraciones de la parte norteamericana y la categoría de Parolee, que significa visas por cuestiones humanitarias, otorgadas fundamentalmente a familiares y personas que integran el núcleo familiar de aquellos que obtienen un visado como inmigrantes.

 

El cumplimiento de los referidos Acuerdos marca pautas en el orden de la regulación migratoria entre ambas partes. Los Estados Unidos mantienen niveles de preferencia a los inmigrantes cubanos, que van desde la vigencia de la citada Ley de Ajuste (ajusta el estatus inmigratorio de todo cubano que sea inspeccionado y aceptado por el Servicio de Inmigración y Naturalización de ese país, para obtener la residencia al año y un día de estar en territorio norteamericano), el tratamiento del tema del refugio político (vinculado a esta), así como los propios Acuerdos Migratorios. Estos son preferenciales en sí mismos, y de manera particular al instrumentar un sorteo migratorio especial para el caso cubano. Como ejemplo mucho más puntual y excepcional, se presenta el año 1995, según se aprecia en el total y desglose de las visas emitidas (ver Tabla).

La tendencia debe conducir al cumplimiento de la cifra mínima de lo estipulado, de acuerdo con un criterio de selectividad en los migrantes, como ocurrió entre 1996 y 1999.

Desde otro ángulo, los Acuerdos posibilitan que el país receptor oriente selectivamente la composición sociodemográfica de los migrantes, a lo cual se adiciona que el sorteo-lotería —establecido como parte de aquellos—, permite realizar e incluso mantener un levantamiento del potencial migratorio en la Isla, con la sistematicidad que se considere oportuna.

La práctica norteamericana de negar una alta cifra de solicitudes de visas para visitas temporales de ciudadanos cubanos residentes en la Isla, ha estado presente, en diferentes momentos, durante los últimos cuarenta años, Cobró particular fuerza a fines de la década de los 80. Entre 1990 y 1994 se denegó el 40, el 60, y hasta el 80% de las solicitudes, lo cual agravó la problemática migratoria entre los dos países, hasta el estallido de la crisis de los balseros en 1994. Con posterioridad, se denegaban aproximadamente nueve de diez solicitudes, hasta 1998. Tal medida, aunque responde al derecho que tiene todo país a dejar entrar o no a determinado visitante, se convierte en un elemento desestabilizador del flujo migratorio entre ambas partes, y potencia la intención de grupos poblacionales de emigrar definitivamente. En la actualidad, se aprecia una tendencia al cambio de esta acción, cuando se otorga un número importante de visas para personas con sesenta años o más.

El análisis del patrón migratorio cubano en la década de los 90 indica un grupo de cambios, iniciados con la emigración del Mariel de 1980, y que se sigue diversificando a fines de los 80. Estos tienen que ver con las relaciones Cuba-Estados Unidos, y con elementos que responden a las condicionantes internas de la sociedad cubana a finales del siglo xx, los cuales inciden en el complejo motivacional de las personas que toman la decisión de emigrar.

Diferentes estudios sobre este proceso aportan elementos centrales acerca del potencial migratorio cubano, y los rasgos sociodemográficos de estos migrantes. Demuestran que, en la sociedad cubana, una de las salidas adoptadas ante la crisis es la determinación de emigrar, ya sea temporal o definitivamente.[16]

Según estudios realizados al respecto,[17] el potencial migratorio —con un soporte estimado de cuatro a cinco años (1995-1999)— presenta una cifra mínima de 490 000 personas y un tope cercano a las 800 000. Sus rasgos sociodemográficos son: sujetos jóvenes menores de cuarenta años, mayormente entre los 25 y los 35, de raza blanca y sexo masculino de modo predominante; aunque existe una mayor cifra de mujeres, en estos mismos parámetros, que en oleadas pasadas. Sus principales zonas de residencia son Ciudad de La Habana (cerca del 65%), La Habana, Villa Clara, Camagüey y Pinar del Río. Sus niveles de instrucción califican entre medio y superior. En el actual potencial migratorio cubano existe un alto número de profesionales y técnicos, con los rasgos sociodemográficos señalados.

Un medio de verificación del estudio del potencial migratorio externo de Cuba, para fines del siglo pasado, son los resultados de la inscripción en el sorteo-lotería para emigrar hacia los Estados Unidos. Según datos de ese país, la cifra de inscritos en 1995 fue de alrededor de 190 000; en el 96 alcanzó más de 400 000 y, ya en el 99, casi arriba a la cifra de estimado máximo de personas (800 000) que optan por una visa de inmigrante. Estudios realizados en Ciudad de La Habana (1998-1999) verifican en gran medida los rasgos sociodemográficos apuntados en el potencial migratorio externo.

La sociedad cubana de los 90 está integrada por otros sectores que pueden o no estar comprendidos en este potencial y que no tienen la misma disposición hacia la emigración definitiva, ya sea por sus rasgos sociodemográficos (entre los que sobresale el color de la piel), por no tener redes de parentesco en la emigración asentada en el exterior, por poseer antecedentes penales, o por pertenecer a sectores profesionales, técnicos e intelectuales que, por diversas razones, no deciden emigrar definitivamente. Con excepción de quienes tienen antecedentes penales, el resto se beneficia con los elementos de flexibilización de la actual política migratoria de Cuba.

La población temporal con Permiso de Residencia en el Exterior (PRE), establecido por Cuba en los años 90, por sus cifras y rasgos sociodemográficos, motivacionales, así como dinámicas internas, abre interrogantes que recién se comienzan a investigar, sobre la base de que es un fenómeno sociológico con mayor presencia y proyección.

La emigración cubana total asentada en el exterior se calcula entre 1 400 000 y 1 500 000 personas; la mayor parte se encuentra radicada en los Estados Unidos. El Censo de 1990 en ese país registró 1 043 932 personas de origen cubano. De acuerdo con el crecimiento ulterior de esta cifra a partir de nacimientos, y de la emigración en los últimos cinco años, el monto de cubanos es de 1 300 000, de acuerdo con los resultados del Censo 2000.[18]

Según los estimados del Centro de Estudios de Migraciones Internacionales de la Universidad de La Habana y el censo realizado por la Dirección de Atención a Cubanos en el Exterior (DACRE) del MINREX, sobre la emigración hacia diferentes países (excluyendo a los Estados Unidos), unos 130 000 cubanos residen en América Latina, 37 000 en Europa, y más de 1 000 en el resto del mundo.[19]

Los principales asentamientos fuera de los Estados Unidos se encuentran en España, Venezuela, Puerto Rico y México, sin desconocer que también existen colonias importantes de cubanos en Costa Rica, otros países de Centro y Sudamérica, así como en los antiguos países socialistas de Europa del Este, fundamentalmente en Rusia.

 

Los cubanos en los Estados Unidos: demografía y enclave

A partir de la dinámica histórica de la emigración desde Cuba hacia los Estados Unidos, y sobre la base de los datos del Censo de 1990 en ese país, así como posteriores actualizaciones hasta los resultados iniciales del Censo 2000,[20] se pueden hacer algunas consideraciones. 

La población de origen cubano está radicada, de modo mayoritario, en el sur de la Florida, en especial en el Condado de Miami Dade, donde se calcula que vive el 59% del total ubicado en ese país. El 35% restante se distribuye en áreas como Nueva Jersey (8,1%), Nueva York (7,1%), California (6,9%), fundamentalmente en las grandes ciudades de dichos estados. No obstante, se reporta presencia de cubanos en el resto de los estados de la Unión.

Los cubanos representan el 0,4% de la población norteamericana y el 4,0 % de los hispanos radicados en los Estados Unidos. El total de personas de origen cubano registradas por el Censo 2000 es de 1 241 685, de las cuales cerca de un millón nacieron en la Isla. El 48,4% es del sexo masculino y el 51,6% femenino. El 83% se autodefine como blanco, un 4% como negro, menos de un 1% asiático y un 12% mestizo. El 20,3% posee alrededor de cuatro años de educación superior, similar al de la población estadounidense y once veces por encima del resto de la hispana.

La edad media es de 39 años, la que supera en seis a la de la población estadounidense y en trece a la de los otros hispanos. A partir de ello, y teniendo en cuenta, entre otros factores, el hecho de que los índices de natalidad de la población de origen cubano son bajos, esta tiende a envejecer, si bien habría que analizar las dinámicas de cambio introducidas a partir de los flujos migratorios en la década de los 90, constituida principalmente por jóvenes.[21]

El grupo etáreo más representado está entre los 30 y 59 años (41,4% de la población total), en segundo lugar figuran los que tienen 60 años o más (22,4% de la población total), luego se ubican los jóvenes entre 15 y 29 (21,3%) y por último, los que cuentan entre 0 y 14 años, que constituyen el 15,6% de la población total objeto de análisis.

De manera general, la población joven de origen cubano residente en los Estados Unidos representa el 21,37% de su total. Predominan los adultos jóvenes, sobre todo los que tienen entre 25-29 años de edad, lo cual indica cierto envejecimiento, incluso dentro de este estrato poblacional, en comparación con otros grupos de hispanos.

En múltiples oportunidades desde el ángulo político e incluso desde los medios de comunicación, tanto en Cuba como en los Estados Unidos, se habla de la comunidad cubana en ese país. Sin embargo, tal denominación, en uno y otro caso, resulta insustentable partiendo de las cualidades sociológicas, psicológicas y económicas que fundamentan la determinación de una comunidad de inmigrantes, incluyendo los procesos medulares de su identidad.[22]

Si tomamos como punto de referencia esos propios parámetros en el orden conceptual, se reconoce en diversos estudios[23] la existencia de un enclave socioeconómico, étnico-cultural, en el sur de la Florida. Su principal asentamiento radica en el condado de Miami Dade, y tiene particulares proyecciones políticas tanto en su interior, como hacia el resto de los Estados Unidos y el propio país de origen.

Dentro del Condado de Miami Dade, los cubanos se concentran en tres ciudades: Hialeah (74,1%), Miami City (62,2%) y Miami Beach (47,9%). Si consideramos a todos los hispanos residentes en cada una de estas ciudades, la presencia de personas de origen cubano es significativa.

El enclave se caracteriza por un sólido sentido de «identidad cubana» entre sus residentes, fortalecido por un grupo importante de factores. Un análisis de la evolución cultural experimentada por el grupo de origen cubano muestra que su proceso de acomodación a la nueva sociedad no debe ser caracterizado cómo aculturación lineal o simple incorporación de características adoptadas del entorno, a expensas de aquellas asociadas a la cultura de origen.

Como señalan varios autores residentes en los Estados Unidos,[24] el enclave socioeconómico y político (creado al calor e impulso del Programa de Refugiados Cubanos, a inicios de la década de los 60), facilitó y aún continúa facilitando, mediante mecanismos de solidaridad étnica, el desarrollo de una amplia red de pequeños negocios. Estos negocios se unen a un elevado grado de diversificación en los mercados internos receptores de productos étnicos, a la consolidación y desarrollo de su influencia en la dinámica económica y política de la región y, finalmente, a la creación de una vasta gama de instituciones sociales, religiosas, artísticas y educativas en función de reforzar los rasgos culturales cubanos.

A esta dinámica se une la peculiaridad de la estructura y funcionamiento económico de la familia cubana emigrada radicada en esa región,[25] la cual promueve y facilita la movilidad social ascendente entre sus miembros, con la incorporación de un número importante de estos a la fuerza laboral. Existe una alta tasa de empleo entre las mujeres, y una marcada tendencia a contar con la presencia de ancianos en el hogar, quienes contribuyen, de alguna forma, al ingreso familiar. El cuadro se complementa con bajos niveles de natalidad.

Estudios recientes[26] indican que el grupo de origen cubano en el sur de la Florida transita por un aumento de su heterogeneidad social y política, contraria a la visión estereotipada y altamente divulgada, de una comunidad caracterizada por el éxito económico generalizado y, por ende, la existencia de amplios sectores en la opulencia y el bienestar.

Nos encontramos ante una creciente estratificación social en el enclave, que determina una gama de intereses sociales y económicos. Estos intereses fluctúan entre grupos de empresarios que manejan inversiones multimillonarias en el sur de la Florida y países de la Cuenca del Caribe, y otros que tienen representación en un extenso sector de pequeños empresarios, y han sido los mayores responsables de la creación y mantenimiento del enclave económico. Este espectro se completa con la existencia de grupos profesionales, integrados en asociaciones de origen cubano, y una creciente masa de trabajadores manuales, cuyas filas se nutren frecuentemente con nuevas oleadas de inmigrantes que arriban a la comunidad.

Los años 90 marcan un hito en este proceso, con el arribo de cientos de personas cuya motivación básica es de tipo económico, que representan a una importante masa de población en busca de otros espacios laborales y de mayores ingresos, aunque no signifiquen necesariamente una movilidad social ascendente en el plano profesional.

Del 35,5% restante de los cubanos en los Estados Unidos poco se conoce, dada su dispersión geográfica en cincuenta estados de la Unión.[27]

Después de la Florida, en Nueva Jersey se localiza el mayor número (87 085), los que, según estudios realizados a inicios del segundo lustro de la década de los 90, parecieran tener opiniones y actitudes más moderadas, menos agresivas y un mayor acercamiento hacia la Isla, en comparación con lo que se observa en Miami.[28] Otro dato de interés en relación con lo antes señalado es que el grupo etáreo más representado lo constituyen los que se encuentran entre los 25 y 34 años de edad, mientras que los de 65 en adelante ocupan el tercer lugar.

Nueva York, ciudad con más cubanos residentes antes de 1959, ocupa actualmente el tercer lugar, en el país (en 1990 ascendían a 77 016) y es probablemente, donde resulta más evidente la heterogeneidad de este grupo étnico en los Estados Unidos. A diferencia de Nueva Jersey, el grupo etáreo más representado se encuentra entre los 55 y 64 años de edad, el 20,1% emigró antes de 1960, y el 10,8% a partir de 1980.[29]

La historia de organizaciones progresistas entre los cubanos de Nueva York, el distanciamiento de las posiciones más intolerantes con respecto a la Isla, así como la ausencia de protagonismo al tratar de incidir en la política del gobierno norteamericano, son algunos elementos que pueden sustentar la hipótesis de la moderación y un mayor acercamiento al país de origen, distinto del que se aprecia entre los residentes de la Florida e incluso de Nueva Jersey.

El siguiente estado donde se reporta mayor concentración de cubanos es California (75 034), localizados mayormente en Los Ángeles. La mayoría de los que aquí residen llegó con anterioridad a 1980; el 12% nació en el país y el 10,3% emigró entre 1980 y 1990.[30]

Un análisis comparativo sobre los cubanos que viven en los cuatro estados mencionados, indica que, a diferencia de los de Miami y Nueva Jersey, los de Nueva York y California se desenvuelven en una dinámica distinta, desde el ángulo económico, social y político; de ahí la probabilidad de que la actitud de estas personas hacia su país de origen tenga diferentes matices.

 

Diferencias y actitudes

Para la conformación de un criterio al respecto habría que analizar detenidamente la situación económica, y las tendencias y proyecciones políticas de los emigrantes de origen cubano en ese país, lo cual no constituye objeto del presente trabajo. No obstante, intentaremos señalar un par de elementos al respecto.

Se precisan estudios que particularicen el análisis económico-social y ayuden a no sobredimensionar —ni subestimar— los procesos económicos y sociales del principal asentamiento de la emigración cubana.

La situación económica, es uno de los temas menos estudiados en Cuba, lo que dificulta una valoración actualizada. Algunos datos indican que a inicios de los 90, los cubanos en los Estados Unidos presentaban un cuadro de poca significación, comparado con el nivel empresarial norteamericano.[31] Esta situación se modifica sustancialmente si el marco de comparación es el de los hispanos en ese país, donde sí ocupan un relevante lugar, dado, en primer orden, por la situación específica del enclave del sur de la Florida. Como hemos señalado, allí la importancia económica de la emigración cubana es significativa, más aún en la medida en que ello se puede traducir en fuerza o potencialidad política local. Aunque grupos específicos de cubanos han triunfado económicamente, la mayoría ha tenido logros modestos e, incluso, a inicios de la década de los 90, un 15% vivía bajo el nivel federal de pobreza, cifra que debe haberse incrementado en la actualidad.

Dentro de la emigración cubana asentada en los Estados Unidos se ha ido produciendo un proceso de heterogeneización y diversificación social y económica que debe continuar manifestándose, porque el flujo desde Cuba persiste y los nuevos migrantes no solo están sujetos al normal proceso de adaptación e inserción en la sociedad receptora, sino que tendrán que enfrentar un contexto mucho menos favorecedor que el de los años 60, cuando arribaron las primeras oleadas después del triunfo de la Revolución cubana.

Desde otro ángulo, el patrón de asentamiento histórico de los cubanos que llegan a los Estados Unidos, caracterizado por la concentración en el sur de la Florida, no parece haber tenido variaciones con la emigración de los años 90. Ello aumenta la visibilidad del grupo al no diluirse en el resto del territorio estadounidense. Es de esperar que se hagan más evidentes sus diferencias internas, las que hoy pueden catalogarse en tres grupos: la segunda generación (los nacidos en los Estados Unidos y los que se fueron muy pequeños), los emigrados que arribaron antes de 1980 y aquellos que lo hicieron a partir del éxodo del Mariel y durante la década de los 90.[32]

El tránsito de una primera a una segunda generación migratoria ha ido acompañado, hasta el momento, de una movilidad social ascendente, lo que se expresa en que, como tendencia, los miembros de la segunda generación de las oleadas migratorias anteriores a 1980, ocupan los mejores puestos de trabajo y reciben los más altos ingresos como grupo. Este proceso podría seguir un curso diferente para la segunda generación de los que emigraron en 1980 y con posterioridad, dados los cambios experimentados en las condicionantes que inciden en la movilidad social de estas personas. De tal forma, la segunda generación en sí misma sería heterogénea en su composición.

El otro elemento destacable se refiere a las tendencias y proyecciones políticas de esta emigración, a partir de reconocer que se enmarca en un contexto cuya expresión mas acabada, según han apuntado diferentes estudiosos del tema,[33] depende del marco político estadounidense y de las percepciones que sobre la evolución de la Revolución cubana se forjan en esa emigración.

Si bien la intransigencia del «exilio histórico» se mantiene y predomina el accionar de la derecha y ultraderecha, también se vienen registrando cambios —en especial en el Miami cubano—, que reflejan una profundización de su heterogeneidad política e ideológica, con una tendencia que pareciera conducir a la moderación. La apertura cultural y los vínculos familiares, incluyendo el tema de las remesas, son elementos y canales básicos en este proceso.

Sin embargo, los acontecimientos en torno al caso del niño Elián González, evidenciaron el nivel de intransigencia y sentimiento anti-Revolución cubana que continúa prevaleciendo en la ultraderecha de estos inmigrantes. El control de los medios de comunicación de habla hispana, sus influencias políticas, y las presiones que ejercen en el «enclave», los lleva a menudo a actitudes contrarias a determinados principios sociales y jurídicos de la sociedad receptora. De esta forma, se alejan de las posiciones de centro e incluso de derecha de esta comunidad, así como del resto de los cubanos residentes en los Estados Unidos.

Más del 40% de las personas que conformen esta emigración en los próximos años, habrá vivido la experiencia de la Revolución cubana durante una buena parte de su existencia, por lo que portan características socioclasistas y demográficas diferentes a las que distinguían a los protagonistas de las primeras oleadas, de lo que se derivarán nuevos y diferentes impactos en la configuración de la emigración cubana en los Estados Unidos.

 

Consideraciones finales

El análisis del proceso migratorio externo de Cuba en el siglo xx y, en especial, durante los últimos cuarenta y dos años, muestra cómo se perfilan los rasgos que caracterizan a la Isla como país de emigrantes, sin que represente un caso destacado en el tremendo y constante flujo poblacional en el planeta. Esta característica prevalece incluso si lo analizamos comparativamente, en el contexto del principal asentamiento de cubanos, con el resto de los inmigrantes de todas partes del mundo, o con los de origen hispano y del área caribeña y latinoamericana, en los Estados Unidos.

La condición de país de emigración entraña retos importantes para el presente siglo, en los órdenes individual, social, y nacional; lo familiar, cultural y demográfico ocupan espacios de gran importancia, por los problemas que implica el fenómeno migratorio en cada una de estas esferas. Por solo mencionar uno, el demográfico representa una seria alerta, dada la situación de las tasas de crecimiento de la población cubana y su envejecimiento, en un escenario donde se mantiene un potencial migratorio de consideración, en contraste con las bajas tasas de crecimiento poblacional. Se corre el peligro de una erosión etárea, de género, profesional y técnica de importancia para el futuro del país.

Otra esfera de gran significación es la política, vista en el contexto particular de la migratoria y de la de Cuba hacia su emigración. La primera, en gran medida continua determinada por el estricto control de las fronteras nacionales, a partir de una sustentación en elementos de la seguridad nacional, desde 1959 a la fecha; aunque en medio de un proceso de reformulación, o más bien de flexibilización, en la década de los 90. Esta política tiene elementos e impactos diferenciales en determinados sectores profesionales, académicos e intelectuales, entre otros; los cuales inciden, de alguna manera, en el posible replanteo de la emigración definitiva hacia una temporal.

En cuanto a la política de Cuba hacia su emigración, constituye un proceso de tendencia dinámica, en el que interactúan diferentes momentos que reflejan la complejidad y el carácter contradictorio de las relaciones implicadas. Desde 1959 a la actualidad, confluyen en esta política tres factores primordiales: el estado del conflicto bilateral entre Cuba y los Estados Unidos, la situación interna de la emigración cubana en el exterior, en especial la del principal país receptor y, no menos importante, la situación del clima sociopolítico de Cuba.

La actuación de cada uno de estos factores ha sido definitoria en la política cubana hacia su emigración, donde aparecen definiciones del acto de emigrar como abandono de la patria, la salida definitiva sin retorno, la confrontación, el diálogo y el proceso de normalización de las relaciones con la emigración, como elementos de una historia de más de cuatro décadas, con sólidas interrelaciones en el orden político e ideológico.

En los últimos diez años se ha producido un grupo importante de acciones y medidas, algunas de las cuales responden al sentido de flexibilización de la política migratoria y significan el reconocimiento de cambios en los tres factores primordiales antes mencionados, aunque se enmarcan, de forma más general, en la política hacia la emigración.

El reto para Cuba radica, por una parte, en continuar y potenciar aún más esta tendencia en su política, sobre la base de diferenciar su aplicación, a la vez que se normaliza y desarrolla la relación humana y objetiva con aquellos cubanos asentados en diferentes confines del mundo, que así lo quieran. Se trataría de propiciar el necesario flujo de cubanos en el mundo, en contraposición a una emigración definitiva, con las consecuencias negativas que, desde todos los ángulos, tiene para la Isla.

 

[1]. Raúl Castellón Hernández, La revolución demográfica en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998.

[2]. Ibídem.

[3]. Véase Revista Económica y Financiera, v. XXXI, n. 369, La Habana, diciembre de 1956, p. 25.

[4]. Census of Population, 1960. US Department of Commerce Economic Statistics Administration. Bureau of the Census.

[5]. Antonio Aja, Emigración cubana, en proceso de preparación para su edición, y Tesis de Licenciatura en Historia de Lidia Ordaz, tutoreada por el autor en el curso 2000-2001; Antonio Aja, «Principales tendencias de las migraciones externas en Cuba», Taller Académico Problemas y Desafíos para Cuba Contemporánea, Instituto Kellog para Estudios Internacionales, Centro Hesburgh, Universidad Notre Dame, 1998.

[6]. Gerald E. Poyo, Con todos y para el bien de todos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998; «Cuban Communities in the United States: Toward and Overview», Seminar on Cuban American Studies, mayo de 1984.

[7]. Antonio Aja, Emigración..., ob. cit.; Lisandro Pérez, «La emigración y la crisis estructural de la República. 1946-1958», Temas, n. 24-25, enero-junio de 2001, p. 85.

[8]. Fuentes oficiales cubanas citadas en Antonio Aja, «Aproximación al flujo migratorio externo de Cuba en la década de los 90», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1996; «Cuban Emigration in the 1990s», Cuban Studies, Pittsburgh, n. 30, 1999.

[9]. Existen varias periodizaciones de los flujos migratorios desde Cuba hacia los Estados Unidos a partir de 1959, realizadas por autores en Cuba y en el exterior. Estas toman en cuenta diversos elementos de corte histórico, sociodemográfico y político. En todos los casos se distribuyen las cifras de emigrados cubanos en etapas que pueden abarcar momentos de alza o de baja en las salidas del país. En función del presente trabajo se asumen seis etapas fundamentales, 1959-1962, 1965-1973, 1980, 1984-1994 y 1995 al presente. Cada una marca rasgos particulares en cuanto a cifras de migrantes, vías utilizadas para emigrar y rasgos de las personas que emigran.

[10]. Antonio Aja y Guillermo Milán, «Estudio del potencial migratorio externo de Cuba», Informe final de investigación, CEAP, Universidad de La Habana, 1995; Consuelo Martín, «Emigración, familia y vida cotidiana en Cuba», Tesis doctoral, Universidad de La Habana, 2000.

[11]. Véanse, entre otros autores, Ernesto Rodríguez Chávez, «El patrón migratorio cubano: cambio y continuidad», Cuadernos de Nuestra América, n. 20, La Habana, 1992; Félix Massud-Piloto, With Open Arms. Cuban Migration to the United States, Rowman and Littlefield, Nueva Jersey, 1988; Jorge I. Domínguez, «Cooperating With the Enemy? U. S. Immigration Policies Toward Cuba», Christopher Mitchell, ed., Western Hemisphere Immigration and U.S. Foreign Policy, The Pennsylvania State University Press, 1992; Silvia Pedraza-Bailey, «Cuba’s Refugees: Manifold Migrations», en Silvia Pedraza y Rubén G. Rumbaut, Origins and Destinies. Immigration, Race, and Ethnicity in America, Wadsworth Publishing Company, California, 1996; Antonio Aja, Emigración..., ob. cit.

[12]. Varios, Los balseros cubanos, Pinos Nuevos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996; Antonio Aja, Actualización 95-99, estimados del autor a partir de datos e informaciones publicadas por el Servicio de Guardacostas de los Estados Unidos y el Gobierno de Cuba.

[13]. Se refiere a la firma de un acuerdo entre la FNCA, el Departamento de Estado y el Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos, para patrocinar la entrada de cubanos desde terceros países, sin costo para el gobierno norteamericano, desde 1988 a 1992.

[14]. Se refiere a tres momentos importantes en el flujo migratorio desde Cuba hacia los Estados Unidos a partir de 1959. Camarioca, en 1965, significó la solución dada por el Gobierno de Cuba a la interrupción del flujo de emigrantes hacia los Estados Unidos, provocada por estos, como parte de la utilización del tema migratorio en su política contra la Revolución cubana. Cuba autorizó que los emigrados que quisieran recoger a sus familiares lo hicieran por el puerto de Camarioca en la provincia de Matanzas. Por esta vía emigraron unas 2 700 personas en dos meses, a la vez que la situación creada obligó a la firma del Memorandum de Entendimiento entre los Estados Unidos y Cuba para organizar el flujo migratorio. Se abrió así la etapa de 1965 a 1973 en el flujo migratorio desde Cuba hacia los Estados Unidos. Mariel, en 1980, representa un momento de importancia en la relación migratoria. Los acontecimientos en la Embajada de Perú en La Habana, y la respuesta del Gobierno y la mayoría de la población cubana, marcan hechos relevantes en su historia. Desde el ángulo migratorio, se produce un segundo momento (continuidad de Camarioca) por parte de Cuba, en respuesta a la interrupción por parte de los Estados Unidos del flujo migratorio desde Cuba y el incremento del fenómeno de las salidas ilegales. Por el puerto del Mariel, en la provincia de La Habana, emigran 125 000 personas hacia los Estados Unidos y se inicia una nueva etapa en el flujo de cubanos hacia ese país, caracterizado por la presencia de nuevos rasgos sociodemográficos en los migrantes, que los diferencian de las características de las primeras oleadas en los 60 y 70. La crisis de los balseros, en 1994, se refiere al fenómeno de las salidas ilegales por vía marítima. En el verano de 1994, la manifestación de este fenómeno arriba a su clímax —tenía un alza sostenida desde 1990 en medio de la crisis económica del Período especial—-, cuando nuevamente Cuba revierte la situación creada con la interrupción por los Estados Unidos del flujo por vía legal y permite la salida de más de 36 700 personas. Como resultado final se llega a nuevos acuerdos migratorios entre los Estados Unidos y Cuba, en septiembre de 1994 y mayo de 1995, que regulan y favorecen el flujo migratorio legal, pero no cierran definitivamente el problema de las salidas ilegales.

[15]. Fuentes oficiales cubanas.

[16]. Antonio Aja, Guillermo Milán y Marta Díaz, «La emigración cubana de cara al futuro. Estimación de su potencial migratorio y algunas reflexiones en torno a la representación de los jóvenes en su composición», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1995.

[17]. Antonio Aja, Guillermo Milán, «Estimación del potencial migratorio externo de Cuba para fines de siglo», Informe final de investigación, CEAP, Universidad de La Habana, 1995.

[18]. Bureau of the Census, «Persons of Hispanic Origin in the United States, Census of Population», 1990,1990; U.S. Departament of State, International Information Programs Washington File, 7 de marzo de 2001. Diversity of U.S. Hispanic Population Highlighted in Census Report, http://unsifo.state.gov.

[19]. Se toman en consideración los siguientes Informes de investigación, Guillermo Milán, «Estimado de cubanos residentes en el exterior», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1995; DACRE, MINREX, «Los cubanos residentes en el exterior. Censo estadístico por países y consideraciones generales», 1997.

[20]. Bureau of the Census, ob. cit.; Thomas D. Boswell, «A Demographic Profile of Cuban Americans», Miami, 1994; Marta Díaz, «Los cubanos en el Censo de 1990 de los Estados Unidos, Notas para un debate», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1996; Miriam Rodríguez, «La emigración cubana: algunas de sus principales características sociodemográficas y psicológicas», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1994; Marta Díaz, «Algunas características sociodemográficas de los jóvenes de origen cubano residentes en los Estados Unidos», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1995.

[21]. Guillermo Milán, ob. cit.

[22]. Alejandro Portes y M. Zhou, «The New Second Generation: Segmented Assimilation and its Variants», en Annals of the American Academy of Political and Social Science, 1994; Marta Díaz y María I. Domínguez, «La segunda generación de la comunidad cubana en el sur de la Florida», Informe final de investigación, CEAP, Universidad de La Habana, 1997.

[23]. Carlos Álvarez, «Lo contextual y lo afectivo-simbólico en la identidad cubana del sur de la Florida», Taller Cuba: Cultura e Identidad Nacional, Unión de Escritores y Artistas de Cuba-Universidad de La Habana, 1995; Alejandro Portes, Robert D. Manning, «The Immigrant Enclave. Theory and Empirical Examples», en Susan Olzak, ed., Competitive Ethnic Relations, Academic Press, 1986; G. Grenier y Lisandro Pérez, «Miami Spice: The Ethnic Cauldron Simmers», en Silvia Pedraza y Rubén G. Rumbaut, ob. cit.; Lisandro Pérez, «Cubans in the United States», The Annals of the American Academy of Political and Social Science, ob. cit., 1986.

[24]. Ibídem.

[25]. Ibídem; Lisandro Pérez, «Immigrant Economic Adjustment and Family Organization. The Cuban Success Story reexamined», Immigration Review, v. XX, 1986; Alejandro Portes, «The Social Origins of the Cuban Enclave Economy of Miami», Sociological Perspectives, v. 30, 1987; Consuelo Martín, «La emigración cubana y la familia», Primer Encuentro Iberoamericano de Familia, Cuba, 1993; «Perspectiva teórica-psicosocial para el estudio de la familia cubana emigrada», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1995.

[26]. Carlos Álvarez, ob. cit.

[27]. Thomas D. Boswell, ob cit.; Marta Díaz, ob cit.; Miriam Rodríguez, ob cit.; Marta Díaz, «Algunas características...», ob cit.

[28]. Ibídem.

[29]. Ibídem.

[30]. Ibídem.

[31]. Milagros Reinosa Martínez, Antonio Aja, «Reseña sobre la emigración cubana en los Estados Unidos», Informe final de investigaión, CEAP, Universidad de La Habana, 1996.

[32]. Marta Díaz, Antonio Aja, «Análisis comparativo de la emigración cubana hacia Estados Unidos, según año de entrada», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1997-1998.

[33].Thomas D. Boswell, ob cit.; Marta Díaz, ob cit.; Miriam Rodríguez, ob cit.; Marta Díaz, «Algunas características...», ob. cit.; «Reflexiones sobre la dinámica política en la emigración cubana-americana y proyecciones de los Estados Unidos hacia Cuba», Anuario CEAP, Universidad de La Habana, 1995; Milagros Martínez Reinosa y María R. Gentile, «La inserción política de los cubanoamericanos en el sistema de los Estados Unidos», Informe final de investigación, CEAP, Universidad de La Habana, 1996; Lisandro Pérez, «Cuban Miami», en Guillermo Grenier y Alex Stepick III, Miami Now, University Press of Florida, 1992; Guillermo Grenier, «FIU Cuba Poll. Tables and Questions», 1997, IPOR, FIU; Jesús Arboleya, «Las corrientes políticas en la comunidad de origen cubano en Estados Unidos», Tesis doctoral, Ministerio de Educación Superior, 1994.