El estalinismo a debate

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Resumen: 

A propósito del centenario de la Revolución bolchevique, Catalejo propone las palabras de presentación al libro Estudios sobre el estalinismo, publicadas en el último número de Temas.

Abstract: 

Estudios sobre el estalinismo, an electronic book written by Ivan Felixovich Leon, was presented by Fernando Rojas, vice-ministry of Culture, in UNEAC. According to Rojas, the book is «a very important contribution, for being a text compilation of contemporary authors (an Hungarian and Russian, the others), as well as for clarifying and getting deeper into bolshevism».

*Palabras de presentación de Estudios sobre el estalinismo (compilación y prólogo de Iván Felixóvich León), publicado por Ediciones Temas en 2016.

 

Estudios sobre el estalinismo es una contribución muy importante, sobre todo por compilar textos de autores contemporáneos, y porque esclarece y profundiza en el bolchevismo, que es lo que a mi juicio tiene más pertinencia como experiencia de construcción socialista.

Casi todos los textos son de autores rusos y uno de un autor húngaro. Difieren mucho entre sí por sus posiciones al analizar uno de los fenómenos históricos más complejos y polémicos del pasado siglo. Según el compilador, Iván León, estos «son los análisis más importantes realizados en el espacio postsoviético durante los últimos veinte años».

En el primer bloque se encuentra la mayor presencia de autores de perspectivas y formación marxistas.

La Revolución bolchevique es uno de los grandes acontecimientos en la historia de la humanidad, y lo será siempre, por lo que merece ser estudiado, comprendido y rescatado. Esa primera parte trata de la ruptura y la continuidad, algo que obliga a tomar partido, porque la discusión consiste exactamente en comprender que se produjo una ruptura. En un momento posterior a la Revolución la perspectiva liberadora, emancipadora e internacionalista comienza a reducirse, se pierde, y de esa manera se llega al estalinismo. Quien golpeó principalmente a la nueva oposición no fue Stalin, sino Bujarin. No se trata de que el primero se hiciera Secretario General y al día siguiente surgiera el estalinismo como fenómeno, como entidad.

El segundo bloque es acerca del estalinismo como forma de ordenación política, como modelo, y conduce a preguntas y a posibles respuestas sobre qué fue la Unión Soviética. Tiene una menor presencia de estudiosos de perspectiva marxista; y a la vez es donde más claramente se nota que los autores están enjuiciando toda la experiencia soviética, no solo el estalinismo.

El primer texto del libro, «La ruptura revolucionaria», de Boris Kagarlitskii, es un recorrido por la historia soviética, desde los primeros años del siglo xx. Sitúa la perspectiva bolchevique en su justo lugar, la idea de que Rusia vivía una crisis nacional que tenía que ser resuelta, y que coincidió con la Primera guerra mundial.

Para Kagarlitskii solo una fuerza política, la del partido único, fue capaz de resolver la situación; solo ella estaba preparada para darle solución a esa crisis. Este autor introduce un término que irá apareciendo sucesivamente en otros momentos del libro, particularmente en el segundo bloque: «modernización». Son autores contemporáneos que comienzan a sustituir la lógica de términos como desarrollo, evolución, transformación socioeconómica, por palabras que, en cierto sentido, pudieran parecer más neutrales, pero más utilizadas hoy en estudios sociológicos. Kagarlitskii explica de una manera rigurosa y clara la evolución del bolchevismo y del proceso de burocratización, que es la antesala del momento en que Stalin toma el poder —recuérdese el discurso de Trotski en el XIII Congreso del Partido en 1924 (año en el que se leen las cartas de Lenin) acerca de ver la burocratización como el principal peligro, en la previsión del camino que conduciría a la ruptura, que es el estalinismo.

Para Kagarlitskii el asunto de la evolución desde la victoria bolchevique hasta el estalinismo reside en el conflicto entre la ciudad y la aldea; y se refiere a los problemas con los que Lenin se encontró para enfrentar el proceso de burocratización y de deformación del Partido, uno de los temas centrales del triunfo de una revolución en un país atrasado, idea concebida originalmente para ser llevada a cabo en sociedades más desarrolladas.

El autor hace una crítica de la amenaza de guerra como imperativo para los procesos políticos de los años 20, e introduce algo que no ha sido suficientemente estudiado, el papel del comercio exterior en esa década como una fuente de conflictos internos en la sociedad soviética.

Luego aparece el texto de Vadim Rogovin —prólogo de un libro mayor—, « ¿Existió una alternativa?», que contiene la crítica a la idea del tránsito inevitable del primer período de la Revolución al estalinismo y a su manipulación histórica. Él toma una frase de Marx como síntesis de su análisis y para demostrar que sí existió una alternativa: «En cualquier ciencia los conceptos incorrectos son conceptos incorrectos sobre fenómenos reales; estos fenómenos siguen siendo reales aunque los conceptos sobre ellos sean incorrectos».

Se podrán encontrar ideas como esta: «El lector soviético nunca conoció la obra publicada por la oposición de izquierda». Probablemente los actuales lectores rusos aún la desconozcan. Lenin es el bolchevique peor tratado en toda la historia de ese país hasta hoy y León Trotski sigue siendo el más incómodo, al igual que en el período de Nikita Jruschev y en la perestroika.

Sigue Víctor Shapinov con «El estalinismo: a favor y en contra», capítulo III de un libro mayor titulado Imperialismo de Lenin a Putin (2007). Este autor plantea: «No nos podemos permitir el lujo de convertir la historia del socialismo y de la lucha de clases en una mala novela policiaca donde hay culpables e inocentes».

Le dedica muy poco tiempo a los medios y los métodos, incluso les resta importancia a las cuestiones de la ética; la propia evolución, que para los dos primeros autores mencionados es un problema que criticar, o por lo menos dilucidar, no existe en este texto, como tampoco existe la alternativa como posibilidad, sino la idea de una continuidad.

En este mismo artículo hay un subtítulo titulado «Stalin en el auge histórico de la nueva burguesía rusa», o sea, un Stalin funcional hoy a las fuerzas dominantes, a las fuerzas reales, no a las estructuras políticas rusas.

Es una concepción interesante la de «patriota-hombre de Estado-nacionalista ruso» que se acomoda a la evolución más contemporánea de ese país, y a Stalin como encarnación de él. Shapinov es un crítico de la visión de Trotski sobre el campesinado, es alguien que comprende y apoya la idea del socialismo en un solo país. Reafirma que Stalin también —y concuerdo— estaba por la revolución mundial desde otra perspectiva —recuérdese que el pronóstico de Trotski se cumplió a través de Stalin, se dice que con la entrada del Ejército Rojo en los países de Europa Oriental.

El año 1930 es el de la victoria del proletariado urbano y de la burocracia; vencieron juntos, según este autor. Del 29 al 32 son los años de la reagrupación en el Partido, y Trotski solo podía apoyarse objetivamente, en un momento determinado, en la pequeña burguesía.

En ese análisis, al autor se le escapa la participación popular:

El trotskismo siempre tiene la razón cuando calcula con precisión de contador las desviaciones del programa marxista en la URSS y cuando diseña todo zigzag de la política estalinista, pero cuando se trata de la lucha revolucionaria real, el trotskismo muestra su completa impotencia.

Alexander Buzgalin tiene un texto cuyo título es delicioso, «Trotski y Stalin: dos rostros de la Revolución». Durante todo el libro es citado frecuentemente y ayuda a orientarnos en su conjunto. Ambas figuras nacieron en 1879, y este texto se escribió en ocasión del 130 aniversario de sus nacimientos. Dice Buzgalin:

La nueva oleada de atención hacia Iosif Stalin cobra cada vez más fuerza. Encarnan Trotski y Stalin dos tendencias objetivamente contradictorias originadas por la Revolución de Octubre de 1917, y continuadas en el proceso de la construcción del socialismo.

Ese análisis me condujo a comprender la deformación de la participación de masas como una de las cuestiones claves de la evolución hacia lo que después conocimos como estalinismo, entendiendo que la tendencia triunfadora fue la de Stalin. Hasta que no cesa la lucha en el Partido solo podemos hablar de tendencias. Los valores que cristalizan definitivamente en el símbolo que Stalin constituye son el patriotismo, la idea de gran potencia, la naturaleza patriarcal del régimen y el conservadurismo.

Buzgalin habla de lo que limita, lo que no hace cristalizar, o lo que hace que demore en cristalizar el estalinismo como modelo, como régimen; y es precisamente la otra tendencia, la de la energía creativa socialista, a la que se debieron los grandes logros de la Unión Soviética, no al poder ya transformado en esa idea, en ese modelo que hemos llamado estalinismo.

Y hace una reflexión hacia el presente:

Lo que se ha dado en nuestro país es lo que llaman convergencia negativa del capitalismo y del socialismo real, la unión de lo peor de ambos sistemas. Tanto el surgimiento de la URSS como su desintegración fueron provocados por las mismas causas.

Cuando este autor habla de la energía creativa popular está adoptando algo que muchos analistas, sobre todo los del segundo bloque del libro, no hacen, abordar el problema desde una perspectiva cultural —recuérdese que se ha afirmado otras veces que la derrota de la Unión Soviética, y del socialismo en Europa del Este, fue sobre todo cultural.

Buzgalin introduce un término que llama «socialismo mutante» que para él no solo se trata de una perversión del ideal original, sino una deformación real como consecuencia de falta de premisas para el cambio social, o sea, la gran discusión de cómo hacer el socialismo en un país atrasado y aislado. «El modelo funcionó para la Rusia de la época, o la URSS, pero no para avanzar hacia el comunismo». Parece evocar la idea de Trotski de qué es la burocracia, si una capa social o una clase; y se pregunta:

¿Era posible construir el socialismo a partir del amplio uso de formas de democracia no tanto parlamentarias como de base, utilizando la economía de la solidaridad y del mercado socialmente limitado, formas asociativas y transicionales de propiedad?.

Seguidamente está Andrei Kolganov con «La fragmentación del bolchevismo: estalinismo y trotskismo». Se puede empezar a leer el presente volumen por aquí, pues dedica tiempo a explicar la base objetiva del conflicto: primeramente pareciera personal, luego en el Partido, después clasista, y termina siendo, por supuesto, un conflicto a escala de toda la sociedad.

La gran discusión del socialismo en un solo país o la revolución mundial tenía que ver con el futuro de seiscientos millones de personas. Para este autor, Lenin pensaba que se podía construir, pero no asegurar su triunfo; pienso que esto está bastante cerca de la verdad y apoyado por todas las evidencias.

Kolganov es poco especulativo, usa muchos datos, muchas precisiones; dice, por ejemplo, que la línea de los derechistas no se presentó como una corriente política independiente, a diferencia de los seguidores de Trotski, que crearon varias plataformas y se las presentaron al Partido; en el momento en que este, Zinóviev y Kámenev empiezan a actuar juntos, es por aproximaciones sucesivas en las reuniones de los órganos del Partido.

Es cierto que la línea de Bujarin y su grupo nunca se presentó como una corriente política independiente, y eso es coherente con que a Stalin le costó trabajo obtener la mayoría contra Bujarin en los primeros momentos. El asunto se resolvió debido a la crisis en la agricultura y en cómo impactó al comercio exterior y a sus necesidades. Esta es una de las grandes novedades de todos los textos del libro.

Kolganov afirma que la línea estalinista suponía una actitud extremadamente libre respecto a las bases del socialismo, o sea, lo que Trotski llamaba, en las discusiones de los años 20, «zigzags de Stalin» porque se movía de una fracción a otra. En esas discusiones contó con una gran masa de partidarios en el Partido, en la clase obrera, en el campesinado y en el conjunto de la sociedad. Otra idea de este autor es que «ninguna de las corrientes podría objetivamente garantizar la victoria del socialismo en la URSS»; entonces regresa a la pregunta: ¿qué podía haber pasado si no hubiera ganado Stalin?

En este texto hay menciones a los progresos concretos alcanzados durante el estalinismo y finalmente la ascensión del terror y las zonas más oscuras y terribles de esa época.

Luego aparece el trabajo de Victor P. Danilov, «Notas sobre la historia de la constitución del estalinismo», donde critica visiones que exaltan a Stalin; allí está la famosa pregunta de qué hizo este durante la Revolución del 17, pues según las Actas del Partido él integraba un centro militar que había creado el Comité Central, pero que no tuvo, ni pudo tener jamás, el papel del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado, del Soviet y de su presidente, León Trotski.

Se hace referencia a la hipertrofia de los hábitos conspirativos. Stalin prácticamente no salió de Rusia, estuvo preso muchas veces, fue un conspirador neto y cumplió difíciles misiones, vivió en ese ambiente en los años prerrevolucionarios. El de Danilov es el primer texto que habla de Stalin antes del 17. También aparecen las ideas acerca de que él y su grupo «lograron presentar los intereses propios como colectivos».

Lenin se percató tarde del poder que Stalin había concentrado. En ocasiones se ha pensado que no existía el cargo de Secretario General hasta Stalin, pero los  hubo desde 1919; mas este lo transformó en uno de inmenso poder. Para Danilov, un factor decisivo de la lucha fue que Stalin se adueñó de todo el aparato partidista y estatal sin ser el más capaz, ni el más popular, ni el de más méritos, ni el principal dirigente; esto último solo lo alcanzó luego de la derrota de Bujarin, que él mismo consumó.

En este texto se hace referencia a la desinformación y la mentira directas como política de Estado —a partir de 1927, precisamente cuando está terminando la lucha intrapartidaria—, y a la destrucción de la estadística soviética desde 1925, en el XIV Congreso del Partido. En él hay dos informes, el de Stalin y el co-informe de Zinóviev. Allí hubo un debate sobre si las estadísticas debían conservarse, discutirse o publicarse, para, finalmente, ser destruidas.

Se puede encontrar también un análisis acerca del abastecimiento agrícola y las medidas extraordinarias como la base de la ruptura entre Stalin y Bujarin; además de los temas de Inglaterra y China. El artículo concluye con el inicio de las grandes represiones. En general, es un estudio que narra los acontecimientos históricos con una visión muy interesante.

Seguidamente tenemos a Roy Medvedev, con un texto que puede leerse en segundo lugar, pues contiene la misma idea que el anterior, en un tono muy de la época de la perestroika, momento (1987-1988) en que muchos rusos están escuchando por primera vez acerca de estos sucesos. Es prácticamente una narración de lo que sucedió en los años 20: los agrupamientos, las posiciones, cómo se unieron Stalin y sus seguidores a Bujarin —por quien Medvedev toma partido—, y la mayoría del Partido venció a Trotski y Zinóviev, y cómo luego Stalin se opuso a Bujarin. Todo está contado de una forma muy amena, con muchos ataques a Trotski, muy criticado por varios de los autores del volumen.

Como dije antes, uno de los autores menciona el imperativo de la agresión militar como una de las causas de la necesidad de un poder fuerte; Medvedev, por el contrario, dice que el peligro de guerra se exageraba; además, plantea que Stalin le dejó a Bujarin la responsabilidad de enfrentar a la oposición de izquierda. Esto evidencia las fuertes discrepancias que existen entre los autores de Estudios…

Stalin da un giro a la izquierda luego de derrotada la oposición de derecha, que es uno de los momentos más interesantes de la evolución hacia la consumación de su poder. Luego, acude a Preobrazhenski, a Rádek y a todos los seguidores de Trotski de inicios de los 20 y les pide organizar los procesos de dirección de la economía. El primero es uno de los grandes economistas del período, que había sido separado de los cargos de dirección al ser derrotada la oposición de izquierda —la que lideraron Trotski y Zinóviev en los años 26 y 27—, luego de la derrota de Bujarin es convocado junto con otros para trabajar con Stalin.

Ese proceso está muy bien explicado en el texto de Medvedev. Como resumen se puede decir que ni el estalinismo ni el colapso de la URSS eran inevitables. Esta primera parte termina con una entrevista a Tamash Kraus, comunista húngaro, sobre los resultados del XX Congreso del PCUS, la desestalinización, su impacto en los otros países de Europa del Este, y el caso húngaro en particular. Recordemos que el año del XX Congreso es cuando se denuncia el estalinismo por Jruschev y cuando intervienen las tropas soviéticas en Budapest.

En la entrevista se hace referencia a ambos procesos. Es muy interesante leer sobre estos dos sucesos en paralelo, pues ocurrieron de manera simultánea.

La segunda parte es «El estalinismo como modelo sociopolítico». Comienza con el texto de Andrei Medushevskii, cuya definición de estalinismo es: «Sistema político represivo del régimen soviético desde los años 20 y hasta la década de los 50».

Este artículo forma parte de una gran enciclopedia que se titula La historia del estalinismo (2009), encargada por la Fundación Boris Yeltsin. Los textos de este segundo bloque tienen en común que igualan, con algunos matices, el estalinismo a toda la experiencia soviética.

En ese sentido, entre el primer bloque y el segundo hay una especie de corte, ya que, en el primero la pregunta sobre la ruptura y la continuidad está hecha siempre. Curiosamente, al igual que Kagarlitskii, Medushevskii llama a la Revolución bolchevique «proyecto de modernización». Por ese mismo camino, el estalinismo es heredero de la Ilustración, la Revolución francesa, etc. Esto hace pensar en Fukuyama y en su idea del fin de la Historia, y a partir de ahí la reacción, que se considera vencedora y cree perniciosos no solo el socialismo, sino también la Ilustración y la Revolución francesa, que le dieron origen.

En esta visión, como en otras ya comentadas, las cuestiones éticas y el carácter emancipador del proyecto original no aparecen; se puede decir que la concepción o el término para explicarlo son las del constructivismo social, no las de la participación popular ni de la creación viva, como hacía Buzgalin. Medushevskii cita, para apoyar sus tesis, a León Trotski, y tiene un andamiaje teórico y discursivo de peso. Aquí está la idea de que la revolución es una exaltación romántica, de que el capitalismo es el estado natural y deseado, y el estalinismo se ve como retradicionalización.

Es un texto útil para conocer la derrota cultural del socialismo, y que la caída de la URSS y Europa del Este fue, sobre todo, una derrota cultural. En él aparecen análisis de cómo se manejaba la información y la prensa, así como que la norma son las democracias occidentales. Es una crítica al socialismo como experiencia, que lo iguala al estalinismo. Los autores del segundo bloque tienen una visión más sociológica y están más conectados con la vida política y la actividad de los medios, de la propaganda, en la Rusia de hoy.

Luego aparece la polémica entre Alexander Buzgalin y Alexander Tsyipko, un anticomunista y un marxista, en un debate radial. Tsypko es un anticomunista y son las tesis antes mencionadas las que se discuten. Dice Buzgalin que «el hecho de que la violencia se utilizara contra la burguesía, cuando la guerra civil, es un gran problema y una desgracia; el hecho de que la haya utilizado Stalin es un crimen».

Dice Buzgalin: «Si no hubiera sido por el gran terror, es poco probable que Stalin hubiera podido acordar su pacto con Hitler». Por supuesto, esa idea después se desarrolla.

Sigue un texto de Rogovin, titulado «Origen y consecuencias del gran terror estaliniano», uno de los más antiguos de la selección. Es una conferencia en la Universidad de Glasgow, en el año 96. En algún momento se menciona la historia de grandes actos de terror masivo en distintos momentos de la historia de la humanidad. Dice: «En ninguno de los casos los verdugos obligaron a sus víctimas a humillarse reconociendo crímenes abominables que no habían cometido», como una distinción del estalinismo. Para él la represión fue la única respuesta a la creciente oposición a Stalin en el movimiento comunista dentro y fuera de la URSS. Se ofrecen algunos datos acerca de que en el año 1932 se pudo hacer un bloque común antiestalinista con los restos de la oposición; algo interesante como testimonio, pero no creo que haya evidencias sobre esto.

Está el texto del año 2001 «El gulag. Aspectos históricos y sociológicos», de Víctor Zemskov. Tiene sobre todo datos muy bien acopiados y a todas luces ciertos. Para comprender bien el fenómeno, este trabajo es esencial y demuestra que todo lo que se ha dicho sobre el gulag es exagerado, incluso datos considerados reales ofrecidos por estudiosos soviéticos y rusos.

La tercera parte es acerca de la política exterior. El primer texto es de Mijaíl Alexandrov, «La doctrina de la política exterior de Stalin»;  los dos siguientes de de Zhores Medvedev: son «Las pretensiones geopolíticas de Stalin en Oriente Medio» y «Stalin y el surgimiento del Estado de Israel». Todos se refieren a Stalin de manera positiva y su política exterior es considerada un éxito. Se menciona que la URSS apoyó la constitución del Estado de Israel activamente —por cierto, Cuba no la apoyó, sí Estados Unidos, la URSS, y otros países de distintas regiones del mundo. Tal vez fue un alarde de independencia del autenticismo.

Tanto en el texto sobre la constitución del Estado de Israel como en el de la política exterior en el Medio Oriente, se enfoca la actuación de Stalin como una manera exitosa de resolver el conflicto con las grandes potencias occidentales. La idea era debilitarlas y sacar a Inglaterra del camino; además, había un pronóstico de que a la larga los países árabes se volverían  contra Occidente y estarían interesados objetivamente en hacer una alianza con la URSS.

En el análisis de Alexandrov sobre la política exterior, tal vez el más denso, aunque exalta continuamente los éxitos, se hace muy evidente la sustitución del internacionalismo militante por la geopolítica, y de las concepciones socialistas por las nacionalistas; o sea, el éxito de esa política exterior no está, para nada, asociado a la militancia comunista, y estamos hablando del jefe del Partido Comunista más grande de la época.

También hay un análisis muy certero de los errores de la oposición, en particular de la de izquierda con respecto a la política exterior. A inicio de los años 30, Trotski llegó a decir que él actuaría como Clemenceau, aquel político francés de principios de siglo, y desearía la derrota de su gobierno si se produjera una guerra. Aquello fue una especie de parodia, poco feliz, acerca del derrotismo bolchevique durante la Primera guerra mundial. Luego rectificó, pero fue un gran error haberse presentado a los ojos del Partido como alguien que desearía que la Unión Soviética perdiera una guerra. También Alexandrov analiza muy bien los errores de política exterior y respecto a la evaluación de la Revolución china, y de la posibilidad de la revolución europea.

El último bloque se refiere a «El estalinismo y la reproducción sociocultural». Aparece, primeramente, un texto de dos autoras, E. A. Zdravomislova y A. A. Tiomkina, estudiosas de la cuestión de género: «La “construcción” estatal de género en la URSS». Ellas consideran que la participación popular de las mujeres en la Revolución está excluida en todo momento.

Este es otro de los textos que iguala el estalinismo con todo el período soviético. Hasta las medidas más importantes a favor de las mujeres, como el derecho al trabajo y a la maternidad, así como el derecho al aborto —que fue una conquista del bolchevismo— son presentados como actos oportunistas de Estado, no como resultado de demandas populares; sin embargo, aparece un análisis acerca de la época del estalinismo sobre cómo las mujeres resistían a la situación de presión política y represión.

En general es un texto muy interesante. Las autoras no son pensadoras marxistas, pertenecen a la sociología contemporánea, pero este estudio resulta importante para entender los temas de género en toda la historia de la URSS, no solo en el período de Stalin.

Sigue el ensayo de M. Yaroshevskii «El estalinismo y el destino de la ciencia soviética», que sin elucubraciones sociológicas ni ejercicios de propaganda, evidencia el gran impulso que significó la Revolución bolchevique para el desarrollo de la ciencia, de todas las ciencias, apunta. Resalta la ética de los científicos soviéticos, subraya los «gérmenes previos» en los años 20 y 30 –los efectos de la burocratización- -y enfatiza en el gran daño que produjeron los acontecimientos de la posguerra y sus repercusiones para la ciencia –las consideraciones retrógradas sobre la cibernética, la genética y la sociología, consideradas «ciencias burguesas falsas»- y para la sociedad.

Luego tenemos un texto de Galina Yankovskaya, «El arte en la época de Stalin como historia generacional de pintores». Es un buen estudio de caso acerca de una política cultural que excluye cualquier tipo de experimentación e innovación. Se refiere sobre todo a la pintura del realismo socialista; analiza el concepto, cómo operaba, cómo funcionaban los artistas plásticos, todo demostrado a través de citas y denominaciones abundantes. Es un texto que resulta interesante.

Hay una cita que muestra el retroceso que significó unificar la política cultural en el período de Stalin a partir de la cancelación de lo aprobado por un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo, o sea, del gobierno soviético, del año 1918, que estableció que los centros de enseñanza elemental, media y superior de arte de la época zarista, así como los cursos y talleres privados, o bien se eliminaban o sus programas docentes y principios pedagógicos y organizativos sufrieron transformaciones radicales. Los experimentos en la educación artística sucedían bajo el lema denla descentralización, la libre competencia entre las tendencias artísticas, la supresión de cargos y títulos y la democratización del arte.

Así pensaba el bolchevismo, y este trabajo narra lo que sucedió cuando supuestamente se recuperaron las academias y se estableció el realismo socialista.

El texto siguiente, «El cine soviético como fenómeno de la cultura soviética», de Valeri B. Khramov, al igual que el estudio sobre género, trasciende el período estalinista y habla de todo el período soviético. Dice este autor: «El cine soviético es un objeto ideal de investigación, pues su historia terminó junto con el régimen social que existió en nuestro país por más de setenta años».

Este ensayo dice varias verdades: una, que ese cine produjo muchas obras notables y hasta obras maestras; dos, que en la URSS hubo una revolución, que tiene mucho que ver con lo anterior; y tres, que ella fue la base de un incremento sustantivo de la participación ciudadana.

Los cuatro anexos a la selección están conformados por una parte importante del testamento de Lenin, los textos escritos entre los últimos días de noviembre de 1922 y el 6 de marzo de 1923. El último texto de Lenin es la carta de apoyo a los comunistas georgianos, que estaban haciendo una crítica a la política de Stalin sobre las nacionalidades y que fueron amenazados físicamente; ese mismo día sufre un último ataque y termina de trabajar.

Están los textos del llamado testamento que tienen que ver más específicamente con Stalin; a saber: la carta al Congreso; las valoraciones sobre los principales dirigentes del Partido; la idea de otorgar funciones legislativas al GOSPLAN, lo que sería el organismo estatal de planificación, que es una idea de Trotski, por cierto; y la cuestión de las nacionalidades.

Todos estos escritos se pudieron leer ampliamente desde los años 60. Lenin los escribió para el Congreso del Partido de 1923, pero el Buró Político no los saca a la luz, hasta el XIII Congreso en mayo de 1924, el mismo en el que Trotski pronuncia el discurso contra el germen de lo que será el régimen estalinista: la burocratización del Partido y el Estado. En ese Congreso no se dan a conocer las cartas de Lenin, en la sala plenaria, sino solo a las delegaciones, para, por último, no seguir casi nada de lo que Lenin proponía en el documento. Todos estos textos permanecieron sin publicar hasta 1956. Ya en los 70 podían leerse en cualquier edición de las obras de Lenin.

En el libro está también la carta en la que Lenin amenaza a Stalin —unos días antes de perder definitivamente la conciencia, en los primeros días de marzo de 1923— con romper todas las relaciones personales, debido a una reprimenda de aquel a Nadezhda Krúpskaya por entregarle documentos a Lenin —recuérdese que está en plena campaña la Plataforma de los 46, la de los seguidores de Trotski, que abogaban por la industrialización acelerada, por resolver la diferencia de precios entre los productos industriales y los productos agrícolas, a lo que Trotski llamó «la crisis de las tijeras»,[1] posteriormente en el XII Congreso del Partido, cuando hizo la intervención principal sobre la industria.

Otro de los anexos es el discurso de Jruschev en el XX Congreso, muy conocido, pero debe leerse otra vez para poder completar el cuadro de toda esta extraordinaria compilación. También aparecen los extractos de las Memorias de Zhúkov, donde hay mucha información acerca de la guerra, de la represión contra los militares, el caso de Tujachevski, etcétera.

Finalmente, una de las cartas de la hija de Stalin, Svetlana Alilueva, sobre sus impresiones y emociones el día de la muerte de su padre; un testimonio desgarrador que prefiero no comentar.

Los anexos están muy bien seleccionados y este libro es muy importante para nosotros, porque estoy seguro de que Cuba es el único lugar donde todavía nos hacemos las mismas preguntas que se hacían los bolcheviques, además de otras, por supuesto; por lo que quisiera considerarlo como una especie de prólogo del gran homenaje que debiéramos hacerle a la Revolución de Octubre en su centenario, y al movimiento bolchevique.

 

 

 

 

[1] La frase «crisis de las tijeras» no aparece en Estudios... Ha pasado a formar parte del lenguaje de los economistas a nivel mundial. Véase Robles, A. (2008) «La Nueva Política Económica, la revolución alemana y los debates en el partido bolchevique». Disponible en http://bit.ly/2mKADFY  [consulta: 9 marzo 2016].