Desigualdades de excedente y exclusión social en América Latina. Algunas hipótesis

Resumen: 

Presenta un conjunto de hipótesis sobre la generación de exclusión social en América Latina en la actual globalización. Para ello propone entender la exclusión social como resultado de las desigualdades de excedente, mediante un enfoque radical y crítico. Tales hipótesis se relacionan con procesos de desempoderamiento extremo en los mercados básicos (desempleo estructural, precarización salarial y un excedente laboral afuncional), así como las limitaciones de la ciudadanía social del (neo)liberalismo fundamentada en la invención de la “pobreza”.

 

Abstract: 

This article develops a set of hypotheses related to the generation of social exclusion in Latin America during the current globalization. From a radical and critical approach, social exclusion is understood as result of inequalities aiming at the generation and the appropriation of economic surplus. These hypotheses relate to processes of extreme disempowerment in basic markets (structural unemployment, wage precariousness and, labor surplus afunctional to the accumulation process) and to the bounded social citizenship developed by (neo) liberalism.

 

Hablar de exclusión social parece ser ya un lugar común en los diagnósticos en América Latina. En el presente artículo nos queremos plantear la siguiente pregunta: ¿cuáles son los mecanismos que la generan en la región? Queremos responder desde una perspectiva radical y crítica. Esto supone que hablaremos de exclusión social como alternativa a los enfoques de pobreza, para entender las carencias de la población, y de desigualdades de excedente en lugar de desigualdades de ingreso. La proposición central es que se trata de una manifestación de desempoderamiento extremo de sectores subalternos, generada en los campos de desigualdades de excedente. Este planteamiento nos servirá para formular varias hipótesis, como respuestas a esa pregunta, referidas a dinámicas que generan exclusión social en el actual período de globalización que caracteriza a América Latina.

En un primer apartado, formularemos una serie de proposiciones analíticas para ver cómo estas dos problemáticas se articulan.[1] En un segundo acápite, se identifica un conjunto de dinámicas de desempoderamiento en los campos de desigualdades de excedente, que estarían generando exclusión social, así como las limitaciones de la ciudadanía, a cargo del neoliberalismo. Concluimos sistematizando estas dinámicas en términos de hipótesis; pero también redefiniéndolas en relación con experiencias «posneoliberales»[2] que han surgido en varios países de la región.

 

La generación de la exclusión social y los campos de desigualdades de excedente

 

Cualquier análisis sobre desigualdades debe plantearse dos preguntas básicas: ¿desigualdad de qué? y ¿desigualdad entre quiénes? (Bobbio, 1993). Aquellas que han hecho de América Latina la región más desigual del planeta, son las referidas a las de ingreso entre hogares (BID, 1999; De Ferranti et al., 2004; López-Calva y Lustig, 2010). Justamente, este señalamiento conlleva respuestas en clave liberal. El qué se entiende como ingresos monetarios y el entre quiénes remite a los hogares, pero como la unidad doméstica se entiende como un mero agregado de individuos, son estos últimos los sujetos privilegiados.

Centrar la mirada en los ingresos del hogar encierra varias dificultades. Primero, se está privilegiando la esfera de la redistribución sobre la de la distribución. Esto supone que esta distribución primaria no se cuestiona, naturalizándola, ya que en ella habrían actuado, supuestamente, las dinámicas virtuosas de los mercados. Segundo, se está mirando los resultados y no los procesos que los han generado, por lo que la comprensión de las desigualdades en cuestión termina siendo superficial. Y tercero, se privilegian los individuos con el agravante de que, por el tipo de datos empíricos utilizados, no se capta a los de las élites (Pérez-Sáinz, 2012, 2014).

Desde una perspectiva crítica, inspirada en la tradición radical de estirpe rousseauniana, se puede formular otro tipo de respuestas a aquellas dos preguntas.[3] A la primera se responde: de poder, en los mercados básicos, para posibilitar la generación y apropiación de excedente. Y ante la segunda: desigualdad no solo entre los individuos sino también entre los pares categóricos (de género, etnia/raza, territorialidad, etc.) y, sobre todo, las clases sociales (Pérez-Sáinz, 2014). Reflexionemos sobre algunas de las cuestiones presentes en estas afirmaciones.

Los mercados básicos son los ámbitos mercantiles donde se definen las condiciones de producción material de una sociedad capitalista. Nos referimos a mercados como el laboral, el de capitales o el de seguros, sin olvidar la mercantilización de la tierra (y, en un sentido más amplio, la propia naturaleza) y del recurso clave de la globalización: el conocimiento. Hay que recordar que fuerza de trabajo, capital y tierra —habría que valorar la incorporación del conocimiento— son las mercancías que Polanyi (1992) calificó como «ficticias».[4] Este adjetivo responde a que si el respectivo mercado actúa de manera autorregulada, se transforma, según la expresión del economista húngaro, en un «molino satánico» que destruye la correspondiente mercancía.[5] Esta capacidad de destrucción sugiere que estos mercados son ámbitos de conflicto y, por tanto, en ellos se plasman dinámicas de poder.

Otra característica fundamental de los mercados básicos es que, como se está hablando de una sociedad que ha superado su etapa de reproducción simple, lo que realmente está en juego son las condiciones de producción del excedente. Es decir, en ellos se definen las condiciones de su generación y apropiación en una sociedad capitalista. Esta pugna por el excedente supone que el sujeto social que debemos considerar —en primera instancia— son las clases sociales. No es este el lugar para entrar en la discusión sobre la definición de clases sociales, solo mencionar que, desde nuestra perspectiva, estas se definen en la batalla por el excedente y no tienen existencia fuera de ese escenario.[6] Pero esto no implica que las dinámicas de poder en los mercados básicos solo se puedan abordar en esos términos; ello supondría el retorno al reduccionismo sociológico de antaño, según el cual las clases sociales lo explicaban todo.

En términos de excedente y siguiendo a Tilly (1999), habría que diferenciar dos mecanismos básicos de su generación y apropiación: la explotación y el acaparamiento de oportunidades. La existencia de dos formas diferenciadas de creación de excedente implica dos campos de desigualdades en este sentido: el primero estaría referido a las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo asalariada, mientras el segundo remitiría a las condiciones de oportunidades de acumulación.[7] El campo de condiciones de explotación se materializa en el mercado de trabajo, y la pugna se dirime en torno a la dicotomía trabajo versus empleo, en tanto que este último expresa trabajo con estatuto de garantías no mercantiles (Castel, 1997). Esto supone que, cuando las condiciones de explotación se sustentan en el predominio del trabajo, se está ante un campo signado por una gran asimetría a favor del capital; por el contrario, cuando predomina el empleo, la asimetría se ha relativizado. En el campo de acaparamiento de oportunidades de acumulación, materializado en el resto de los mercados básicos, el poder se define por la pugna entre el cierre y la apertura. Un campo caracterizado por el cierre, donde unos pocos propietarios de medios de producción acaparan las principales oportunidades de acumulación, sería claramente asimétrico. Esa asimetría se puede relativizar si se han dado procesos de apertura que permiten a más propietarios participar de tales oportunidades.

Un factor clave en el incremento de asimetrías, con el subsiguiente desempoderamiento de sectores subalternos, aparece cuando las dinámicas de clase se acoplan a pares categóricos. Estos son resultado de cómo se procesan las diferencias de distinto tipo en una sociedad. En este sentido, se pueden señalar al menos tres lógicas de procesamiento.

Una de ellas se puede denominar de inferiorización, en la que la categoría dominante subordina a la subalterna de manera extrema, invocando la naturalización de la diferencia (Bastos, 2005). Así, las diferencias de sexo se transforman en relaciones de género, que reflejan el dominio de los hombres sobre las mujeres; las culturales, en étnicas, que muestran la supremacía de una cultura (la occidental) sobre otra(s); las fenotípicas, en raciales, que expresan la superioridad de los blancos sobre otros grupos, como los afrodescendientes; y las de localización, en territoriales, que reflejan el predominio de los «lugareños» sobre los «foráneos». Los discursos y las prácticas del patriarcalismo, el etnocentrismo, el racismo o la xenofobia tienen como efecto la inferiorización de un grupo: mujeres, indígenas, afrodescendientes, migrantes rurales o inmigrantes.

La lógica opuesta sería la del reconocimiento de la diferencia y supondría una construcción social basada en la simetría de los grupos involucrados, como resultado de la lucha del subordinado por un reconocimiento que acaba por imponerse.

Y habría una lógica intermedia según la cual existiría una cierta hibridación entre los grupos. Normalmente, no es resultado de una mezcla consensuada, sino más bien de una «oferta» del grupo dominante que logra —en cierto grado— asimilar a los otros (Bastos, 2005). Si esta es viable, se puede lograr la configuración de una comunidad donde las diferencias tenderían, aparentemente, a diluirse. El ejemplo más claro y recurrente de este tipo de comunidad es la nación. Pero es importante destacar que la «oferta» tiene grados distintos de generosidad y que esas diferencias cuentan.

Estas lógicas implican diferentes estrategias de poder (de inferiorizar al otro, de imponerle la asimilación o de hacerse reconocer) que conllevan configuraciones distintas de pares categóricos. Así, en los casos de lógicas de inferiorización o de asimilación (especialmente, de ofertas poco generosas) se suele construir pares categóricos contrastantes con asimetrías profundas. Esto supone que las categorías subalternas acceden a los mercados básicos en desventaja, lo que se refleja a través de un par de mecanismos en su funcionamiento asimétrico: la segregación y la discriminación. Aquella tiene dos momentos. El primero tiene que ver con el mero acceso a estos mercados donde la pertenencia a una cierta categoría de un determinado par lo condiciona; el segundo opera cuando el acceso se logra, pero el acaparamiento se redefine en términos de segmentación del mercado de acuerdo con la distinción que define el par. O sea, en el ámbito mercantil operan también dinámicas de segregación que se manifiestan en la configuración de nichos. Y el segundo mecanismo, el de discriminación, expresa que, aunque las barreras de segregación hayan sido superadas, las categorías de un mismo par no se encuentran en situaciones equivalentes.

Justamente cuando operan estos mecanismos de acoplamiento se refuerzan las dinámicas de clase, haciendo que se incrementen las asimetrías de los campos de desigualdades de excedente. Cuando ellas, en cualquiera de los dos campos, devienen extremas, se genera exclusión primaria, cuyas manifestaciones, para el actual momento de globalización, veremos en el siguiente apartado. Pero esta exclusión puede ser neutralizada, y esto nos lleva a tomar en cuenta el segundo momento en el proceso de generación de exclusión: el acceso o no a la ciudadanía social. Aquí se incorpora la dimensión Estado a la propuesta analítica.

El autor de referencia es Marshall (1998), con dos ideas claves. La primera se refiere a la ciudadanía como arquitecta de la legitimación de las desigualdades de los mercados básicos, ya que permite procesos de individualización que relativizan las asimetrías de clase en esos espacios. Y la segunda tiene que ver con los contenidos de la ciudadanía social, que abarcan desde un mínimo de bienestar económico hasta compartir el modo de vida imperante en cada sociedad. Cada una de estas ideas supone derroteros distintos en términos de la concepción de los procesos de inclusión/exclusión. Obviamente, optamos por la primera, ya que sugiere que la pertenencia a la sociedad pasa, en primer lugar, por el empleo y la capacidad de acumulación.[8] Es importante enfatizar que los procesos de individualización tienen historicidad; por tanto, no existe el individuo como esencia naturalizada. En este sentido, habría que rescatar la propuesta de Castel (2010) sobre los soportes diferenciados de los individuos, por tanto, generan procesos de individualización desiguales.

Pero esa capacidad de neutralizar la exclusión primaria generada en los mercados básicos por la ciudadanía social, no es ilimitada y, por tanto, no está garantizada. Por un lado, los fundamentos y la viabilidad del contrato social radican en los propios procesos de generación y apropiación de excedente. Es decir, la legitimación de las desigualdades siempre tiene ciertos límites y, al respecto, Barbalet (1988) ha sido enfático al señalar que los límites históricos de la ciudadanía social están dados por la naturaleza de clase de las sociedades capitalistas. Por otro lado, hay que señalar que las políticas sociales básicas, las que constituyen los pilares de la ciudadanía social, comportan una importante separación analítica: la distinción entre ciudadanos y poblaciones. Los primeros quedan en el dominio de la teoría; las segundas pasan a ser el objetivo de las políticas. Es decir, las políticas sociales tienden a heterogenizar a la población, con tratamientos diferenciados, cuestionando así la igualación de la ciudadanía (Chatterjee, 2008).

Por consiguiente, la exclusión primaria, generada por procesos extremos de desempoderamiento en los mercados básicos, puede ser neutralizada por los efectos niveladores de la ciudadanía social. Pero si no se tiene acceso a este tipo de ciudadanía, se consolida como exclusión social. Es decir, se está ante el peor de los mundos posibles: se padecen las fallas de los mercados (básicos) y se sufre el abandono estatal (Pérez-Sáinz y Mora-Salas, 2007). Esta es la concepción que se postula sobre este fenómeno, y es a partir de ella, y de lo que hemos esbozado respecto a las desigualdades de excedente, que vamos a intentar responder —de manera hipotética— la pregunta inicial de este texto: ¿cuáles son los mecanismos que generan hoy exclusión social en la región?

 

La generación de exclusión social en América Latina con la actual globalización

 

Históricamente, en América Latina, en los dos campos de desigualdades de excedente, se han generado procesos de desempoderamiento extremo de sectores subalternos. Limitándonos al actual momento globalizador, se puede destacar, aunque sea brevemente, tres procesos: el desempleo estructural, la precarización salarial y la emergencia de un excedente laboral disfuncional al proceso de acumulación.

El desempleo implica el no reconocimiento de la fuerza de trabajo y, por tanto, constituye una forma extrema de desempoderamiento en condiciones de explotación. Históricamente, el desempleo no ha constituido un mecanismo central en el ajuste de los mercados laborales de la región, ya que ese papel lo ha desempeñado la informalidad; pero a partir de los años 90, a pesar de la recuperación económica, las tasas de desempleo abierto urbano siguieron siendo tan altas, e incluso superiores, como las mostradas en la década anterior, en plena crisis de la deuda externa. De ahí que se haya señalado la generación insuficiente de ocupación en el nuevo orden neoliberal (Tokman, 1998; Stallings y Peres, 2000) y que se haya argumentado que el desempleo ha devenido estructural, por lo que constituye un nuevo rasgo de los mercados latinoamericanos de trabajo (Pérez-Sáinz, 2014).[9]

Es sabido que, históricamente, las tasas de desempleo abierto, de mujeres y de jóvenes, han sido las mayores en la región. O sea, se podría decir que ha habido acoplamiento entre las dinámicas de clase y de estos dos pares categóricos en términos de segregación primaria. No obstante, las dinámicas recientes plantearían ciertas transformaciones.

En cuanto a lo etario, el desempleo estructural podría estar afectando a grupos de adultos con edad avanzada, especialmente hombres maduros, quienes podrían verse condenados a desempleo de larga duración. Las estrategias de precarización que implementan las empresas implicarían que este tipo de fuerza laboral vería restringidas sus opciones ocupacionales. Tampoco hay que despreciar el fenómeno del desempleo en jóvenes con educación superior. Aquí, la razón habría que buscarla en el desajuste entre una oferta laboral cada vez más calificada, resultado de la apuesta neoliberal por el «capital humano», y la demanda, que refleja una estructura ocupacional sin mayores transformaciones. Aquellos jóvenes que no se ven forzados, por razones de contribución al ingreso doméstico, a insertarse en un mercado de trabajo que devalúa sus credenciales educativas, pueden también formar parte de ese contingente de fuerza de trabajo desocupada.

Durante las dos últimas décadas, la evidencia de tasas de desempleo femenino superiores a las masculinas ha sido contradictoria (Pérez-Sáinz, 2014: cuadro 6.3.3.1). Esto se debe a la decisiva incorporación de las mujeres al mercado laboral, especialmente en la década de los 90, que implicó que por primera vez en la historia de la región, contribuyeran más que los hombres al incremento de la población ocupada (De la O y Guadarrama, 2006).[10]

La precarización salarial es probablemente la principal dinámica que caracteriza a los mercados laborales de la región. Es resultado de la crisis del empleo formal en la modernización nacional y tiene que ver con los procesos de apertura ya que los costos salariales devienen centrales y no pueden seguir siendo trasladados a los consumidores como ocurría con la protección de la industrialización orientada al mercado interno (Murillo, 2001). Se trata de un fenómeno complejo, con distintas aristas: desregulación, reestructuración productiva de las empresas con estrategias de externalización y flexibilización de la fuerza de trabajo, y crisis sindical (Mora-Salas, 2010). Lo importante es que, dentro del mundo salarial, se ha creado un continuo de situaciones comprendidas entre puestos de trabajo donde se cumplen todos los estándares laborales vigentes en cada país, y otros caracterizados por la ausencia total de tales estándares.[11] Esta última situación expresa también desempoderamiento extremo dentro del mercado laboral y, por tanto, es otra expresión de exclusión primaria en la globalización.

Hemos señalado la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo a partir de los años 90. Esta ha tenido lugar, fundamentalmente, en puestos inferiores de la estructura ocupacional. En este sentido, hay un claro acoplamiento entre dinámicas de clase y género en este campo de desigualdades de excedente. Es decir, la feminización laboral es la otra cara de la precarización del mundo salarial (Pérez-Sáinz, 2014). Se puede hablar, por tanto, de segregación secundaria como forma de acoplamiento entre esas dos dinámicas.

Finalmente, en el pasado, las actividades en zonas rurales y las informales en espacios urbanos, mostraban autogeneración de trabajo, pero estaban articuladas de manera funcional con el proceso de acumulación. Esta funcionalidad se ha redefinido, pero parte del excedente de trabajo ha devenido afuncional ya que resulta redundante tanto en términos laborales como de consumo. Es decir, ha surgido una masa marginal[12] que también expresa desempoderamiento extremo, gestado en este caso en condiciones de acaparamiento de oportunidades de acumulación.

Estamos ante un acoplamiento en términos de segregación primaria en este campo de desigualdades de excedente, incluso más drástico que el del desempleo en el de condiciones de explotación de la fuerza de trabajo. En cuanto al acoplamiento, nos inclinaríamos a pensar que tiene lugar de modo territorial, afectando a la gran mayoría de la población de territorios que la globalización, estigmatizándolos como «perdedores», ha marginado e incluso ha tendido a invisibilizar.[13]

Por tanto, el proceso de acumulación inserto en la globalización y que ha posibilitado el orden neoliberal, ha propiciado procesos de generación de exclusión primaria tanto en el campo de condiciones de explotación de la fuerza de trabajo como de acaparamiento de oportunidades de acumulación. Toca ver ahora si la ciudadanía social ha logrado neutralizar esta exclusión o si, por el contrario, la ha consolidado.

Esta surgió en América Latina en el período de modernización nacional, previo a la crisis de los años 80, y se materializó en torno al empleo formal, con la seguridad social como piedra angular. El advenimiento de un orden neoliberal en la región ha supuesto una metamorfosis profunda de esa ciudadanía a partir de tres transformaciones.

La primera ha sido la mercantilización de la seguridad social en sus dos componentes. Por un lado, se han dado procesos de privatización del sistema de salud que han profundizado su estratificación previa (Tamez-González y Moreno-Salazar, 2000). Por otro, las pensiones han tenido reformas drásticas, y en algunos casos han sustituido los principios tradicionales (prestación, reparto o capitalización parcial colectiva y administración pública) por nuevos criterios (cotización definida al contrario de la prestación, régimen de capitalización plena individual y administración privada). El sistema de pensiones ha tendido a reproducir las desigualdades del campo de las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo (Mesa-Lago, 1994).

Una segunda transformación ha tenido que ver con la invención de la «pobreza», a partir del enfoque del Banco Mundial sobre necesidades básicas y su recepción en la región por parte de la CEPAL. Por su tratamiento no relacional de las carencias, este tipo de enfoque, independientemente de su propuesta metodológica, ha supuesto evacuar del análisis las problemáticas del poder y del conflicto.[14] Esto ha hecho que sea tan «políticamente correcto», que ha conllevado la despolitización de la cuestión social; pero se ha inventado un actor no existente: los «pobres», gestando así una ciudadanía social vacía (Pérez-Sáinz, 2014).

Finalmente, se ha operado una deriva de lo social hacia el consumismo. Desplazando el locus de la ciudadanía social, de la empresa y el empleo al hogar y al consumo, se ha priorizado la esfera secundaria (redistributiva) sobre la primaria (distributiva). Además, la centralidad alcanzada por los programas de transferencias monetarias condicionadas, que se han erigido en la expresión más depurada de la política social neoliberal, ha supuesto una mercantilización de la acción estatal que ha hecho compatibles política social y mercado (Valencia-Lomelí, 2008). Corolario de ello es que los riesgos sociales se asumen individualmente, enfrentando al mercado desde una lógica «empresarial» y convirtiendo las políticas sociales en residuales (Banegas-González, 2011). Con esta deriva se ha producido la transición del individuo/ciudadano al individuo/consumidor (Haglund, 2010); una transición que se enmarca en la centralidad que ha adquirido el consumismo con la globalización en la generación de dinámicas de individualización.

Por consiguiente, la deriva consumista implica que la ciudadanía social neoliberal no intenta neutralizar la exclusión primaria de los campos de desigualdad de excedente, ya que su objetivo de pertenencia a la sociedad pasa por el consumo.

 

Conclusiones

 

Las reflexiones del apartado precedente las podemos reformular en cuatro hipótesis sobre la generación de exclusión social en América Latina debido a la globalización:

La primera plantea que un primer mecanismo de generación de exclusión primaria sería el surgimiento del desempleo estructural, que se ve reforzado por el acoplamiento con dinámicas de edad a través de segregación primaria. Estas siguen remitiendo a los jóvenes, sobre todo aquellos con credenciales superiores; pero también incorpora a adultos mayores. Por el contrario, el acoplamiento parece relativizarse con las dinámicas de género por la mayor incorporación laboral de las mujeres.

No obstante, la precarización generalizada de las relaciones salariales se ve reforzada por las dinámicas de género, ya que las mujeres tienden a ocupar los puestos de trabajo donde los estándares laborales vigentes no tienden a cumplirse. O sea, la feminización laboral sería la otra cara de la precarización salarial. Se estaría ante un acoplamiento basado en la segregación secundaria. Esta sería la segunda hipótesis.

La tercera postula que otro mecanismo de generación de exclusión primaria, pero en el campo de acaparamiento de oportunidades de acumulación, lo constituye el surgimiento de una masa marginal —población redundante tanto en términos de trabajo como de consumo— que suele acoplarse territorialmente en cuanto a segregación primaria de lugares marginados e invisibilizados por la globalización.

Finalmente, estos tres procesos de generación de exclusión primaria no son mayormente neutralizados por la ciudadanía social desarrollada por el neoliberalismo, ya que este tiende a mercantilizar los bienes sociales básicos y promover la deriva hacia el consumismo como principal mecanismo de pertenencia social.

Estas hipótesis pueden ser reconsideradas en relación con el fenómeno del «posneoliberalismo», o sea, gobiernos electos que han cuestionado ciertos aspectos del orden neoliberal. Al respecto, y desde nuestra óptica analítica se pueden formular dos reflexiones también de carácter hipotético.

La primera es que en los casos de gobiernos «posneoliberales» del Atlántico Sur (Argentina, Brasil y Uruguay) se han dado procesos de reversión de la precarización salarial que reflejarían menor desempoderamiento de los asalariados en el campo de condiciones de explotación de la fuerza de trabajo. Este no habría sido el caso en los países andinos (Bolivia, Ecuador y Venezuela) a pesar de la implementación de medidas tendientes a revertir la desregulación laboral, especialmente en el caso ecuatoriano, impuesta por el neoliberalismo. La diferencia la explicaría el papel del actor sindical. Mientras que en los casos del Atlántico Sur ha habido una revitalización de este actor —especialmente en Brasil—, en los países andinos esto no ha ocurrido. No obstante, estos últimos casos han mostrado una extensión de la ciudadanía social básica que ha supuesto que sectores subalternos históricamente excluidos hayan sido incorporados a la sociedad como ciudadanos (Pérez-Sáinz, 2015).[15] Esta es la segunda reflexión.

Por consiguiente, hay cierta limitación de generación de exclusión primaria como de revitalización de la ciudadanía social que insinúa que los contextos «posneoliberales» son menos proclives a la generación de exclusión social. Pero esto no significa que la hayan erradicado, ya que las causas que la generan persisten con el mantenimiento del orden capitalista.

 

[1]. Este intento de articulación se basa en reflexiones previas (Pérez-Sáinz, 2012, 2014).

[2]. Hay múltiples interpretaciones sobre este fenómeno que van desde postular que ha habido superación del neoliberalismo hasta que este tipo de gobiernos es una mera continuación. De nuestra parte, pensamos que se está ante procesos complejos tanto en continuidades como en rupturas, de ahí el uso de las comillas.

[3]. Esta tradición se aleja de la liberal, a la cual se contrapone, de una triple manera: no acepta el individualismo metodológico, ni la visión acrítica del desarrollo del capitalismo y sus consecuencias sociales, ni que la persistencia de las desigualdades sea inevitable (Mora-Salas, 2004).

[4]. Se puede reformular, ampliando el término «tierra» al de «naturaleza»; de hecho, Polanyi utiliza este último en el título del capítulo XV de su texto.

[5]. La actual crisis, originada en mercados de capital autorregulados, es más que elocuente de la actualidad y pertinencia de las propuestas de Polanyi, sin olvidar la profunda crisis ecológica a la que estamos sometidos.

[6]. Esto nos aleja de concepciones que privilegian el consumo y los estilos de vida al caracterizar las clases sociales.

[7]. En la comprensión de cada uno de ellos se encuentran conceptos claves: el de explotación del trabajo por el capital (Marx, 1975) y el de cierre o clausura (Weber, 1984).

[8]. Por su parte, la segunda idea apunta hacia el consumo como mecanismo de pertenencia a la sociedad. De hecho, esta es la idea de exclusión/inclusión postulada por Sen (2000), que remite al concepto de «necesarios» de Adam Smith; un concepto que enfatiza más el carácter simbólico del bien, en tanto que otorga pertenencia a la sociedad, que su utilidad material. Este tipo de propuesta lleva implícito que no sería la producción, sino el consumo, el fenómeno que estructura la sociedad y, por esta razón, se alinea con la principal tesis del consumismo. La otra tesis es la del logro de un consenso consumista porque existe un consumo básico compartido y, además, su democratización ha traído consigo una disminución del resentimiento social y de la violencia, en términos de estilos de vida. Para una crítica de estas tesis, ver Pérez-Sáinz (2014).

[9]. No obstante, Weller (2014: 9) señala que entre 2002 y 2012, el desempleo abierto en zonas urbanas de la región se contrajo de 11,2% a 6,4%, el menor en veinte años. Esta evidencia cuestionaría la idea de desempleo estructural. Por nuestra parte, para trece países que incluyen la gran parte de la fuerza laboral de la región, si se toma como referente el año 1985 —cuando el desempleo abierto alcanzó su mayor nivel con la crisis de la deuda externa—, y se compara con el promedio entre 2000-2008, solo en Chile se detectaría un descenso significativo. En el resto de los países, tanto los descensos como los incrementos (con la excepción de Argentina) no son mayores (Pérez-Sáinz, 2014: cuadro 3.3.5.1).

[10]. Pero esto no supone que la problemática de la desocupación pierda importancia para las mujeres; justamente, esa mayor incorporación la realza como amenaza (Tardanico y Menjívar-Larín, 1997; Stallings y Peres, 2000).

[11]. El hecho de que no toda la fuerza laboral se concentre en esos polos, sino que una proporción significativa se ubique en posiciones intermedias, supone que distinciones dicotómicas como la de formal/informal no sean analíticamente adecuadas para captar la nueva realidad del mundo asalariado y hayan quedado, heurísticamente, obsoletas. Para un mayor desarrollo de esta argumentación, ver Pérez-Sáinz (2014).

[12]. Este concepto fue propuesto por Nun (1969), pero en su momento reflejaba una parte mínima del excedente de trabajo. Ha sido con la globalización que este fenómeno ha adquirido relevancia y rescatado esta propuesta conceptual.

[13]. Algunos de estos territorios han sido visibilizados de nuevo por el neoextractivismo que caracteriza la reprimarización de las economías de la región. Pero esto no ha supuesto dinámicas de inclusión de la población de estos territorios; más bien se ve sometida a procesos de despojo de sus recursos naturales.

[14]. Obviamente, este tipo de crítica no aplica para el enfoque desarrollado en CLACSO en torno a la «producción de la pobreza» (Álvarez-Leguizamón, 2005).

[15]. Algunas de las misiones del chavismo, tan denostadas por sus críticos, son el ejemplo más nítido de esta inclusión histórica.

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